El caníbal
Ese extraño vagaba por los caminos y los bosques con su desgastado sobretodo y su capucha negra. Por las noches sus enormes ojos brillaban como focos rojizos, y su rostro cadavérico, de filosos dientes, aunque era humano mostraba una expresión caníbal de animal voraz.
En 1573, varios niños y jovencitas de un poblado de Francia fueron víctimas del ataque de una bestia de terrible apetito, y pronto se corrió la voz de que el hombre salvaje del viejo gabán y el embozo oscuro era el culpable de perpetrar aquellos espantosos crímenes.
Un día, uno de los vecinos del lugar sorprendió a la fiera humana en plena faena, hincando sus colmillos a una chica muy joven en la frente, mientras le aferraba la cabeza con sus huesudas manos de afiladas uñas. La adolescente ya estaba muerta, y de lejos su agresor a primera vista parecía un lobo, pero, al acercarse para ahuyentar al supuesto animal, el hombre se fijó en que, bajo la capucha negra, y a pesar de los colmillos y las orejas puntiagudas, el engendro se daba un aire a uno de los tipos más extraños del lugar: Gilles Garnier.
Se trataba de un tipo solitario y tranquilo, que vivía como un ermitaño a las afueras del pueblo. Pero por las noches de luna llena daba rienda suelta a su instinto caníbal. Entonces se vestía con su harapiento sobretodo y se cubría con una negra capucha para salir de cacería. Devorar la carne de los niños y adolescentes constituía su perverso objetivo.
La declaración de aquel testigo que pilló al caníbal en acción fue clave para que arrestaran a Garnier. Acto seguido fue sometido a juicio y no hizo falta mucho más para condenarlo. Las autoridades de aquella época no podían comparar huellas o muestras de ADN, y en pleno periodo álgido de la caza de brujas, si no caías bien en la comunidad y te señalaban con el dedo, tenías todas las papeletas para morir quemado en la hoguera o ahogado en el río. Incluso si erraban en su valoración y resultaba que al final no eras un vasallo de Satán, tampoco pasaba nada: irías al Cielo antes que el resto y ya está. Los buenos cristianos podían vivir con eso.
Durante el juicio, Garnier se vino abajo y confesó que la pobreza y el hambre le habían empujado a hacer un pacto con un espíritu maligno en el bosque. A cambio de dejarse melena, escuchar música renacentista y, en definitiva, servir al diablo, había recibido un ungüento que podía aplicarse para convertirse en monstruo, y así saciar su gazuza carnívora devorando a sus semejantes.
Para asegurarse de que no reincidía en tan monstruosas prácticas, se tomaron medidas disuasorias muy rigurosas: le prendieron fuego.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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