Mujer fatal
Tras comprobar su hermosura miró las manecillas en el reloj de pared; ya casi era la hora del encuentro.
Anochecía en la Inglaterra victoriana de 1888 y ella aguardaba con impaciencia el arribo de John. Quería volver a sentirse arrullada entre los brazos del apuesto cirujano que la trataba como una reina, y era quien se encargaba de pagar el alquiler de ese «Nidito de amor».
—Todo cuanto te doy resulta muy poco para lo que tú mereces, mi mujer fatal— solía asegurarle aquel con voz de enamorado.
—Estoy contenta contigo, pero todavía falta que abandones a la frígida de tu esposa y vivamos juntos, sin necesidad ya de escondernos— contestaba ella.
Y el tan anhelado objetivo estaba a un tris de concretarse. El médico administraba sin restricciones la fortuna que Lizzie, su incauta cónyuge, había heredado de sus difuntos padres. Aquella firmaba sin leer los documentos que a tal efecto su marido le presentaba, valiéndose de múltiples excusas. Unos movimientos bancarios más y terminaría de esquilmarla.
En cuanto a ella -pensaba ahora Mary- por fin la dicha le sonreía. Aquel cliente devenido en amante era su pasaje de ida hacia una vida soñada. Lo había conocido a la salida del London Hospital donde este ejercía su profesión médica.
La primera vez se emparejaron en un sombrío callejón por el precio habitual de cuatro peniques. Su atractiva juventud la distinguía por encima de sus veteranas y maltrechas colegas del humilde barrio, pero aun así nunca imaginó que él regresaría en su busca. Desde que pasó a atenderlo en forma preferencial dejó de ofrecer sus favores a otros clientes. John había aparecido en el momento ideal, cuando en las calles merodeaba ese criminal que atacaba a las prostitutas, al cual la prensa apodaba «Jack el Destripador».
La chica aparcó esos recuerdos y retornó al tiempo presente. A través de la ventana lo vería a la distancia; a las dos cuadras ya podía divisar su atildada figura de gentleman británico. Debían ser cautelosos y protegerse de los chismosos vecinos. Sus encuentros eran clandestinos como correspondía a un señor casado que, a pesar de su reputación profesional, dependía del dinero de su estúpida esposa.
Los amantes siempre cumplían con la misma rutina: cuando lo veía llegar, presurosa, descorría la traba de la puerta principal. Acto seguido, apoyaba sus palmas en la repisa del espejo y por el reflejo observaba la entrada de la habitación.
Esperaba con creciente deseo la visita de su amante quien, a no dudar, la asombraría una vez más.
¿De qué vendría disfrazado ahora? Tal vez de emperador romano o de ogro del bosque. Nunca podía saberse de antemano, la imaginación de John resultaba prodigiosa.
En su ceremonia erótica el visitante, tras empujar la puerta desde fuera, ingresaba muy raudo poniéndose a resguardo de ojos indiscretos. Se tomaba un tiempo en la sala de estar y depositaba encima del sofá, con metódico orden, su chistera, su capa, su traje y la ropa interior. Una vez desnudo, abría su maletín de médico donde guardaba el disfraz de turno y se travestía, para deleite de su amada.
—¿Eres tú cariño?— inquiría la mujer fatal con voz melosa, de espaldas al hombre disfrazado.
Por el espejo ella advertía su flamante apariencia y muy quieta aguardaba que, desde atrás, viniera a abrazarla y le prodigase esas caricias que intensificaban su pasión, previo a despojarla de su vestido de gala, su sostén y sus bragas. Aquel juego los excitaba al máximo y constituía el preludio perfecto. Instantes más tarde, los amantes se enlazaban sobre el lecho estilo matrimonial y calmaban sus ardores. No sería distinto en esta ocasión, se dijo Mary.
Por fin, desde la ventana, lo vio venir; la silueta del refinado varón surgió ante su vista. Tras destrabar la puerta de ingreso se dirigió a su habitación y se enfrentó al espejo del tocador quedando de espaldas, en espera de la sorpresa que John le depararía. Escuchó el ruido de la puerta al abrirse y el rumor de las prendas masculinas al quitarse; luego, el sonido del maletín abriéndose y, seguidamente, la fricción del disfraz al enfundarse sobre la piel.
Segundos después, oyó detrás suyo unos pasos aproximarse. Al fin iría a conocer el atuendo elegido ahora por él.
Cuando en el reflejo del cristal Mary lo descubrió, se sintió recorrida por una mezcla de comezón sexual y nerviosa inquietud. Nunca John se había camuflado de forma tan macabra y provocadora a la vez. Replicada a su espalda contemplaba aquella aparición. La silueta, más que espectral, parecía humanoide: cabeza ovalada, hocico de reptil en lugar de boca, huecos sombríos en vez de ojos, y piel demacrada que traslucía la columna vertebral y las costillas.
—¿Eres tú cariño?— preguntó Mary, con tono dulce y ansioso.
El disfraz vino hacia ella, que palpitaba impaciente por recibir desde atrás el abrazo, y sentir las caricias en sus senos y su bajo vientre. Pero, ¿qué era eso que él sostenía en la mano y había puesto contra su cuello? Ese tenue brillo que parecía provenir del filo de… ¿un cuchillo?
Al rato, del «Nidito de amor» salió aquella mujer fatal. Caminaba firme sobre la calle empedrada, cuyas farolas a gas arrojaban pálidas luces contra la neblina londinense. Dentro de su maletín escondía el camuflaje que había usado para evitar mancharse con la sangre.
Ninguno de quienes transitaban por esas aceras sospechó que no se trataba de un sobrio caballero, ni se detuvieron para examinar a aquel hombre que, como tantos otros, recorría las brumosas calles del bajo Londres a esa hora tardía.
Pese a no ocultar su cara, nadie reparó en su bello y duro rostro de fémina ni en sus marrones ojos de mirada intensa, enmarcados bajo sus bonitas cejas. Tampoco se percataron que sus labios de rojo carmín esbozaban una sonrisa triunfal. Un collar, con un dije de oro que le ceñía el cuello, era el único toque femenino discordante con ese atuendo travestido. Llevaba su blusa de seda negra debajo del saco y la capa, y sobre su cabeza lucía un sombrero masculino bajo el cual escapaban sus largos cabellos. Sus enguantadas manos aferraban la daga, cuyos rastros de sangre había limpiado con un pañuelito.
—Otro crimen que echarán a la cuenta de los del Destripador— dijo para sus adentros Lizzie.
Y en cuanto a la reciente y trágica muerte de John, guardaba la esperanza de que la policía la atribuyese al violento despecho de un marido celoso. Después de todo, era sabida la fama de mujeriego que tenía el malogrado cirujano.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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