La pesadilla interminable

Sheila, la hermosa morocha, regresó muy cansada de su trabajo nocturno. Lucía su ropa interior de encaje: medias blancas con liguero en sus torneados muslos y pantorrillas, el bodi de seda ajustando su delgado cuerpo cubierto por una fina chaqueta de cuero. 
Ingresó a su vivienda y, tras abrigarse con un par de frazadas, cayó rendida encima del colchón totalmente vestida. Al rato volvió a experimentar aquel extraño sueño. Una presencia malvada yacía abajo de su cama y, al intuirla, la mujer abría sus ojos sobresaltada. 
Tanto era su temor a inclinarse, y mirar bajo el lecho, que había quedado paralizada. Después se veía retirándose de allí, pasando por la sala de estar de la finca donde vivía sola hasta arribar a la puerta de entrada. Ésta se hallaba sin la llave puesta. La chica la abría y traspasaba el umbral. 
Una fuerza irrefrenable la forzaba a emprender su camino. Ya se encontraba en el exterior. Era de noche. El viento agitaba la calle y ululaba feroz. Sin embargo eso no era lo peor. Sentía mucho frío. De pronto comprendía haber salido a la intemperie vistiendo la misma ropa con la cual se quedara dormida.
 Continuaba su marcha sin rumbo, no podía evitarlo, la compulsión que la invadía era irresistible. Avanzó por la acera mientras una inmensa luna llena se cernía en el cielo nublado. 
No advirtió al monstruo que la espiaba acurrucado en el alfeizar de la ventana de una vieja casa. Desde el oscuro cielo aquella faz perversa, ahora gigantesca, la observaba ávidamente; y Sheila presentía la macabra presencia flotando en el aire detrás de su espalda, aunque no se atrevía a enfrentarla. 
Debía seguir adelante, tenía que llegar hasta el puente y cruzarlo, atravesar el ruinoso puente de madera, con matas de hierbas y desolados arbustos a ambos costados. No sabía porqué, pero se trataba de un sueño, y los sueños poseen sus propias reglas; en ellos no rige la lógica de la vigilia, todo allí es irracional, e incluso demencial. 
La animaba una necesidad imperiosa de ir a aquel puente, y de cruzarlo. Eso era lo único que en ese momento le importaba. Sin embargo, de súbito, algo atroz sucedía. Se frenó en seco, y entonces los vio. Ya no era sólo uno el engendro monstruoso, sino decenas, cientos. 
Avanzaban en dirección a la joven formando una masa compacta. Irrumpían en tropel, cual si fuesen integrantes de una manifestación gremial. No obstante, no portaban pancartas ni entonaban cánticos revolucionarios. Esa tropa ni siquiera era humana. Eran zombis, muertos vivientes. 
Le bloqueaban el paso al otro extremo del puente, comenzaban a venir hacia ella. Y Sheila no podía retroceder para escapar. Se había quedado rígida, sus piernas no le respondían. 
Mientras tanto, esa turba horrible se aproximaba. Ya podía ver claramente sus rostros desfigurados, sus muecas siniestras; hasta podía olerlos. La durmiente percibía el olor fétido a cadáver en descomposición inundándolo todo. 
Tenía que despertarse, y debía hacerlo ya. ¿Y si estaba dentro de su casa, por qué sufría tanto el frío si recordaba estar en la cama vestida, arropada con dos frazadas de lana? ¿Debido a qué en esta ocasión era distinto? ¿Por qué no podía de una vez despertarse? 
Por mucho que lo quisiera no se despertaba. El sueño abominable no desaparecía. Ellos ahora estaban encima suyo, la rodeaban. Al sentirse atrapada la joven y bella morocha gritó presa del pánico. Ya sentía sus manos de hielo tocar su piel indefensa, sus sucias y filosas uñas rasgarla... 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 

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