Invocación malvada

 

Los hechos que a continuación se narrarán tuvieron efecto en San Miguel El Alto, estado de Jalisco, México, más de una década atrás.

En una reunión familiar en la casa de uno de mis primos estaba el vecino Mauricio, el cual era un fanático seguidor de la Santa Muerte. En cierto momento, Mauricio se sintió excluído de la charla que en la reunión se llevaba a cabo y, muy enfadado, empezó a rezarle a su Santa Muerte pidiéndole que maldijera a todos quienes lo ignoraban y que no lo incluían en sus pláticas. Luego, continuó solicitando que destruyera a todos sus enemigos en general. Ante esta mala actitud uno de los presentes, al cual apodaban "El Venado", se le plantó delante y comenzó a decirle groserías e insultos y a burlarse en su cara.
Mientras esto sucedía, otro de los asistentes me pidió para hablar en privado y, luego de salir de ese lugar, me refirió que Mauricio había hecho un pacto con la Santa Muerte, y que realmente tenía poderes para invocarla eficazmente, por lo que no debían tomarse a la ligera sus amenazas. Me aseguró que la única manera de neutralizar tan grave peligro consistía en invocar a un espíritu con el cual él, a su vez, había pactado.
Tras efectuar esta declaración, se hincó de rodillas, cerró sus ojos y se puso a rezar en un idioma extraño. A los pocos minutos su voz cambió de tono volviéndose ronca y cavernosa, como surgida de ultratumba. Todo parecía indicar que ese sujeto estaba en estado de trance, poseído por un demonio.
A esa altura yo lo único que quería era escapar de esa casa donde estaban ocurriendo cosas tan extravagantes y grotescas. La amigable reunión familiar había acabado sin previo aviso. Todo a mi alrededor se estaba transformado en una especie de aquelarre de brujas, como si en vez de estar en la vivienda de mis primos, de súbito, me hallara dentro de un asilo de dementes.
Por entonces mis parientes y los demás concurrentes de la reunión habían entrado en pánico porque, mientras sucedían las invocaciones de aquellos dos locos, las paredes de la finca comenzaron a temblar, en lo que parecía un repentino terremoto. Pero al mirar a través de las ventanas comprobé que el mundo exterior seguía en calma, por lo que era claro que los temblores y sacudidas solo estaban acaeciendo adentro, como si espíritus malignos hubiesen invadido el lugar.
A todo esto Mauricio, el adorador de la Santa Muerte, comenzó a bufar y a agitarse con los ojos en blanco, dando la impresión de que sufría un acceso de epilepsia. De pronto, "El Venado", único de los participantes que lo había enfrentado, se tomó el pecho entre quejidos de dolor. Estaba siendo víctima de un ataque al corazón y, segundos después, cayó fulminado; estaba muerto.
Llenos de terror corrimos hacia la puerta de entrada, pero por más que tiramos con fuerza del pomo no pudimos abrirla. Tampoco se podía huir por las ventanas que, de repente, se habían cerrado. Solo una de las ventanas quedaba abierta, pero a través de ella ingresó una extraña luz que se fue oscureciendo, y adoptó la forma de la Santa Muerte empuñando una guadaña en sus manos huesudas. A todo esto, el pánico era total y gritábamos histéricos. Comenzamos a arrojar los objetos que teníamos cerca contra aquella horrible aparición, reclamándole que se fuera y nos dejara salir de ese sitio endemoniado.
Uno de mis primos gritó pidiendo que fuéramos por Mauricio y lo obligáramos a dejar de invocar al mal. Pero al acudir a la habitación donde este se había encerrado nos topamos con su cuerpo exánime. Había muerto en medio de su violento trance, poseído por los demonios; su rostro estaba azul, como si manos invisibles lo hubiesen estrangulado.
En ese instante, otro de mis primos llamó advirtiéndonos que la imagen de la Santa Muerte se había desvanecido, y que la puerta de ingreso y las ventanas ahora estaban abiertas. La casona había dejado de temblar y el fétido olor a muerte, que segundos atrás inundaba el ambiente, también se había esfumado.
Pasaron los días y nadie reclamó a Mauricio ni al Venado; ninguno de ambos tenía familia, ni nadie que se preocupase por ellos. Decidimos enterrar sus cuerpos clandestinamente en el camposanto local. A ninguno se nos ocurrió pensar que debía darse aviso a las autoridades. No nos hubiesen creído que la Santa Muerte atacó la casa, y nos hubieran juzgado y condenado como culpables por las defunciones de esas dos personas.
Ha transcurrido, conforme indiqué al comienzo de este relato, ya más de una década desde estos extraordinarios y horribles eventos. Jamás los primos volvimos a reunirnos, y todos continuamos con nuestras vidas, tratando de fingir que aquello no había ocurrido.
Sin embargo, ninguno de quienes fuimos testigos y víctimas de esa malvada invocación podremos olvidar esa tragedia. Nunca, nunca la olvidaremos.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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