La historia de la tía abuela
Un médico británico jubilado, Wynne Weston Davies, publicó en agosto del año 2015 el libro titulado "The Real Mary Kelly" ("La verdadera Mary Kelly", subtitulo: "La última víctima de Jack el Destripador y la identidad del hombre que la asesinó"). Se trata de la una de las más curiosas teorías sobre la siempre elusiva identidad del Destripador de Whitechapel. Su nominado para el cargo de verdugo de las prostitutas es el desconocido periodista Francis Spurzheim Craig, quien se habría casado con la tía abuela del escritor y la terminó matando brutalmente, no sin antes dar cuenta de otras cuatro meretrices. No se conoce la fisonomía de Francis Spurzheim Craig. No se nos proporcionó una fotografía, sino únicamente un dibujo. Recorrió la web una viñeta que muestra a los asistentes de la audiencia procesal celebrada tras el óbito de Annie Chapman. Y ni siquiera el hombre allí bosquejado -cuya faz se encierra dentro de un círculo acusatorio- es seguro que represente al flamante sospechoso.
El ensayista sostuvo que el individuo del dibujo se asemeja mucho al padre del sindicado -del cual sí hay varias fotografías- y que como Spurzheim Craig era cronista pudo ser él uno de los miembros de la prensa que lucen sentados en esa sala, por lo que ese eventual parecido lo propone como prueba de que el sujeto indudablemente estuvo allí.
El asesino volviendo al lugar del crimen... el asesino regodeándose con las consecuencias de sus delitos...
En realidad, de acuerdo nos cuenta el médico escritor, el descubrimiento de la identidad del matador en cadena del East End de Londres se debió más que nada a la casualidad.
Diez años atrás el galeno se abocó a descifrar su árbol genealógico, cuyo rastro se interrumpía al llegar a su tercera generación. Tenía una vaga idea de que su tía abuela paterna se llamaba Elizabeth Weston Davies, pero para profundizar acudió a los Archivos Nacionales de Kew. Allí supo que esa ascendiente figuraba con el nombre de Elizabeth Weston Jones, de estado civil viuda.
En su libro se sostiene que su ascendiente era hija de Edwards y Annie Davies, y oriunda del País de Gales, de una pequeña aldea denominada Aberangell. Muy joven fungió en calidad de criada de María Cornelia Edwards, Marquesa de Londonberry, lo cual equivalía a tener un muy buen puesto de trabajo. Su existencia cambió a partir del 6 de noviembre de 1884, día que falleció el Marqués de Londonberry; tras lo cual su cónyuge resolvió establecerse junto con su servidumbre en la masión familiar en Plas Machynlleth.
Esa decisión obligaba a Elizabeth a trasladarse a esa zona rural de Gales, pero ella prefirió probar fortuna, y viajó a Inglaterra. En este país, en el West End, conoció a una francesa dueña de burdeles y pubs, llamada Ellen Sophia McLeod, quien la invitió a sumarse a su elenco de pupilas; convite aceptado por la chica que de inmediato pasó a brindar sus servicios sexuales en una casa de lenocinio emplazada en el 28 de Collinghan Place, Kensington. Casi al mismo tiempo, se relacionó con el periodista Francis Spurzheim Craig con el cual se comprometió. Seguidamente, según los datos aportados por el autor, la mujer se casó en la Nochebuena de 1884, en Hammersmith, con el antes nombrado hombre de cuarenta y siete años por entonces, cuando ella sólo cifraba veintiuno.
Hasta aquí la información que suministra el doctor Weston Davies, sin aclarar demasiado las fuentes en las cuales se funda.
En cuanto refiere a pruebas documentales, señala que, al recibir en el Registro Público de Kew un paquete conteniendo antiguos recaudos legales, comprobó que escasos meses más tarde los cónyuges se divorciaron a petición judicial del esposo, constando que aquél invocó como causal de separación la infidelidad de su mujer. Concretamente, la habría sorprendido (u otros la sorprendieron, pues en el instrumento legal ese punto no queda claro) entrar en compañía de un muchacho a una casa de citas próxima al hogar conyugal ubicado en Plaza de Argyll, King Cross, el 19 de mayo de 1885.
Se especula que el marido ya sabía que Elizabeth ejercía el meretricio. Seguiría enamorado de ella, pero el orgullo le impediría aceptarla abiertamente. Frente a sus familiares y conocidos fingiría dignidad, y promovió el divorcio, pero secretamente volvió a verla y le propuso la reconciliación, según aduce el ensayista. La descocada chica rechazó una y otra vez al taciturno excónyuge, pero ante su acoso decidió marcharse al East End londinense y ocultar su genuina identidad, pasando a valerse del alias de Mary Jane Kelly.
El cronista la buscaría tenazmente, íncluso por medio de detectives privados -arguye el teórico-, y con el paso del tiempo sin lograr el retorno de su amada, ni menos aún poder evitar que se prostituyera, su intenso amor se trocó en odio furibundo. El repelido enamorado también empezó a sufrir fracasos profesionales. De ser editor de periódicos, y ganarse con solvencia la vida, pasó a incurrir en el plagio periodístico. El Daily Telegraph lo demandó y estuvo al borde de perder su licencia. Estas peculiaridades las considera el proponente como signos de que su acusado padecía un trastorno esquizoide de la personalidad en proceso de irreversible agravamiento.
Concluyendo el investigador que su sospechoso era, en suma, un psicópata -enfermo pero inteligente-, tal condición insana lo llevaría a tramar por venganza el crimen de la ahora inalcanzable joven. El punto más flojo de la hipótesis estriba en el sistema empleado para lograr su infame objetivo. Spurzheim Craig asesinaría sádicamente a cuatro rameras sólo para fabricar el mito de que un victimario serial asolaba Whitechapel. Eludiendo los cercos policiales se valdría de sus contactos y de su habilidad como reportero de noticias, pues sería asignado a cubrir los crueles sucesos del otoño de terror (ya vimos que se lo supone asistiendo a la encuesta judicial por la muerte de Annie Chapman).
Pero eso no es todo: el periodista devenido en criminal también devendría redactor de las cartas que inundaron a Scotland Yard. Su golpe maestro radicó en escribir la misiva "Querido jefe", y destinarla al Jefe de Prensa de la Agencia Central de Noticias de Londres. Los americanismos que se detectan en aquella epístola lo delatarían, dado que cuando joven vivió un par de años en los Estados Unidos, y se le habría pegado el gracejo local.
Como curtido periodista que era, el victimario sabía que lo mejor era dirigirse a esa agencia noticiosa, porque ella diseminaría la información a todos los periódicos de Ingaterra, y aún del exterior. Demostrando conocer bien el talante sensacionalista de sus colegas, el reportero asesino acertó. Pronto el Star se auto enviaría cartas del "Destripador", el Daily Telegraph haría lo mismo, también el Times, y así sucesivamente, hasta forjarse la gigantesca eclosión mediática que haría creer al mundo en la irrupción de un anónimo aniquilador de mujeres que se autodenominaba "Jack el Destripador". Empero, el gestor de tan arriesgada conjetura no brinda muestras caligráficas de su sospechoso, aptas para evidenciar que en verdad aquél fue el emisor de las epístolas.
Desde su nuevo domiclio, sito en el 306 de Mile End Road (Whitechapel), el desairado y perverso reportero aguardaría el momento propicio para cobrarse la presa humana que configuraba su verdadero objetivo: Mary Jane Kelly; es decir: su traicionera excónyuge Elizabeth Weston Davies.
El responsable de la atractiva e infundada hipótesis habría solicitado al Ministerio de Justicia inglés la exhumación del cadáver yacente en la tumba dedicada a la quinta víctima del Ripper, en cuyo cementerio le efectuasen un reportaje divulgativo que circula por la web. Análisis de ADN mediante, procuraría acreditar que esos despojos le son genéticamente compatibles y, por tanto, que pertenecen a su tía abuela Elizabeth, y no a la Mary Jane Kelly que registra la historia oficial.
Reconoce que de devenir negativa esa identificación su hipótesis se derrumbaría. Y aunque si los resultados científicos fueran positivos ello no probaría que Spurzheim Craig fue el asesino de esa occisa, y también Jack el Destripador, al menos se tornaría más verosímil su planteamiento. Pero, convenientemente, tales pruebas -si es que llegan a concretarse- han quedado postergadas y, entre tanto, ya ha salido a la venta en versión papel y digital la pintoresca teoría del doctor Wynne Weston Davies, que líneas arriba describimos.
Al día de hoy pasada más de una década desde la aparición de esta teoría, la misma aún carece de todo apoyo probatorio.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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