La maldición de los cuerpos frescos
La historia de Wiliam Burke y William Hare constituyó un caso criminal de la era previctoriana, también conocido como el de los «Traficantes de cadáveres». Estos dos sujetos fueron una especie de trabajadores autónomos o independientes de tiempos antiguos cuya forma de actuar resultó delictiva, en tanto acabaron con la vida de dieciséis infelices víctimas. También se les llamó «Resucitadores de difuntos», pero ese mote deviene equivocado a su respecto, aunque sí es aplicable a otros críminales de tiempos comporáneos a ellos. No cabría asignarles ese alias a este duo de malhechores pues, pese a que fueron quienes más triste fama cobraron como «Ladrones de tumbas» o «Resurrecionistas", ellos no hurtaban cadáveres de los cementerios.
Estos hombres en realidad eran homicidas en serie, cuya peculiaridad consistía en que traficaban, enajenaban o vendían los cuerpos de las víctimas a las cuales asesinaban.
Solamente en el caso de un anciano inquilino de apellido Donald, el cual falleció probablemente de un síncope cardíaco en el hostal que regenteaba la cónyuge de Hare, la señora Margaret Laird, fue que vendieron ese cuerpo. En esta ocasión se dio la curiosidad de que Donald adeudaba dinero por su alojamiento. El finado les debía cuatro libras, lo cual era una buena cantidad en esa época. Por ello, con más satisfacción se aprovecharon de esa muerte y se apropiaron del cuerpo.
Este par de rufianes todavía no eran asesinos, sino pequeños rateros, buscavidas que cometían delitos menores; aunque también tenían algún trabajo honesto, como el de llevar adelante el hospedaje propiedad de la esposa de Hare.
Entonces se les ocurrió disponer de aquel difunto para resarcirse de la deuda. Su intención primaria fue llevarlo a la facultad de medicina de Edimburgo con el fin de enajenarlo a los profesores de anatomía. Posteriormente, dado que fracasaron en su intento de concretar esa transacción, un estudiante de la facultad les indicó que había una persona ávida por comprar un cuerpo fresco: el reconocido anatomista Robert Knox. Por lo tanto, se dirigieron hacia el consultorio clínico donde aquél impartía clases a estudiantes de la facultad de medicina de Edimburgo. Este prestigioso facultativo constituiría una pieza fundamental en la tragedia provocada por estos impropiamiente llamados «Traficantes de cádáveres», a quienes tampoco les cabían los motes de «Resurrecionistas» o «Resucitadores», dado que únicamente robaron el cadáver del malogrado inquilino Donald.
A partir de allí cometieron diecisés asesinatos con la finalidad de lucrar trasladando a los occisos a entidades médicas y, principalmente, al anatomista Robert Knox, que fue el comprador habitual de estos «cuerpos frescos».
La motivación que impulsaba al par de criminales consistía en el beneficio económico que obtenían. No había ninguna otra finalidad que fuera el motor de sus homicidios, más que su afán de lucro, y no llama la atención que el dinero fuese la única causa de su mortífero accionar. En cambio, cabría preguntarse:
¿Por qué un anatomista como el doctor Knox, y otros como él en Escocia y en el Reino Unido, estaban dispuestos a relacionarse con malvivientes para comprarles cadáveres de dudosa procedencia? ¿Por qué lo hacían, cuando era evidente que se trataba de víctimas de homicidios? ¿Por qué razón estos anatomistas se sometían a tanto riesgo?
Para responder a estas interrogantes hay que atender al contexto histórico y social de aquel momento. En el Reino Unido había una gran carencia de cuerpos utilizables para las prácticas de disección antómica. Los cadáveres eran fundamentales para el progreso de la ciencia, sin ellos no era posible el avance de la medicina en especial en el año 1828 cuando comenzaron aquellos homicidios.
Solo se permitía la disección de cuerpos de delincuentes ejecutados, y en los años previos se había vuelto más benévola la legislación. Sucesivas leyes mermaron la aplicación de pena capital para delitos que antes se castigaban con la muerte. En 1828, en el Reino Unido únicamente se ejecutaba a los culpables asesinatos graves y de alta traición a la nación británica. Como consecuencia, apenas estaban disponibles tres o cuatro ejemplares corporales cada año; cifra muy insuficiente para satisfacer la enorme demanda de las entidades médicas y de los anatomistas particulares.
Resultaba imprescindible disponer cadáveres a fin de practicar disecciones, y al doctor Robert Knox poco le preocupaba pagar por aquellos cuerpos de procedencia espuria. Cabe considerar que a sus cursos magistrales acudían unos quinientos alumnos por año, los que le abonaban ocho libras cada uno.
Por consiguiente, pagarle a Burke y Hare diez libras por cada finado en buenas condiciones constituía un pingüe negocio para este cirujano. Los estudiantes asistían porque daba sus clases con brillantez didáctica, pero sobre todo por que les dejaba realizar disecciones en vivo y en directo bajo su guía. Tal práctica otorgaba a estos alumnos mucha ventaja sobre quienes solo concurrían a la facultad o acudían a los cursos de otros anatomistas. Allí casi no había cuerpos para su estudio clínico. Los pocos que se utilizaban estaban sumamente degradados pues pertenecían a finados extraídos de sus tumbas, a diferencia de los occisos frescos que se diseccionaban en los cursos impartidos por el profesor Knox.
Luego de dieciséis homicidios, las letales fechorías quedaron al descubierto. Ambos asesinos y sus esposas cómplices fueron arrestados. El profesor Knox participó como testigo y no resultó acusado. Tras el proceso penal solo se condenó a Burke a la pena capital, dado que Hare se libró acordando con la fiscalía y acusando a su socio. También las dos mujeres evitaron la cárcel.
Un periódico de Edimburgo tituló a este caso «La maldición de los cuerpos frescos», pues aquellos crímenes fueron nefastos tanto para las víctimas como para los victimarios.

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