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La pesadilla interminable

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  Sheila, la hermosa morocha, regresó muy cansada de su trabajo nocturno. Lucía su ropa interior de encaje: medias blancas con liguero en sus torneados muslos y pantorrillas, el bodi de seda ajustando su delgado cuerpo cubierto por una fina chaqueta de cuero.  Ingresó a su vivienda y, tras abrigarse con un par de frazadas, cayó rendida encima del colchón totalmente vestida. Al rato volvió a experimentar aquel extraño sueño. Una presencia malvada yacía abajo de su cama y, al intuirla, la mujer abría sus ojos sobresaltada.  Tanto era su temor a inclinarse, y mirar bajo el lecho, que había quedado paralizada. Después se veía retirándose de allí, pasando por la sala de estar de la finca donde vivía sola hasta arribar a la puerta de entrada. Ésta se hallaba sin la llave puesta. La chica la abría y traspasaba el umbral.  Una fuerza irrefrenable la forzaba a emprender su camino. Ya se encontraba en el exterior. Era de noche. El viento agitaba la calle y ululaba feroz. Sin e...

La maldición de los cuerpos frescos

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  La historia de Wiliam Burke y William Hare constituyó un caso criminal de la era previctoriana, también conocido como el de los «Traficantes de cadáveres». Estos dos sujetos fueron una especie de trabajadores autónomos o  independientes de tiempos antiguos cuya forma de actuar resultó delictiva, en tanto acabaron con la vida de dieciséis infelices víctimas. También se les llamó «Resucitadores de difuntos», pero ese mote deviene equivocado a su respecto, aunque sí es aplicable a otros críminales de tiempos comporáneos a ellos. No cabría asignarles ese alias a este duo de malhechores pues, pese a que  fueron quienes más triste fama cobraron como «Ladrones de tumbas» o «Resurrecionistas", ellos no hurtaban cadáveres de los cementerios.  Estos hombres en realidad eran homicidas en serie, cuya peculiaridad consistía en que traficaban, enajenaban o vendían los cuerpos de las víctimas a las cuales asesinaban.  Solamente en el caso de un anciano inquilino de apellido ...

Noche oscura

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  Catherine era una alcohólica perdida, y en tal estado se encontraba en el pobre distrito londinense de Whitechapel durante la noche del 29 de septiembre de 1888. – ¡Tuuh, tuuh! ¡Abran paso! … ¡Tuuh, tuuh! –gritaba con voz estridente y pastosa por la ingesta de ginebra, imitando el ruido de un carro de bomberos mientras se aferraba como podía al caño de una farola a gas. No era una borracha violenta, pero sus chillidos ahuyentaban a los clientes del puestero delante de cuyo expendio se había ubicado tras salir de la taberna. El comerciante mandó a su aprendiz en busca de algún vigilante, y al rato aparecieron dos policías de la comisaría más próxima, que era la de Bishopsgate. – ¡Vamos, ven con nosotros a la comisaría! Te quedarás encerrada hasta que se te pase la resaca –le ordenó el más viejo de los dos. No opuso resistencia y la transportaron asiéndola cada uno por un brazo, porque apenas podía mover las piernas. Una vez en la comisaría fue conducida ante el escritorio del agen...

El envenenador

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El médico Thomas Neill Cream hizo sobrados méritos para ganarse un prominente puesto dentro de la lista de candidatos a haber sido el nunca identificado criminal apodado Jack el Destripador. Se trató de un conocido asesino de prostitutas, a las cuales ultimó sañudamente entre los años 1891 y 1892, durante el curso de crueles homicidios ejecutados en Londres. Su método no consistía en asestar cuchilladas ni practicar mutilaciones, sino en el frío uso de venenos para despachar a sus presas humanas. Ello le valió el innoble apodo de "Envenenador de Lambert" por el nombre de la localidad donde residía el criminal al momento en que perpetró sus últimos atentados. Este modus operandi, tan antagónico al empleado por el infame asesino, no representó la primordial tacha a la postulación de este hombre a la identidad de Jack el Destripador. Se trataba, asimismo, de un drogadicto afecto a ingerir cocaína y morfina, y en tal dependencia podría residir la explicación de sus conductas, a ...

La última cacería

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Atardecía, y se le había abierto el apetito. Tras levantar la tapa de su féretro fue hacia el arcón de donde extrajo una chaqueta roja de cuero y una corta falda. Una vestimenta ideal para su propósito, pensó. Esa ropa sexi acentuaba su fisonomía de muchacha desenfadada que no despertaría sospechas, ni menos aún, temor. Contempló en el espejo su delicada belleza, al tiempo de que peinaba y formaba dos colitas laterales con su rubia cabellera. Satisfecha, comprobó que lucía atractiva y sensual. Sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejaban su imagen en los espejos.   —Una estúpida superchería— se dijo.   Los humanos resultaban muy fáciles de engañar. Solían estar desprevenidos ante el mordisco asesino. Y los hombres, cegados por el deseo carnal, constituían la víctima propicia para una hermosa vampiresa como ella. Dejó atrás el panteón, ascendiendo por la escalera de piedra que conducía al pórtico rematado por un farol. Desde las ramas de los...

La fiesta del payaso

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—¡Nada de payasos! Contrataré a músicos para amenizar tu cumpleaños Jhonie. Mejor aún, haré venir a a la reunión a ese joven que sale en la tele y que imita tan bien a Elvis Presley. Te gusta como canta Elvis, ¿verdad Jhonie?— le insistía Sheila a su pequeño hijo. Pero el niño, que al día siguiente cumpliría sus diez años, la miraba desafiante. —Quiero que haya payasos en mi cumple, mamá. Por lo menos has que venga uno a la fiesta. Me conformo con que me traigas a un solo payaso.—  rogó Jhonie al borde de las lágrimas. La mujer se dio por vencida. Desde la primera vez que lo había llevado a ver un circo, el niño deliraba con aquel espectáculo. Le fascinaban los acróbatas, los domadores de animales salvajes, los lanzafuegos, las patinadoras, pero sobre todo adoraba a esos guasones ataviados con colores chillones, con sus caras pintadas de blanco y sus narices coloradas. Sheila se puso a buscar en la guía telefónica a un animador de eventos infantiles que se dedicase a esa rutina. Cu...

El intruso de los sueños

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  Julia se encaró al espejo de su habitación a la luz de las velas. El cristal reflejaba su delgado cuerpo ceñido por un body blanco que dejaba expuesta a la vista el nacimiento de los senos.  Satisfecha, la joven repasó los otros detalles que componían su belleza: cutis blanco como la porcelana, labios rosados, nariz delicada, ojos azules de párpados sombreados bajo delineadas cejas, aretes plateados colgando desde los lóbulos y cabellos rojizos prolijamente peinados.  Mientras contemplaba su sensual hermosura creyó que su mente le jugaba una mala pasada. De nuevo volvía a ver replicada tras su espalda, reproducida en el espejo, aquella aparición.  La silueta, más que espectral, era humanoide: cabeza ovalada, hocico de reptil en lugar de boca, huecos sombreados en vez de ojos, un torso sin carne ni músculos, y una piel transparente por la cual se traslucían los huesos de las costillas.  Por unos segundos esa inquietante visión emergía, pero tan rápido y fugaz c...