Mutantes

 

Cursaba el mes de junio de 1932 y en Calcuta, India, el reverendo Arthur Nilsen, su esposa Sarah y la hija de ambos, Neira, presidían un albergue infantil donde daban cobijo, alimento y educación a niños desamparados. En uno de sus viajes el matrimonio y tres de sus seguidores se dirigieron a la aldea de Midnapur, al oeste de Calcuta, donde se alojaron en la choza de una familia de lugareños.

Estaban por irse a dormir cuando llegó el dueño de casa quien, preso del pánico, les comunicó que había visto, próximo a una gruta distante a cinco kilómetros de allí, a dos "engendros demoníacos". Describió a aquellas bestias como fieras enormes, de grandes orejas y fauces, con cuerpos tupidos por gruesas pelambres.
Ante los ruegos del individuo, el pastor aceptó acudir al bosque con sus acompañantes a fin de desvelar qué estaba sucediendo en realidad. A la mañana entrante llegaron al sitio indicado, donde localizaron un montículo de tierra en cuyo interior se ocultaban los mutantes. Pacientemente, el explorador montó guardia usando sus binoculares, hasta que avistó a un par de animales de dos metros de alto, con una manta de pelo que cubría sus hombros, brazos, piernas y torso.
Aquellos seres merodeaban fuera de la guarida. Eran corpulentos e hirsutos y andaban en cuatro patas. Sin embargo, de repente se irguieron, demostrando que podían caminar empleando sólo sus patas traseras. En sus ojos de amarillas pupilas se vislumbraba una expresión salvaje. A diferencia del torso y los miembros, el rostro de esos seres no era velludo, sino de piel grisácea y agrietada. Cuando el hombre los enfocó, pudo comprobar que sus bocas estaban pobladas por una hilera de largos y filosos dientes, y que respiraban por un hueco que hacía las veces de hocico.
Los dos engendros atravesaron el ramaje hasta perderse de vista. El misionero decidió perseguirlos, pero sus acompañantes se negaron temerosos pues creían que se trataba de espectros diabólicos; por lo que se vio obligado a desistir de su propósito por el momento. Sin embargo no eran engendros malignos, como pensaban los aldeanos. Se trataba de dos mutantes.
Días más tarde Arthur, Sarah y la jovencita Neira regresaron al bosque escoltados por un par de cazadores profesionales. Los tres varones iban armados. Los cazadores llevaban rifles dotados de agujas hipodérmicas, con drogas capaces de dormir a esos extraños animales. No querían matarlos. Su idea consistía en capturar a los humanoides para entregarlos a las autoridades, a fin de que los científicos determinasen con exactitud qué clase de seres eran. Únicamente Nilsen portaba una escopeta munida con balas de grueso calibre.
La madriguera era un termitero abandonado, y los exploradores tuvieron que emplear picos y palas para descubrir la entrada principal. Cuando consiguieron practicar un boquete, pidieron a Sarah y a Neira que se quedasen en el exterior, y alumbrasen con sus fanales el interior de la cueva. Apenas lograron abrir un hueco mínimo que, sin embargo, bastaba para entrar reptando, y así lo hicieron los cazadores. El reverendo los siguió, agachado y con la escopeta lista para disparar.
En tanto, Sarah y la adolescente Neira permanecían fuera del escondrijo y, faroles en mano, aguardaban ansiosas el inminente enfrentamiento. Transcurrían los minutos con el trío dentro, y no se oían tiros. Silencio absoluto; tan sólo el rumor del viento agitando las hojas. Entonces Sarah pasó del nerviosismo a la zozobra. Sentía que una presencia malvada las acechaba. Miró hacia la oscuridad tratando de arrojar luz con su fanal, aunque no captó nada fuera de lugar.
- Los nervios me traicionan- se dijo, haciendo un supremo esfuerzo por calmarse.
No había descubierto a la bestia peluda de horrible rostro que, con extremo sigilo, las vigilaba entre los árboles, escudriñándolas ávidamente con sus escalofriantes ojos de amarillas pupilas. El misionero salió de la cueva y al ver al engendro acechando a las mujeres les hizo gestos para alertarlas, pero ellas no le entendieron.
Entonces Nilsen percutió el arma varias veces y, una de las balas impactó en la bestia, aunque no fue mortal. La sangre del mutante salpicó la cara de Sarah. A su vez Neira, que había quedado paralizada de miedo, comenzó a gritar creyendo que su madre estaba herida. En ese instante la segunda fiera apareció entre los árboles por detrás de ellas, mostrando los dientes, a punto de atacar. El misionero volvió a disparar y, aunque falló los tiros, las estampidas asustaron y pusieron en fuga a los monstruos. Recién entonces advirtió Sarah el riesgo mortal en que se habían encontrado. Iluminó la tupida vegetación con el farol, y logró ver cómo los horrendos animales corrían espantados, abriéndose paso a través del espeso follaje.
Aunque nunca más se supo de los mutantes, la leyenda de los monstruos que habitan aquel bosque aún perdura en la India profunda, en pleno Siglo XXI.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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