Traición en el ritual
Diana ajustó la diadema en torno a sus sienes y aguzó
el oído. Creyó percibir un rumor procedente de afuera, en
la sección trasera. Sí, eran ellos. ¡«Lucifer»!
La contraseña se gritó con timbre tan resonante, que
aun a la distancia pudo fácilmente captarse. El chirrido de
la pesada puerta abriéndose, el jefe máximo que les franqueaba el acceso. Ahora ya oía más nítido el traqueteo de los pasos acercarse, hasta detenerse atrás de la entrada.
El primero en penetrar fue Sir Gerard Atkinson.
Su voluminoso cuerpo enfundado en el atavío ceremonial devenía inconfundible. Diana hubiese querido apreciar su faz al descubierto. Quizás así pudiera quitarse la duda. Intuía que, aunque el hombre fingía, estaba enojado con ella. Ya se le pasaría. Esta sesión de sangre lo calmaría.
La mujer también necesitaba ver manar sangre ajena.
Lo único que sabía de la ofrendada, de acuerdo su amante
le confió, es que esta sería muy juvenil y atractiva.
Ese dato le excitó. Cuánto más jóvenes fueran mejor.
Recordó a su villana favorita. Aquella condesa húngara de
la antigüedad que hacía matar campesinas y se bañaba con
su sangre, creyendo que así conservaría la juventud. Esa tal
Erzérbeth Báthory.
La oficiante, que ya pasaba largamente sus cuarenta
años y cuya belleza natural declinaba, se rio para sus adentros. Una vez que, en el taller anexo, el gerifalte y sus adictos se pusiesen a la tarea de desmembrar, ella quedaría a solas en la sala ritual.
Allí, bajo la mirada vacía del macho cabrío, se desnudaría. Tomaría el amplio recipiente dorado, colmado de líquido rojo caliente y lo iría derramando sobre su rostro y sus senos. Llegaría al orgasmo durante ese proceso, como ya antes había experimentado.
Después tendría tiempo para lavarse y vestirse con sus
ropas usuales. Volvería de nuevo a ser la dama burguesa,
que en realidad era la mayor parte del tiempo. Su identidad
diabólica quedaría aparcada. Se desembarazaría de esta tan
fácil como le resultaba arrojar la diadema, la caretilla y el
atuendo escarlata en el interior de su baúl.
Y tal vez ahora la enajenada desaparecería para siempre.
Así sería si su amante abandonaba a la esposa según le
prometió y pasaba a convivir definitivamente a su lado.
Más le valdría a aquel pillastre cumplir su palabra. En caso
contrario, la amenaza que le formuló días atrás se llevaría
a cabo. Disponía de los contactos precisos a tal fin y él lo sabía
bien. No iba a acusarlo de ser el líder de la secta, claro está.
Si hiciera ese disparate su caída la arrastraría también. La
cárcel y, quizás también, la muerte en la horca devendría
su inexorable destino, como cómplice de los crímenes.
El punto flaco de su amante estaba en el dinero. Le conocía al dedillo sus chanchullos financieros. Sus estafas. Toda
la fortuna que timó manejando los negocios de la vieja
bruja durante años, cuando su padre le regateaba el apoyo
y apenas si le servía una humillante mesada, para guardar
las apariencias. De hecho, la frustración habría estimulado sus fobias. Lo enloqueció hasta convertirlo en el maestro de la orden.
Representando este papel se sentiría importante por primera vez en su vida, dieciséis años atrás cuando todo diera
comienzo, reflexionó la mujer.
Pero, en estos instantes, la obsesionaba que ese hombre, de una vez para siempre, le perteneciera. Si por cobardía optaba seguir con aquella cretina, le lloverían las denuncias al corrupto diplomático. Vendrían los juicios penales. Toda Inglaterra sabría sobre ese tigre de papel. Y sir Gerard no soportaría la vergüenza pública. Lo conocía demasiado. No le quedaría más remedio que ceder y aceptar al fin ser felices juntos.
Escrutó hacia la tarima. Allí estaba su amado. Rígido, casi
inmóvil y hierático; aguardando que trajeran a la ofrendada. Engalanado con su indumentaria de guerra, portando sobre su faz esa mascarilla que provocaba escalofrío.
Una vez más lo contemplaba ejecutando su faena más
espectacular; aquella tan increíble, tan inimaginable en un
caballero de su estirpe.
Por fin estos pensamientos, que en catarata se le agolpaban, cesaron. Retornó al tiempo presente. Ahora veía ingresar a la habitación del culto a ese par de cofrades. Aparecieron muy inquietos y agitados. Llevaban sus cabezas sin embozos y vestían ropa común. Dos novatos sirviendo al Angel tenebroso.
Pero, conforme parecía, habían cumplido a satisfacción con el trabajo asignado. La chica desmayada, cuyo cuerpo exánime cargaban, así lo atestiguaba.
¿Por qué no la había atado? Torpeza de principiantes, pensó Diana.
Habrían creído que con forzarla y luego darle el narcótico para sedarla, bastaba. Sin duda esos cerdos la habían poseído a la fuerza, pues la muchacha estaba casi en cueros, con el sencillo vestido de campesina desgarrado y un seno al aire.
La auparon sobre el túmulo del sacrificio. ¡Qué linda
era! No le habían exagerado. Desmayada se la veía todavía
más deseable.
Hora de empezar la liturgia. Tras la caretilla, la secuaz cerró sus ojos para concentrarse mejor en esas palabras en latín, carentes de sentido, que de memoria aprendiera. Impostó un tono de voz gutural y, a coro con el líder, entonó las notas de aquel lúgubre
cántico. Eso impresionaba a los demás compinches; especialmente a los novicios. Un minuto duraba la canción funesta.
Aunque en ocasiones era preciso interrumpirla, si la inmolada daba muestras de despertarse. Pero esta vez concluyeron sin problemas. Al cesar sus voces, aquella aún permanecía inmóvil.
Momento de ir por el recipiente color oro y de depositarlo centímetros abajo del cuello de la víctima. Fue hacia un rincón en su busca y lo trajo. Sir Gerard ya había calentado la hoja, pasando el filo del puñal a través de la llama del cirio mayor. Un detalle
sádico nuevo, supuso Diana.
El Príncipe de las tinieblas estaría contento y, ellos dos, sus fieles servidores, gozarían aún más.
Se agachó bajo el borde del túmulo donde reposaba la
joven desvanecida, cuyos rubios cabellos caían desmadejados. Calculó el sitio en el cual ubicar el cuenco, para que
recibiera de lleno el flujo a producirse luego de cercenada
la garganta.
Estaba en la tarea de acomodar ese objeto en el punto
exacto, cuando sintió un doloroso tirón en la nuca. Jalaban con vigor de su luenga cabellera azabache. La diadema resbaló de la frente y se estrelló contra el piso.
Un segundo brazo la sujetó y la arrastraron sobre la
mesa ritual. La víctima ya no yacía allí. Se había bajado
de ese lugar destinado al sacrificio y ayudaba al discípulo a
izarla en vilo. Una vez tumbada encima del rudimentario altar, los
otros esbirros la aferraron por brazos y tobillos. La asistente se contorsionaba, recorrida por espasmos de terror, bajo las manos de sus captores. ¿Qué locura estaba ocurriendo? se preguntó con angustia Diana. Una rebelión debía ser. Los secuaces se sublevaban, traicionaban al Gran Satán. Miró en dirección al jefe supremo en busca de ayuda.
Entonces lo vio. No a su cara oculta por la máscara, sino a
su enorme mano cerrada empuñando la daga.
Ese brillante filo que descendía cual un rayo sobre su garganta, buscando herir la vena yugular. Casi no hubo dolor. La larga práctica en degollar hizo que Diana muriese rápido.
Sus ojos en blanco no pudieron ver cómo el cuenco rebozó de líquido rojo que fue derramándose, tras la inicial copiosa salpicadura.
Tampoco vio como la joven con el seno al aire, violando las reglas de aquel rito sacrílego, quitaba el embozo del rostro de su Maestro y le besaba en la boca.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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