Belleza otoñal
Parecía joven, e incluso bonita, pese a que en realidad los achaques comenzaban a mellar su cuerpo por la difícil vida que llevaba. Cuando menos daba esa impresión juvenil al reflejo de las farolas a gas que bordeaban la calle, con los carruajes tirados por caballos como telón de fondo mientras anochecía. Aquella sería su jornada de suerte, se prometió. No en vano lucía, henchida de orgullo, sus mejores galas. Se creía deseable ceñida en su vestido de satén rojo, y con ese bello collar rodeando su cuello. Un sombrerito negro con una rosa en su lado izquierdo cubría sus cabellos, atados mediante un rodete atravesado por una larga aguja metálica. El rojo y el negro de sus prendas resaltaba la blancura de su cutis, disimulando sus más de cuarenta años.
Se llevó las manos a la falda y la subió sobre su rodilla derecha exponiendo la pantorrilla. Eso bastó para que un hombre apuesto y de aspecto respetable se aproximase, y empezara a hablarle en tono amable y educado. Ella le correspondió con una mirada dulce, frunciendo sus labios pintados de carmín. Le avergonzaba exhibir una sonrisa abierta, que delataría el hueco de sus dientes faltantes. Pensó que daría fea impresión, que rompería el hechizo, pues tal vez él se arrepintiera de desprenderse de las dos libras que había aceptado pagarle, y que equivalía a una fortuna en ese villorrio. Sin embargo estos temores pronto se disiparon. El tipo no podía parecer más entusiasmado.
—Estoy cautivado por tu otoñal belleza— aseguró, al tiempo que con suavidad depositaba varios billetes en su palma. Era más dinero del que había pedido y, sin rubor, se guardó las libras bajo su escote. «Otoñal belleza» repitió para sí la mujer, sin comprender el significado. Qué palabras más extrañas usaba ese sujeto.
—Tengo alquilado un pequeño local a un par de cuadras de aquí, ¿te importaría acompañarme?— le preguntó.
Por un instante la mujer vaciló. En aquel distrito del este de Londres los clientes lo hacían con las prostitutas en recovecos y callejones penumbrosos, por tres míseros peniques. Resultaba raro que alguno las llevase siquiera a una pensión. Pero, ¡qué diablos!, ella lucía sus mejores ropas, y aquella era su jornada de suerte. Volvía a ser como en su juventud, antes de que terminara en aquel apestoso barrio. Y lo mejor de todo -pensó- es que dentro de un apartamento estaré a salvo de ese maldito de Jack el Destripador, que solo ataca en medio de las calles.
Tras doblar la esquina llegaron a un taller artesanal cuya puerta chirrió cuando ingresaron. El interior no era agradable, pero al menos estaría a resguardo del frío que se hacía sentir esa noche. Una vez que el anfitrión encendió un farol, su lumbre mortecina dejó en evidencia que aquel sitio era un desastre. No se veía siquiera una cama allí, únicamente una tosca mesada llena de herramientas. Y entre éstas yacían cosas más inusuales todavía: cuchillos recién afilados de distintos tamaños. Lo peor era que su gentil galán parecía transformado. La miraba con un ansia hambrienta que, ciertamente, no expresaba deseo erótico. Su sonrisa ya no era cordial sino perversa. Las manos del sujeto no se dirigieron a quitarle el vestido, sino a su cuello. Pero no apretó, se limitó a retenerla con fuerza.
—Será una hermosa noche la que te espera, mi belleza otoñal— le dijo, soltando una carcajada; y poniendo sus labios contra su oreja, con malicia, le susurró:
—¿De verdad creíste que solo las mato en las calles, preciosa?
La mujer no respondió, su respiración era imperceptible. Está petrificada por el miedo, pensó el asesino. No había otra explicación para tal pasividad, ni gritar podía a causa del pánico y el asombro. No sería necesario tomar la precaución de estrangularla y, una vez desmayada, mutilar la garganta. Se dio vuelta para buscar en la tabla el arma con la cual ejecutar el primer corte. Cualquiera de los cuchillos serviría. Ya habría tiempo para emplear el bisturí y los demás instrumentos quirúrgicos con los cuales le extraería las vísceras.
Pero entonces lo inesperado hizo acto de presencia: de su cuello dolorido brotaba sangre. Cayó de rodillas, mientras la mano frenética de la mujer golpeaba una y otra vez, aferrando ese grueso alfiler convertido en improvisado puñal. La vena yugular estaba desgarrada. El cuerpo del hombre se desplomó sobre el charco rojizo que comenzó a formarse.
Luego, usando uno de los billetes, ella limpió la sangre que impregnaba la larga aguja de metal que había sujetado su pelo. Con las libras restantes compraría unas ginebras. Aunque había jurado dejar el alcohol, esta vez haría una excepción. Acomodó sus cabellos sueltos dentro del sombrerito negro, cuya rosa se había desprendido durante la refriega. Empujó la puerta, que volvió a chirriar al abrirse. Salió de allí y, dando pasos de autómata, avanzó hasta perderse en la noche fría y oscura.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


Comentarios
Publicar un comentario