El niño en la caverna

 

Transido de miedo, el niño se acurrucaba contra la húmeda pared de la caverna.  A través de la ventana enrejada un haz de luz se mezclaba con el brillo de los faroles y las velas, disipando la cerrada penumbra. Aquel antro claustrofóbico le cortaba la respiración. Presentía que, reptando entre las sombras, vendrían en su busca para darle caza esos demonios de repulsivas fauces y cuernos. Para colmo de horrores, detrás de los engendros diabólicos avanzaría una macabra corte de sirvientes espectrales. 

El chiquillo escuchaba el rumor de los pasos acercarse, y olía la fetidez emanada de los cadáveres andantes. El jadeo de las bestias infernales resonaba en el enrarecido aire de la cueva, tornándose cada vez más audible. Sus atormentadores ya estaban casi sobre él. 

De repente, el milagro en la forma del sacerdote que sostenía con una mano la biblia y con la otra el crucifijo, se hacía presente. No habían sido en vano los rezos y los ruegos, la salvación llegaba cuando ya todo parecía perdido. El hombre de Dios se encaraba con los esclavos de Lucifer exhibiéndoles el bendecido crucifico, al tiempo que les ordenaba: 

—¡Vade retro, hijos de Satán! ¡Fuera de aquí espíritus inmundos! ¡Alejense de él, y déjenlo en paz!

Los seres malditos gruñían poniendo los ojos en blanco, y echaban bilis desde las comisuras de sus labios. Amenazaban y proferían los insultos más abyectos contra el cura, pero retrocedían. El miedo había cambiado de bando, y ahora los monstruos del averno se batían en retirada. Huían impotentes, repelidos por la fuerza divina de la sagrada cruz, amedrentados ante el coraje del exorcista.

Entonces la aberrante pesadilla concluía y el niño se despertaba, bañado en sudor. Temblando, pero sano y salvo, yacía sobre la cama de su habitación. Su madre acudió al oír sus sollozos, y lo calmó abrigándolo entre sus brazos. La preocupada familia llamó al médico de cabecera. Luego de un breve exámen, el galeno tranquilizó a los padres. 

—El chico goza de perfecta salud física y mental.— les aseguró, y prosiguió explicando: 

—Sufrir pesadillas resulta lógico, considerando su situación. Después de haber vivido una experiencia tal tremenda, como haber sido objeto de un exorcismo, es natural que queden secuelas en el subconciente. Durante un período los malos recuerdos se reflejarán en su mundo onírico, pero con el paso del tiempo se repondrá, y llevará una existencia plena y saludable.— concluyó el doctor. 

El diagnóstico clínico devino acertado. Ronald Edwin Hunkeler, ese adolescente de por entonces catorce años, fue creciendo y superó totalmente aquel trauma.

El protagonista de esta historia, nació el primero de junio de 1935 y falleció el 10 de mayo de 2020. Después de padecer los eventos que dieron orígen a la pesadilla de la caverna, en la cual lo acosaban esos seres malignos y el cura lo salvaba, el chico fue sometido a un exitoso exorcismo. Ronald Hunkeler llevó una vida normal, se casó, tuvo hijos y nietos, y resultó un destacado estudiante universitario que, tras recibirse de ingeniero, trabajó para la NASA  por más de cuarenta años hasta jubilarse en 2001. Se lo recuerda por haber sido un profesional distinguido de la industria espacial -donde nadie tenía idea de su pasado como niño poseído-. Su mayor logro consistió en desarrollar una tecnología para fabricar paneles resistentes a las temperaturas extremas de los lanzamientos espaciales y, además, colaboró en varias de las misiones lunares Apolo. 

El drama padecido por Hunkeler tuvo inicio a sus trece años, tras fallecer en 1948 su tía, a la cual era muy unido y con quien compartía la pasión por el juego de la tabla ouija. En esos momentos comenzó a sentir voces y ruidos extraños provenientes de las paredes de su habitación. Sus padres creyeron que el chico fantaseaba, que tal vez había quedado demasiado afectado por la pérdida de su querida tía, y ello provocaba su falsa creencia de escuchar voces. Pero poco después ellos mismos empezaron a oir sonidos sobrenaturales y a ver sillas que se agitaban solas. También advirtieron que la cama de su hijo se sacudía sin que ningún humano la moviera.

En busca de respuestas consultaron a psiquiatras y psicólogos, cuyas opiniones no sirvieron para explicar qué le ocurría al jovencito, y menos aún para cambiar su comportamiento, que día tras día se volvía más extraño y agresivo. Tras el fracaso científico, consultaron al pastor de su iglesia luterana - el reverendo Miles Schulze- quien les recomendó que contactaran con la jerarquía católica de Washington, porque podía ser que Ronald estuviera sojuzgado por poderes satánicos, y ellos tenían experiencia para tratar esos casos. Después de recibir el consejo del pastor, la familia acudió a la Universidad de St. Louis y plantearon su problema a la comunidad jesuita del establecimiento. Allí el sacerdote Waymond Bishop consiguió una autorización para visitar el hogar del chico presuntamente endemoniado. 

Este cura relacionó en un diario privado los detalles del tratamiento aplicado a Ronald. Expresó que en la primera sesión su cama se movía sola, pero que dejó de hacerlo cuando él practicó la señal de la cruz con agua bendita. Eso lo convenció de que el adolescente estaba poseído por el demonio, y le pidió ayuda al sacerdote William Bowdern, un experto en exorcismos, quien a su vez solicitó permiso en el arzobispado para efectuar el ritual sanador. Las prácticas de curación religiosa se concretaron entre marzo y abril de 1949, de manera constante y en distintos lugares. 

En sus anotaciones Bishop refirió: “Continuaron las oraciones del exorcismo y Ronald  convulsionó violentamente, luchando con su almohada y sus ropas de cama. Sus brazos, piernas y cabeza tuvieron que ser controlados por tres hombres. Las contorsiones revelaban fuerza física más allá del poder natural”. 

También dejó constancia que el poseído escupió a los dos exorcistas en la cara, en las manos y en retratos religiosos colgados en la habitación donde se ejercitaba uno de los ceremoniales. “—Se estremecía cuando lo rociaban con agua bendita. Luchó y gritó con una voz diabólica y aguda.—”, señaló en las notas de otra de las sesiones de exorcismo. 

En esa ocasión, a la medianoche, la voz del jovencito cambió y con tono gutural gritó: "—¡Satán! ¡Satán! Soy San Miguel y te ordeno Satán, y a los otros espíritus malignos, que abandonen el cuerpo en el nombre de Dominus, inmediatamente. ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!—”. Después de eso, el adolescente quedó inconsciente sobre la cama y cuando recuperó el conocimiento sostuvo que el arcángel San Miguel había peleado con el demonio y lo había derrotado. —Se ha ido.— les aseguró. 

Nunca más el afectado presentó síntomas de posesión demoníaca, y la casa de la familia del niño, poco a poco, recobró la normalidad. Décadas más tarde se sabría que, además de los sacerdotes Bishop y Bowdern, otros doce curas participaron del rito de exorcismo que libró a Ronald de su mal. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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