Acecho en la oscuridad
Aquel hombre la había tratado con cortesía. Fue el primero que la abordó aquel 29 de septiembre de 1888 y esa noche de luna llena ella paseó tomado de su mano, mientras la niebla invadía las adoquinadas calles borroneando las fachadas de las casas del barrio. Las hileras de farolas a gas proyectaban su pálida lumbre, dotando de un toque fantasmal al frío y ventoso ambiente nocturno en el barrio inglés de Whitechapel. La pareja se detuvo ante la minúscula tienda donde Mathew Packer vendía frutas y verduras. —¿Cuál es el precio de esas uvas? — preguntó el acompañante de Elizabeth Stride. —Seis peniques las negras y cuarto de libra las verdes– repuso el comerciante. —En ese caso denos media libra de las negras. El comprador pagó y dividió los racimos con su acompañante. Luego ambos cruzaron la calzada mientras saboreaban la fruta y entablaron una vivaz charla durante más de media hora, sin hacer caso a la llovizna que en esos instantes comenzó a mojarlos. Aquel caballero quedó para volver a verla al día siguiente a la misma hora y lugar. No podía irse ahora con ella pese a que le gustaba mucho, se excusó. Debía acudir a un compromiso impostergable, le aseguró. La mujer se quedó sola, pero por poco tiempo. Minutos después otro galán se le aproximó y, aunque tampoco concretaron un encuentro íntimo, este individuo también la trató con delicadeza. A pesar de que no había conseguido dinero, esa venía siendo su jornada de suerte, pensó Elizabeth. Primero un tipo la había invitado con deliciosas uvas, y luego un segundo individuo le regaló unas bonitas flores. Este último incluso se mostró galante: le obsequió ese ramo de flores sin pedirle nada a cambio. Era muy simpático y, tras bromear con ella durante un rato, se retiró sin requerir sus servicios. Elizabeth Stride recordaba el amable trato que aquel segundo hombre le había dispensado, mientras caminaba ahora por una calle adoquinada, abstraída en sus pensamientos y con el ramito de flores aferrado entre sus manos. No advirtió que atrás suyo, oculto en la niebla, la acechaba un sujeto empuñando un largo y aguzado cuchillo. Le faltaba bastante para llegar hasta el club político. No era que a ella le importase el contenido de las reuniones que allí tenían lugar. Pero al terminar la sesión saldrían muchos hombres sin compañía. Tampoco le interesaba lograr una cita romántica, sino pescar un cliente. Necesitaba obtener unos peniques para poder subsistir, lo cual en el bajo Londres victoriano resultaba en extremo difícil para una mujer pobre de cuarenta y cinco años como ella. La meretriz continuó avanzando y se internó a través de un callejón mal alumbrado, entre la niebla que se volvía cada vez más espesa. Llevaba con cariño el colorido ramillete que apretaba entre sus manos. Tan distraída transitaba sobre la empedrada y húmeda acera que no se percató de la presencia del asesino que, a un par de metros detrás de su espalda, la acechaba en la oscuridad, dispuesto a matarla con el acerado puñal que esgrimía en su mano diestra. La mujer se sentía contenta y avanzaba ajena al peligro. De pronto recordó que necesitaba dinero con urgencia, por lo que se dirigió hacia el establecimiento político. Allí estaba por terminar la reunión nocturna, y ella creía que a la salida encontraría algún cliente. Sin embargo, minutos más tarde ya no contaba con la compañía de hombres gentiles, y no tenía motivo alguno para reírse. Estaba a la entrada del pasaje adyacente al Club Educativo Internacional de Obreros, y la agredían a golpes. No tuvo tiempo de gritar pidiendo auxilio. El recio cuchillo rasgó su cuello, y Elizabeth cayó al suelo sobre el charco de sangre que comenzó a formarse. El homicida se agachó sobre el cuerpo exánime, no parecía conforme con haberle quitado la vida, y se aprestaba a abrirla en canal y extirparle las vísceras con su filosa arma. Pero en ese preciso instante oyó un ruido; el traqueteo del carro arrastrado por el pony que conducía el portero del club político. —Maldito idiota que me interrumpe.—-, masculló para sí, al tiempo de que se escabullía al amparo de la oscuridad. Al descubrir el crimen, el portero dio la voz de alarma y, además de policías, concurrió al lugar un médico que vivía en el barrio. Más tarde arribó el médico forense oficial, doctor George Bagster Phillips, y entre ambos galenos se abocaron al análisis in situ del cuerpo. Entre tanto, y a modo de medida precautoria, los agentes revisaron las manos y la ropa de aquellos asistentes a la reunión política que todavía no se habían retirado. No detectaron nada sospechoso. Simultáneamente, otro grupo de pesquisas requisaba las viviendas y los albergues aledaños, e irrumpía en las tabernas en procura de cazar al degollador, u obtener pistas fiables para posibilitar su aprehensión. No obstante, la providencia les fue esquiva. También se llamó al inspector Frederick Abberline, y a su ayudante el sargento George Godley, para examinar el cadáver. En su mano crispada la occisa agarraba un pequeño ramillete floral y, a su alrededor, los dos policías advirtieron sobre el pavimento pellejos de uvas masticadas y semillas, al igual que había ocurrido en las escenas de homicidios precedentes. Ante la evidencia de que el criminal habría convidado a la mujer asesinada con esta fruta el sargento George Godley, mientras se inclinaba hacia el cuerpo sin vida de Elizabeth Stride, exclamó y preguntó. —¡Uvas!, ¡Otra vez uvas! ¿Por qué el asesino les da uvas a las víctimas? A lo cual el inspector Frederick Abberline, con tono de voz triste, le respondió: —Lo hace para ganarse su confianza.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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