El castigo
En el año 1774 había una familia en León, Guanajuato, México, constituida por el padre, la madre y su única hija; a la cual le habían brindado la mejor educación, y a la que consentían en todos sus caprichos, dándole cuántas cosas la adolescente quisiera. En esa época no era normal que con quince años una chica bien criada tuviera novio, pues entonces las costumbres resultaban sumamente estrictas.
Pero la chica no estaba acostumbrada a obedecer y a que sus padres interfiriesen con sus deseos por lo que, pese a la prohibición paterna, tenía un novio a escondidas. Su madre era indulgente y dejaba que el joven frecuentara a la muchacha en el exterior de la casa familiar, pero le exigía a su hija que se despidiera de su galán al atardecer, cuando el padre volvía de su jornada laboral.
Una tarde en particular, desoyendo el reclamo de la madre de que debía despedir al joven y entrar a la finca para que el padre no la viera, la jovencita se enfureció y, en un arranque de locura, golpeó con el palo de una escoba, una y otra vez, a su progenitora. Al llegar el dueño de casa se encontró con su esposa molida a golpes, ensangrentada y moribunda; y a la adolescente empuñando el palo.
Le quitó el arma y la encerró con llave en su habitación y, tras ser retirado el cadáver de la señora, compareció el sacerdote local, quien examinó a la joven agresora.
El dictamen del religioso fue que la asesina estaba poseída por el demonio, y que era irrecuperable. Como la opinión de la iglesia representaba palabra sagrada en aquel tiempo, las autoridades decidieron que la culpable de tan grave crimen debía ser castigada y sometida al escarnio público.
A tal fin se la introdujo a la fuerza dentro de una jaula rodante sujeta a caballos y fue paseada por todo el pueblo, para disuadir a los jóvenes y como advertencia del castigo que se imponía un hijo capaz de asesinar por mero capricho a su madre.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo

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