Era joven y bonita pero de poco le servía, pues también era pobre y mal vivía en el peor distrito de Londres en la Inglaterra victoriana. En los últimos días tres de sus compañeras de oficio habían sido asesinadas. Para colmo de horrores, ese sádico las abría en canal y extraía sus vísceras. Escapando del frío del atardecer fue hacia la pensión donde ocasionalmente pernoctaba, aun sabiendo que no podía pagar los cuatro peniques que le cobraban por dejarla pasar la noche. Timothy Donovan, el encargado de la residencia la vio sentada delante del fuego de la chimenea en la cocina. Era la 1 y 15 minutos del sábado 8 de septiembre de 1888. —Ya estás pasada de hora para andar todavía por aquí. ¿No subes a dormir en tu cama?— inquirió el casero irlandés. —No puedo, es que hoy no tengo dinero suficiente.— contestó con timbre lastimero. —En ese caso, no te puedes quedar en la cocina, ya conoces el reglamento. —Bueno lo comp...