Crimen y ejecución
Los verdugos aseguraron que bajo el casco de metal ajustado a su cabeza, segundos antes de recibir la descarga fatal, creyeron ver cómo el condenado se trasmutó en un engendro de mirada horrible y cara putrefacta. Su alma perversa salió a la superficie quedando visible instantes previos a sobrevenirle la muerte. Sus ejecutores nunca olvidarían esa imagen de espanto.
La historia que llevó a la ejecución en la silla eléctrica a aquel monstruo humano había comenzado dos años atrás. En ese entonces, la viuda Juliana Hoffman contaba con treinta y siete años el 1º de setiembre de 1894 y vivía con su hijo adolescente de dieciséis años, en una habitación precaria de la calle Sexta Oriente de la ciudad de Nueva York, en el segundo piso de un vetusto edificio en cuya planta baja se emplazaba un almacén. Una segunda muy modesta pieza de la cual eran inquilinos se la habían subarrendado a un alemán de cincuenta y cuatro años. Su nombre real era Carl Feigenbaum, pero dio una identidad falsa. El miércoles 29 de agosto de ese año dicho sujeto había acudido a la casa en respuesta al anuncio donde se ofrecía en alquiler esa habitación amueblada.
—Es justo lo que andaba buscando. Me quedo con ella.— anunció, mientras fingía inspeccionar el lugar. Segundos después, como si repentinamente hubiese recordado algo, volviéndose hacia la fémina añadió:
—Eso en caso de que usted esté conforme con que yo sea su inquilino, por supuesto.
—¿Por qué no habría de estarlo? Usted parece ser un buen hombre. Y también le ha caído simpático a mi hijo cuando vino hoy por la mañana y yo no me encontraba. Si dispone del dinero que pido como adelanto la pieza es suya.— repuso la interpelada.
Aquella era una mujer de mediana estatura, ataviada para la ocasión lo más decorosamente que sus exiguos ingresos le permitían. Lucía su larga cabellera rubia atada con un rodete, y su cara de rasgos delicados y su cutis muy blanco mostraba su fresca belleza. El suyo era un rostro más agraciado del que cabría esperar, considerando las fatigas que una existencia humilde le había impuesto. También destacaba su cuello, el cual parecía más blanco, terso y esbelto que el resto de su cuerpo. Y ese cuello –más exactamente la garganta– cautivó la atención de su interlocutor, quien enfocó allí, por un fugaz instante, una intensa y extraña mirada.
—Gracias señora. Estoy contento por haberme puesto de acuerdo con usted tan rápidamente— afirmó con tono deferente, al tiempo que extendía su diestra para que ella se la estrechara en gesto de aprobación. Aunque la palma era áspera, su mano poseía una delicadeza contrastante con la tosquedad de sus demás rasgos.
El tipo con el cual la joven acababa de cerrar el trato había dicho ser un marinero sin ocupación actual. Dio la excusa de que al día siguiente comenzaría a trabajar de florista en una tienda local y que, merced a ese salario, podría hacer frente al pago del precio pactado, consistente en un dólar por semana más ocho centavos diarios a cambio del desayuno. No obstante, se apresuró a informar que traía consigo los dos dólares requeridos a fin de señar la pieza.
Próximo a las 22 horas del viernes 31 de agosto de 1894 el flamante subarrendatario permanecía en su cuarto, y con una oreja aplicada contra la pared divisoria aguardó, expectante, que se hiciera silencio del otro lado. El inquilino había descubierto que su casera guardaba un cofre con dinero en un rincón de su pieza, y planeaba robarlo mientras esta dormía. En la habitación contigua, y sin recelar de las intenciones de su taimado huésped Juliana dormía en su cama, instalada al costado de una de las ventanas, en tanto su hijo reposaba en un largo sillón. Ese improvisado lecho se ubicaba en el extremo opuesto y sobre el mismo se cernía una cerrada penumbra. A causa de la oscuridad fue que el ladrón, tras abrir furtivamente la puerta, no se percató que una segunda persona estaba dentro.
Las dos noches anteriores había visto al chico escabullirse para ir al departamento de la criada del edificio, y dio por seguro que también esta vez aquél pernoctaría allí. Pero la sirvienta tenía marido, un viajante de comercio que precisamente retornó a su hogar aquel día. El joven durmiente representó el único testigo ocular del homicidio. Se levantó sobresaltado a mitad de la noche ante los gritos proferidos por su madre que, tras despertar al oír los pasos del intruso, estaba siendo atacada por aquél. La mujer pugnaba por ponerse en pie y repeler la agresión.
El alemán esgrimía un cuchillo en su mano derecha, y ya había inferido una incisión en el cuello de su víctima. Esa acometida no fue mortal, y seguramente la ejecutó el ofensor cuando ella permanecía dormida. El muchacho acudió en defensa de su progenitora y pateó al criminal mientras éste permanecía de espaldas, haciéndolo trastabillar, lo cual permitió a la agredida reincorporarse e intentar el escape.
Feigenbaum dio media vuelta encarándose con el jovencito y lo amenazó blandiendo en alto el cuchillo sangrante, gesto que le hizo huir hacia la ventana, treparse a la cornisa y comenzar a gritar en dirección a la calle en demanda de socorro. Sus patéticos alaridos de «¡crimen!», «¡policía!» alertaron a vecinos y transeúntes, quienes empezaron a congregarse en el pórtico de ingreso del edificio.
Empero, Juliana se hallaba mal herida, y su agresor capitalizó su debilidad para seguir ofendiéndola encarnizadamente. Le hizo perder el equilibrio y se montó sobre ella inmovilizándola, luego de lo cual rasgó su garganta hasta herir la vena yugular con un profundo tajo propinado de izquierda a derecha en la base del cuello, frente a la impotente mirada de su hijo que seguía encaramado sobre la cornisa reclamando auxilio con desesperación. La ayuda llegó pronto pues, además de vecinos y curiosos, dos agentes de la comisaría local persiguieron al prófugo, que trataba de evadirse atravesando un corredor, con sus manos y su camisa manchadas de sangre.
El delincuente comprendió que no podía huir por la entrada principal del edificio atestada de gente, y optó por trepar al techo, quitándose el calzado para hacer mejor equilibrio. Desde allí se lanzó rumbo a un corredor que daba a la calle Sexta; pero su maniobra fue advertida y los policías lo interceptaron, reduciéndolo al cabo de una corta refriega. Lo trasladaron mediante la fuerza a la habitación del crimen, donde fue identificado por testigos que habían acudido en defensa de la moribunda.
La mujer yacía sobre el suelo embaldosado. Aunque ya no respiraba su belleza seguía intacta. Su camisón de seda resaltaba sus rubios cabellos y su cuello sangrante.
Tras su captura, el homicida fue sometido a juicio y condenado a muerte.
Así fue como, dos años después de su crimen, Carl Feigenbaum sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal cuando tañeron las campanadas de la cárcel de Sing Sing. Su hora final había sonado. Muy pronto los guardianes vendrían a buscarlo para conducirlo al patíbulo. Aunque alemán de nacimiento, y de fe católica, nunca había respetado los mandamientos cristianos, ni mucho menos, observado las palabras de las sagradas escrituras. Pero aquella alborada, mientras fenecía su última noche sobre la tierra, la había pasado en constricción, recibiendo el auxilio espiritual de dos sacerdotes. Humilde, se había arrodillado y vaciado su alma desahogándose ante los servidores del Señor. ¿Qué enormidades les había confesado?
Los religiosos ahora tendrían que cargar para siempre con sus terribles confidencias en acatamiento del secreto de confesión. ¿O tal vez, ni siquiera ante éstos el reo había abierto en verdad su alma? Ya era bastante la culpa conocida por todos con la cual cargaba: el asesinato espantoso de una pobre viuda. Muerte a cuchillo, sin piedad. Ahora la justicia norteamericana que lo había atrapado no tendría conmiseración para con él. Los guardias ya lo sacaban a rastras de su celda rumbo a la cámara del horror. Se sentó en la silla eléctrica sin oponer resistencia. Se quitó los lentes entregándoselos a su sacerdote confesor preferido y le pidió que los guardase para que fueran enterrados con él. El padre Bruder se mantuvo bien cerca suyo mientras lo amarraban con las correas. Los asistentes pudieron ver muy claras las lágrimas en los ojos del siervo de Dios. El condenado le besó la mano.
Luego, esbozando una forzada sonrisa cómplice, hizo un gesto amistoso hacia el verdugo: «Yo también he estado en el lugar en que tú estás ahora», parecía decirle. Y es que, después de todo, también él había sido verdugo de sus semejantes, y sin siquiera concederles un juicio previo justo, ni la menor posibilidad de defensa. Wardem Sage, el ejecutor pagado por el Estado, le agradeció el saludo y se puso presto a su tarea. Le ajustó el casco de metal con los cables y los electrodos fijados a la base del cráneo. El médico de la prisión, doctor Irvine, se aproximó también. Chequeó de un vistazo la situación y dio media vuelta dirigiéndose al señor Davis, el carcelero encargado de aplicar la corriente eléctrica. Con un ademán adusto le indicó que procediera. El funcionario bajó la manivela y el primer impacto eléctrico atravesó por el cuerpo del ajusticiado. La corriente escaló a mil ochocientos veinte voltios.
Eran las 11 y 16 minutos de la mañana del lunes 27 de abril de 1896. Tras treinta segundos, el voltaje descendió hasta los trescientos voltios. El circuito se apagó e, instantes después, volvió a encenderse atizando un segundo relámpago de otros mil ochocientos veinte voltios. Eran las 11 y 17 minutos.
El penado estaba muerto. Calcinado y humeante en las zonas donde sufrió las descargas. Su rostro azulado delataba, sin dejar lugar a dudas, que la vida se le había escapado definitivamente. Pero debía seguirse con el rito fúnebre. Los forenses Irvine y Gibbs, hurgaron bajo la camisa del reo y palparon su pecho examinándolo con sus espectrómetros, luego de lo cual confirmaron el deceso.
La menguada asistencia soltó la respiración trabajosamente contenida. A las 11 y 18 minutos, Carl Feigenbaum, el asesino psicópata, fue declarado clínicamente muerto.* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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