El crimen más terrible


En el interior de la taberna "Britannia", durante la noche del 8 de noviembre de 1888,  Mary Jane Kelly, apodada Jeanette, bebía una cerveza barata ensimismada en sombríos pensamientos. Lucía un vestido de color azul moteado con dibujos de pequeñas flores. Su escote dejaba ver el nacimiento de sus senos. Era un atuendo propicio para ejercer su oficio, pero tampoco en esa ocasión estaba de ánimo para ofrecer su cuerpo. Aunque era demasiado joven, comparada con las ruinosas cuarentonas asesinadas por Jack el Destripador en las últimas semanas – pues sólo tenía veinticinco años–, la bonita irlandesa pelirroja de ojos azules había comenzado a abismarse por una pendiente sin salida. 

 Debía volver a trabajar y recobrar su dignidad. Si lograba conservarse sobria durante unos días lo conseguiría. Se haría con el dinero para marcharse de aquel maldito barrio. Volvería a empezar. Con ese objetivo fijo en su mente apuró el último sorbo de su cerveza y se despidió de la encargada, quien una vez más tuvo la gentileza de fiarle. Esa misma noche regresaría a las calles. No podía continuar viviendo así, necesitaba ganar dinero.
 Unas horas más tarde, en la madrugada del 9 de noviembre, varias vecinas y colegas de oficio la vieron entrar y salir incansablemente de su pieza situada en la pensión llamada "Corte del molino", llevando allí a candidatos muy diversos. Luego de la hora 8 de esa mañana la encontraron.
Encima de la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Únicamente llevaba puesto un menguado camisón, que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su organismo. Su estómago lucía abierto en canal, y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de su muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz. 
 Los dos médicos forenses que realizaron su necropsia fueron el Dr. Thomas Bond y el Dr. George Bagster Phillips, que examinaron el cadáver in situ en la escena del atroz crimen. Entre otros aspectos, en su reporte para elaborar la autopsia el Dr. Thomas Bond señaló: «La cara mostraba cortes en todas direcciones; el cuello se cortó hasta las vértebras; [...] los senos se extrajeron mediante incisiones cuasi circulares; [...] tórax visible a través de los cortes; abdomen extraído; [...] la parte inferior del pulmón derecho, arrancada [...]; pericardio abierto y corazón ausente». 
 Este último comentario del Dr. Thomas Bond, dando cuenta de que el asesino había extirpado y sustraído el corazón de su víctima se mantuvo oculto durante largo tiempo, ya que no que quedó consignado en el respectivo informe del otro forense actuante, y fue desconocido, al igual que el resto de su contenido, porque el reporte estuvo extraviado hasta el año 1987, cuando el texto llegó a Scotland Yard enviado dentro de un sobre por un anónimo remitente. 
 El Dr. Thomas Bond, asistido por su ayudante el Dr. Charles Herbert, tomó esas notas dentro de la sangrienta vivienda, y detalló aquellos espeluznantes datos, describiendo con trazos lúgubres el escenario fatídico. Según dejó constancia el facultativo: «el cuerpo yacía desnudo en mitad de la cama», después de que le hubieran extraído: «toda la superficie del abdomen», le hubieran: «vaciado la cavidad abdominal de sus vísceras», y le hubieran mutilado su cara: «más allá del reconocimiento de sus rasgos».
 Quizá lo que más estremeció al insigne galeno, que desde 1873 revistaba como cirujano jefe para la Metropolitan Police de Londres, fue el dantesco espectáculo de contemplar los intestinos diseminados por la habitación. De acuerdo anotó: «Las vísceras se encontraron en varias partes, a saber: el útero, los riñones y un seno, debajo de la cabeza; el otro seno cerca del pie derecho, el hígado entre los pies, los intestinos por el lado derecho». La ropa de la occisa, según expuso el Dr. Thomas Bond, estaba saturada de sangre en la esquina derecha de la habitación y, a su vez, esos viscosos fluidos cubrían buena porción del suelo. «La pared del lado derecho de la cama estaba marcada por la sangre después de que esta la hubiera salpicado varias veces», consignó el médico. 
 A su vez John McCarthy, dueño de aquella pensión, al testimoniar en la instrucción judicial, exclamó: «¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!». 
Con esas palabras dejó constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación. 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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