La ficción que se convirtió en realidad

En el año 2000 se publicó el primer tomo de "Mujeres asesinas" de la autora Marisa Grinstein, obra que daría origen a una exitosa serie televisiva en Argentina y México. En aquel texto la escritora narraba eventos reales brindando el nombre y el apellido de la respectiva asesina y de los otros personajes. Pero también relataba crímenes fantasiados, identificando a cada pretensa homicida mediante un nombre falso seguido de una inicial, y hacía lo propio al referirse a su ficticia víctima.
El libro incluye un presunto caso titulado "Ana. D, mujer corrosiva". La trama tiene por protagonista a una mujer que se esconde bajo la cama de su ex novio, aguarda a que se duerma y (para vengarse, dado que el hombre resolvió poner fin al vínculo amoroso) le arroja ácido sulfúrico. La víctima, el supuesto médico Martín L, queda incapacitado y la agresora recibe una leve condena.
En la historia imaginada se cuenta: "...Miró a Martín, dormido con la boca abierta. Destapó la botella y roció con el ácido a su ex, empezando por la cara. Martín sintió la quemadura. El dolor era inhumano. Atinó a prender la luz y escuchó a Ana: —¡Te lo mereces! ¡Por basura te lo mereces!— ...Como pudo, fue hasta el teléfono y llamó a un amigo... (el cual) le dijo que fuera a la ducha y que dejara que le corriese mucha agua por el cuerpo, incluido los ojos. A tientas, gritando, Martín llegó al baño y se metió bajo la ducha. Ana, con los ojos desorbitados lo siguió... Martín L. nunca más pudo trabajar como cirujano plástico, ni como nada. Quedó ciego, deforme, perdió buena parte de las manos, la lengua, el pelo, las orejas y los órganos sexuales...".
Esta premonitoria invención desmintió trágicamente la manida frase "Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia". Quince años después la ficción se convertiría en cruel realidad. En septiembre de 2015, Berlinah Wallace, de 48 años, le lanzó ácido sulfúrico a Mark van Dongen, holandés de 29 años, cuando el hombre dormía en el departamento de ella en Bristol, Inglaterra.
Mientras lo agredía, le aseguró: -—Si no puedo tenerte, nadie te tendrá.
Durante el ataque, la substancia quemante cubrió el rostro y la parte superior del cuerpo y, a medida de que la víctima se estremecía de sufrimiento, el líquido se dispersó hacia abajo.
Cubierto de ácido corrosivo huyó rumbo a la calle implorando auxilio, con sus ojos rojos como fuego y la cara chamuscada. Profería alaridos de dolor con su boca abierta de forma grotesca, hasta que un vecino lo asistió llevándolo a su casa. Una vez allí lo colocó bajo una ducha y llamó a la ambulancia. A raíz del atentado el joven resultó con el 83 % de su cuerpo quemado, y paralizado del cuello para abajo. Además, perdió la vista de un ojo, soportó la amputación de su pierna izquierda, y quedó con terribles cicatrices en el rostro y en casi todo el resto de su cuerpo.
Luego de cuatro meses en coma y de una larga agonía, en enero de 2017, obtuvo permiso para someterse a eutanasia. Producido el deceso su victimaria fue juzgada, y el 22 de mayo de 2018 se la condenó a cadena perpetua, revisable a los 12 años.
La juez de la causa describió a la conducta criminal de la imputada como:
—Un acto de pura maldad contra su ex novio, por haber decidido terminar la relación. 
Y concluyó: 
—Su intención era quemar, desfigurar e incapacitar a Mark van Dongen para que ya no resultara atractivo a ninguna otra mujer.

*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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