El columpio vacío
El asesino se agitaba nervioso, dormido sobre el camastro. La pesadilla se repetía. Lo colgaban de un árbol. La turba enfurecida lo había reducido a golpes y atado. Luego enlazaron el extremo de la soga a la base de la rama más fuerte. Sin prestar atención a sus súplicas, ajustaron la cuerda con el nudo corredizo en torno a su cuello y lo alzaron en vilo. No lo estaban inmolando en un árbol cualquiera, sino en el del bosque bajo cuyas raíces yacía el descompuesto cuerpo de la muchacha.
En su desesperación vio un columpio fijado a otra gran rama y, sobre su asiento, una persona delgada y menuda se balanceaba. ¡No era posible! Su terror le jugaba una mala pasada: era ella, la chica; pero eso no podía ser cierto: estaba muerta, de tal cosa no le quedaban dudas, porque la había asesinado. Recordaba que días atrás regresó trayendo una pala y, al localizar el árbol, cavó en la tierra hasta que el borde metálico chocó contra algo sólido. Se agachó y escarbó con sus manos, removiendo hasta arrancar el cráneo putrefacto. Tras el paso del tiempo la naturaleza había cumplido su obra de destrucción. Carecía de piel y de carne el rostro; la calavera provocaba escalofrío con sus tétricos huecos reemplazando a los bonitos ojos y a la grácil nariz. A su vez, el cadáver había quedado reducido a un esqueleto de huesos frágiles y amarillentos.
Fue por su bolsa e introdujo el cráneo y los demás restos óseos. Su intención radicaba en borrar la prueba del delito, aunque solo fueran huesos. Debía desenterrarlos y esconderlos en un lugar más seguro. Si identificaban a la occisa la policía podría vincularla con él, y sería el final de su existencia como criminal impune. Esa zona arbolada resultaba muy concurrida, y él había hecho un trabajo chapucero. En cualquier momento algún curioso se pondría a escarbar en esa fosa mal cubierta y haría el macabro hallazgo. La preocupación invadía al durmiente.
Luego sucedía algo aún peor: ya no estaba guardando los despojos en la bolsa, sino que volvía a verse con la soga alrededor de su cuello. Seguidamente, lo dejaban caer y el nudo se cerraba apretando hasta desnucarlo. Sintió dolor y después presenció, cual si fuese un espectador, a su cuerpo muerto oscilando bajo la rama.
No obstante, de pronto la cruel escena cambió y todo desapareció. El homicida experimentó un inmenso alivio; comprendió que se estaba despertando y retornaba a la normalidad. No lo habían linchado, no falleció ahorcado en el bosque donde enterraba a sus víctimas. En cuanto a la muchacha, era evidente que estaba muerta, que no podía estar viva meciéndose en esa hamaca. No cabía duda de que no moraba ya en el plano terrenal.
Se puso a rememorar cómo había sucedido aquello. Su acecho en el parque de juegos dio frutos. Al caer la noche llegó el momento propicio, nadie importunaba. El fastidio era que a esa hora tardía las madres habían retirado de allí a sus niños. Sin embargo, en su anterior incursión exitosa una progenitora se descuidó y el niñito rubio, que se hamacaba ajeno al peligro, quedó a su alcance. Si el chiquillo hubiese torcido el cuello para observar no habría visto a un hombre, sino a la imagen de la mismísima muerte. A ese espectro vestido de negro, con rostro de calavera bajo la sombría capucha. Pero el chiquillo no miró hacía atrás, y él lo atacó. Tras derribarlo le tapó la boca con un pañuelo empapado en cloroformo. Cuando la mujer volvió en busca de su hijo se encontró con el columpio vacío.
Ahora su nueva presa humana era femenina. La adolescente con deficiencia mental aún disfrutaba de su juego. Se mecía en la hamaca, cautiva de una alegre ensoñación, absorta en su mundo interior. Disfrazado de guardia de seguridad el depredador no había levantado sospechas y logró quedar a solas con ella. Actuó muy rápido, con su porra le atizó en la nuca haciéndola caer del columpio. Aprovechando que quedó atontada en el suelo, volvió a castigarla con saña hasta dejarla desvanecida.
Se tomó un instante para repasar su plan: la arrastraría hasta su camioneta, cerraría las esposas en torno a sus muñecas y tobillos, y le sellaría la boca con cinta adhesiva; después pondría en marcha su vehículo y la transportaría hasta su cabaña. Una vez que la tuviese a su merced comenzaría la diversión, pensó, esbozando una sonrisa cínica.
La secuestrada era una adolescente; no un niño o una niña, a diferencia de sus anteriores crímenes.
Al pedófilo poco le importaba el sexo de su víctima, ni tampoco que fuera subnormal. En cualquier caso ella no saldría viva para denunciarlo. Cuando se hartara de violarla y vejarla la llevaría hasta el fondo de la guarida. En ese patio trasero, a resguardo de miradas indiscretas, se erigía un árbol de fornidas ramas y en una de ellas sujetaría la soga para armar la horca. El otro extremo lo anudaría al cuello de la reclusa, previamente amarrada de pies y manos, y desmayada por el narcótico que le había forzado a ingerir. La cargaría por la escalera apoyada al árbol, hasta subirla lejos del suelo. Luego la soltaría y la ley de gravedad haría el resto. La ejecutada se despertaría de súbito, y sentiría espanto al no poder zafar de sus ligaduras.
El malvado siguió rememorando su plan: luego el cuerpo colgado se balancearía recorrido por espasmos, los gritos se oirían ahogados bajo la mordaza, y la delicada cara de la chica se iría congestionando cada vez más hasta tomar un tinte azul.
Mientras trasladaba a la prisionera hacia su cabaña, el sádico seguía regodeándose con la anticipación de los detalles de su obra. Creía que lo mejor de todo consistía en el acto de la ejecución. Se deleitaba al contemplar cómo sufrían. Lástima que duraba poco la agonía; transcurrido un par de minutos la víctima colgada ya dejaba de patalear, recordó. Finalmente vendría la parte desagradable de la faena: aguardar la llegada de la noche para acudir rumbo al bosque a ocultar el cadáver.
Terminó de desperezarse. ¡Maldita pesadilla! se dijo. Pero, por suerte, nada más se trató de un feo sueño. Ahora debía salir de su cabaña y volver a su vida habitual. Se levantó del camastro y se dirigió hacia la puerta, pero algo raro ocurría. ¿Porqué seguía viendo cosas extrañas, si ya se había despertado? Al atravesar su sala de estar ésta le pareció mucho más pequeña y claustrofóbica. ¿Y dónde estaban los muebles? ¿y porqué aparecían allí esas rejas? Sí, eran rejas, y ahora ya no dormía. De repente las rejas se abrieron emitiendo un crujido seco, y esos dos sujetos con uniforme carcelario vinieron hacia él.
—¡Vamos! ¡Ya es la hora!— le espetó el más corpulento, en tanto el otro cerraba unas esposas alrededor de sus muñecas y lo empujaba hacia fuera. Entonces lo recordó. Aquella misma noche esos malditos agentes de tránsito habían detenido su camioneta por exceso de velocidad. En el baúl yacía la bolsa con los restos que acababa de desenterrar. Luego vino el juicio penal, y el tribunal rechazó la apelación presentada por su abogado para salvarlo de la pena capital.
Por mucho que se resistió y rogó clemencia lo llevaron a rastras hasta la silla eléctrica, donde lo sujetaron firmemente con las correas.
En esa sala lo esperaban otros individuos. El ayudante del verdugo se puso presto a su tarea. Le ajustó los electrodos a la base del cráneo y en la pantorrilla de la pierna derecha. El médico de la prisión se aproximó también. Chequeó de un vistazo la situación y dio media vuelta dirigiéndose al carcelero encargado de aplicar la corriente eléctrica. Con un ademán adusto le indicó que procediera. El funcionario bajó la manivela y el primer impacto eléctrico atravesó por el cuerpo del ajusticiado. La corriente escaló a mil ochocientos veinte voltios.
Eran las 11 y 16 minutos de esa gélida mañana en que debía cumplirse la condena. Tras treinta segundos, el voltaje descendió hasta los trescientos voltios. El circuito se apagó e, instantes después, volvió a encenderse atizando un segundo relámpago de otros mil ochocientos veinte voltios. Eran las 11 y 17 minutos.
El penado estaba muerto. Calcinado y humeante en las zonas donde sufrió las descargas. Su rostro azulado delataba, sin dejar lugar a dudas, que la vida se le había escapado definitivamente. Pero debía seguirse con el rito fúnebre. Los médicos forenses hurgaron bajo la camisa del reo y palparon su pecho examinándolo con sus espectrómetros, tras lo cual con parcos movimientos de sus cabezas confirmaron el deceso.
La menguada asistencia soltó la respiración trabajosamente contenida. A las 11 y 18 minutos de aquel fatídico día, el hombre al cual la prensa apodaba el «Asesino del columpio» fue declarado clínicamente muerto.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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