La huerta de los cadáveres
Cuando los últimos dolientes se retiraron del cementerio él se ocultó entre los árboles. Los vigilantes no advirtieron su presencia y cerraron el portón de hierro. Al caer la noche, extrajo de su bolso las herramientas con las que levantó la tapa de mármol. Debía apresurarse, sacarla de la tumba y llevarse el cuerpo mientras aún siguiera fresco. Escapó del camposanto con su fúnebre carga, ansioso por estar a solas con la hermosa joven difunta. Pero una vez en su granja el psicópata experimentó un raro arrebato de piedad. La chica tendida sobre la mesa de madera donde él trozaba los cuerpos parecía estar viva. No podía dejar de mirar extasiado su cara angelical, cuya fresca belleza la lividez de la muerte aún no había borrado. No iría a usar las cuchillas para sajar la carne y extirpar la piel, como con los demás; no se sentía capaz de mancillar tanta pureza. Por eso, cuidándose de no ensuciar la prolija tela que la ceñía, la cargó, y se dirigió a su huerta oculta tras la arboleda....