Los copycats del Destripador

 

El copycat o conducta de imitación criminal, es un efecto que se produce en el ámbito social, cuando ante la repercusión de un hecho policial, en los medios de comunicación masiva, comienza a imitarse repetidamente, por una o distintas personas, bien la motivación del hecho, bien la metodología empleada.  La imitación asesina podría haber jugado su preponderante rol ya durante los homicidios tradicionalmente asignados al viejo monstruo de la era victoriana, que pasó a la historia como Jack the Ripper.

Empero: ¿Es sostenible la hipótesis de que en el caso de Jack el Destripador hubiesen participado  criminales oportunistas? 

Se ha puesto en duda que Elizabeh Stride, a quien tradicionalmente se considera que fue la tercera víctima del Destripador, haya sido realmente finiquitada por aquel asesino. Varios motivos dotan de plausibilidad a la conjetura de que Liz Stride no murió a cargo del mismo victimario que eliminó a las demás mujeres integrantes de la nómina compuesta por las denominadas "víctimas canónicas", sino que fue victimada por un copycat. La razón más patente reside en que su cadáver no fue objeto del abominable estropicio perpetrado sobre los cuerpos de las restantes finadas.

Liz Stride recibió " tan solo" un profundo corte inferido desde la izquierda hacia la derecha en su cuello, el cual le seccionó la yugular determinando su fin. Su fotografía mortuoria nos la muestra dando una imagen de relativa placidez y, si no dirigimos la vista hacia la base de su cuello advirtiendo la fea cicatriz provocada por el tajo letal, nos dejaría la sensación de que estamos observando a una mujer dormida, y no a una difunta. Es un contraste notorio si se la compara con sus desdichadas colegas cuyo desfiguramiento se operó en forma progresiva conforme iban avanzando los crímenes en Whitechapel.
Sin embargo, hay argumentos más poderosos que esta razón puramente física para descartar a Stride como víctima de Jack el Destripador. Los médicos forenses que fungieron en su autopsia coincidieron en resaltar que el cuchillo con el cual se la mató era de distinto porte que el utilizado en los otros homicidios. Semejaba más a una navaja -como la que emplearía para realizar su trabajo un pescador o un matafife- que al fuerte cuchillo de veinte centímetros de hoja y filo agudo con el cual resultaron segadas las restantes vidas.
En el caso de la sueca Elizabeth Guftavdotter (pues ese era el nombre de origen de Stride) la mujer se había separado, en fechas recientes a su fallecimiento, de su compañero habitual -y para algunos también su proxeneta-, el belicoso irlandés Michael Kidney. Obran constancias en los registros policiales acreditando las grescas que la pareja había mantenido y- pese a que reiteradamente volvían a cohabitar- era un secreto a voces que el hombre acostumbraba golpear a la mujer reclamándole dinero.
También se manejó la hipótesis de que en esa ocasión la prostituta muriese degollada a manos de uno o más "copycats" de la era victoriana; vale decir: asesinos oportunistas o imitadores.
Conforme con esta versión la mujer habría devenido victimada por uno de estos malévolos copiones. El azar quiso que el verdadero ultimador serial decidiera esa misma noche salir a perpetrar un nuevo crimen, cuando rato después de resultar asesinada Elizabeth Stride se encontró con su víctima Catherine Eddowes en la Plaza Mitre y la mutiló en forma atroz. Tal casualidad indujo a creer que también la infeliz sueca había perecido a manos del psicópata que toda la policía inglesa venía buscando, y que esa noche estaba particularmente sediento de sangre.
Pero aunque deviene terreno de especulación saber si Elizabeth Stride fue o no una verdadera presa humana del Destripador, de lo que no hay dudas, pues quedó históricamente registrado, es que mientras Jack mataba otro sujeto trató de hacerse pasar por él.

Este fue el caso de William Waddell el cual asesinó a su novia, Jane Beadmoore, en la madrugada del 23 de septiembre de 1888. Tras matarla en su habitación, mutiló al cadáver de la forma en que lo hacía Jack el Destripador. Dejó profusos rastros sanguinolentos en el suelo y en las paredes, para tratar de hacer creer que la chica había sido objeto de una agresión atribuible al maníaco que por entonces asesinaba mujeres en Inglaterra. 

La occisa contaba con veintiocho años, seis más que su matador, un joven de mala reputación que se ganaba la vida realizando trabajos ocasionales. El crápula, si bien se mostró hábil al imitar los precedentes crímenes del bajo Londres, intentando de ese modo despistar, incurrió en errores muy torpes que determinaron su captura. Entre estos fallos se destacó el hecho de vender a una tienda al menudeo –dos días después del homicidio– su ropa manchada de sangre. 

Varios testigos declararon haberlo visto ingresar a la vivienda de la difunta momentos previos al ataque fatal, y salir al rato sospechosamente nervioso y agitado. Además, su precipitada huida del distrito donde residía contribuyó a ponerlo en evidencia. Dos meses más tarde fue apresado.

 Confesó que los cortes en el vientre los había inferido buscando que culpasen al otro ejecutor para así, valiéndose de ese ruin subterfugio, engañar a los investigadores y conseguir salir impune. El crimen estuvo motivado por los celos, y por la frustración sufrida por el sujeto al verse rechazado en su tentativa de reanudar la relación sentimental. Su agresión no resultó un acto impulsivo sino que, tras cometer el asesinato, intentó despistar. Quiso alejar de sí la atención de la policía, cuando decidió imitar esa operativa. Buscó que los pesquisas creyeran hallarse frente a otro deceso perpetrado por el psicópata que luego se haría tristemente célebre bajo el mote de "Jack el Destripador". 

Sin embargo William Waddell no copió el cruel acto de rebanar a cuchillo la faz de Jane (hasta entonces ninguna víctima del Destripador había sido desfigurada), sino que ese brutal añadido obedeció a un impulso repentino. Como el individuo conocía a la mujer, y se hallaba ligado pasionalmente a ella, procuró deshumanizar al infligir esa desfiguración facial pues, según confesaría a sus aprehensores: « No pude soportar cómo me miraba.» De nada le valió la treta al imitador. Se reveló el fraude, y pagó su culpa en la horca. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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