Pesadilla satánica

 

Sheila viajó durante todo ese día en el carruaje contratado para acudir a la casa de campo de su aristocrática empleadora, la cual se situaba en una zona boscosa y aislada. Al arribar fue recibida por el encargado, un muchacho de cabeza rapada muy simpático y agradable quien, de inmediato, se dedicó a mostrarle las dependencias de la finca que la chica se encargaría de asear.

La joven sirvienta lucía para la ocasión su mejor vestido, una bonita casaca de color rojo que dejaba al descubierto sus brazos.
No dudó en penetrar en una habitación a través del acceso entreabierto que el hombre rapado, que oficiaba como su anfitrión, le señalaba. Allí debía comenzar Sheila a realizar su trabajo doméstico. No bien dio un par de pasos dentro de aquel ambiente se vio obligada a cubrirse los ojos con una mano. El fulgor resultaba enceguecedor.
–¿Qué es esto? – exclamó, súbitamente asustada.
No podía advertir las decenas de velas encendidas. La descomunal fogata generada por aquellas lumbres la privaron del uso de la vista. No percibiría nada hasta tanto sus retinas se acostumbrasen a ese resplandor. Al brillo infernal del salón ceremonial.
En la penumbra apareció un segundo individuo, enfundado en una túnica marrón rematada con una cogulla, que la apresó abruptamente entre sus brazos y la cargó, como quien lleva a una novia hacia el lecho nupcial. Antes de que la chica pudiese comprender lo que sucedía el encapuchado la trasladó en volandas hasta una superficie sobre la cual la depositó.
Una vez allí ya estaba aferrada. Unas manos le liaron sus muñecas a la espalda. Otras capturaron sus tobillos mientras ella pataleaba. Con desespero trató de liberarse y salir de ese túmulo cubierto con un paño rojo. Era un altar de sacrificio, presidido a un lado por la estatua de una cabra repugnante, y al otro por una cruz invertida tallada en ébano. Gritó y gritó. Luego únicamente pudo emitir sollozos ahogados por una mordaza.
Como no se quedaba quieta y, a despecho de los amarres, se revolvía espasmódica encima de la tosca mesa donde la acostaron, procedieron a inmovilizarla totalmente. La ataron tanto que sólo podía alzar su cabeza, torciendo hacia arriba el cuello, que le dejaron sin apoyo. Había también una mujer entre aquellos dementes. Alta, cabellera muy negra, vestido de color escarlata y rostro tapado con un antifaz. Portaba en sus manos un amplio cuenco dorado. Se agachó a su vera y dejó en el piso ese recipiente, centímetros debajo de su cuello colgante.
De soslayo, en el paroxismo de su terror, creyó reconocerla; pese al disfraz y al embozo que la ocultaba. ¡No era posible! Su ama.
Y entonces, de repente, supo que la casa a la cual había acudido para hacer la limpieza no era el chalet de campo de su patrona, sino el lugar en donde la secta satánica a la cual aquella pertenecía consumaba sus ritos abominables.
Su calvario proseguía. Ahora el joven rapado había echado, por encima de su chaqueta de obrero, una burda toga marrón. Se ubicó detrás de la víctima inmovilizada. La asió por los cabellos de su nuca obligándola a erguir la testa. Le ajustó todavía más la mordaza. Desde esa posición la prisionera no podía dejar de ver a quien, sin duda, era el jefe de todos. A aquel gigante arropado con una oscura capa azulada y bajo cuyo capuchón exhibía la máscara con semblante de pájaro diabólico. Lo oyó canturrear en una lengua extraña. La pérfida dama que la había traicionado también profería sonidos broncos, que retumbaban ensordecedores. Un intenso mareo fue apoderándose de su conciencia. El griterío cesó. El ave rapaz enorme se le aproximaba. Sostenía un puñal reluciente, de tan afilado. Ella cerró los ojos con todas sus fuerzas.
–Es sólo un mal sueño, una pesadilla. No puede ser verdad-, se dijo. Tal vez se habría quedado dormida dentro del coche durante el prolongado trayecto hasta esa casa . Sí, eso tenía que ser. Un esfuerzo de voluntad y lograría al fin despertarse. Abrió los párpados. Pero no; no se hallaba en el interior del carruaje. El ave rapaz enorme continuaba allí y blandía el mismo cuchillo. Para su fortuna ya no supo cómo proseguiría esa pesadilla, que era su realidad. Se desmayó.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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