Desde las brumas del tiempo nos es legada la historia de Belle Gunness, una trama que parecería una leyenda urbana, si no fuera porque fue realidad.Cruda e increíble realidad. Se trató de la existencia de una asesina serial digna emula de Henri Desiré Landrú. Y ocurre que esta fémina usaba el mismo modus operandi que hizo célebre al victimario serial francés. También ella atraía a sus desprevenidas parejas mediante anuncios matrimoniales. Una vez establecida la relación amorosa los esquilmaba, y luego los asesinaba enterrando los cadáveres bajo los fondos de su granja. Nació en Trondhjem, Noruega en 1859 con el nombre de Bella Poulsdatter, y arribó en 1883 a Norteamérica. Se afincó en Chicago, y en 1888 contrajo enlace con un coterráneo, el noruego Max Sorensen. Años más tarde los Sorensen se trasladaron a una chacra sita en Austin, Illinois, en donde la esposa se dedicó a concebir hijos y cultivar la tierra.
En 1900 Max Sorensen falleció en extrañas circunstancias. La viuda recibió una pequeña suma por la póliza del seguro de vida de su marido y vendió la granja. Con ese dinero retornó a Chicago donde adquirió una pensión. En menos de un mes ese edificio resultó pasto de las llamas, desgracia que no desconsoló demasiado a su propietaria, la cual se embolsó una jugosa cifra, producto de ser la beneficiaria del seguro de vida.
Luego Bella -ahora ya conocida como Belle- compró una pastelería; pero pronto otro incendio hizo acto de presencia arrasando con las instalaciones. Nuevamente el dinero del seguro recién contratado le serviría de consuelo para hacer frente a su sospechosa mala suerte. La compañía de seguros aquí fue más severa, y sólo le entregó el dinero de la póliza tras larga indagatoria, y dejando claro que recelaba de ella. La mujer comprendió que tendría que variar su método delictivo si no quería terminar entre rejas.
Por tanto, Belle se marchó con sus hijos al Este de los Estados Unidos, y recaló en un minúsculo pueblo denominado La Porte, próximo a Indiana. Aquí cambió su apellido por el de Gunness, después de casarse con Peder Gunness, oriundo de allí
La muerte de Peder tendría que haber despertado la suspicacia de la flamante compañía de seguros donde Belle había contratado. Y es que el hombre apareció muerto a causa de una profunda herida en su cráneo. Supuestamente una hachuela se deslizó del estante en que se apilaban las herramientas, y al caer sobre su testa se la abrió provocando su inmediato deceso.
En fin: mala suerte que sufren algunos asegurados...
De estafar a compañías de seguros la mujer pasó a otro rubro delictivo. Un rubro que la haría tristemente célebre. Se dedicó a poner avisos matrimoniales en periódicos locales.
"Viuda joven, atractiva y dueña de importante granja desea relacionarse con caballero acomodado y refinado con fines matrimoniales", mentaban estos avisos.
Una vez que los candidatos le escribían, Belle les contestaba mediante misivas de este tenor:
"Su respuesta a mi anuncio me llenó de alegría pues estoy segura que Ud. es el hombre adecuado para mí. Estoy convencida de que sabrá hacer que tanto yo como mis queridos niños seamos felices, y de que puedo confiarle cuanto poseo en este mundo. Le describo mi actual situación financiera: poseo cincuenta acres de tierra y la cosecha de mi granja es muy variada, pues incluye manzanas, ciruelas y cerezas. Todo esto ya está casi pagado. Tengo tres hijos pequeños: un niño y dos niñas. Perdí a mi esposo en un accidente hace cinco años, y he descubierto que cuidar a los niños y, a la vez, ocuparme de mi granja supera mis fuerzas. Mi idea es tener a un buen compañero a quien confiárselo todo. He decidido que cada candidato que ha merecido mi consideración favorable debe hacer un depósito en efectivo o acciones. Valgo un mínimo de 20.000 dólares, y si Ud. puede traer consigo la suma de 5.000 dólares para demostrar que se toma el asunto en serio, hablaremos del futuro."
Pese al tono crudamente mercantil empleado en sus cartas, ello no desalentó a los interesados. Pronto un desfile de candidatos pasaron por la granja La Porte y conocieron a la amable granjera. Empero, ninguno de aquellos caballeros regresó vivo luego de ingresar al establecimiento rural.
El éxito criminal de la viuda negra se debía sobre todo a que elegía postulantes carentes de familiares. No fue, sin embargo, el caso de uno de ellos: Andrew Helgelien. Este desliz sería la perdición de la criminal. Aquel señor tenía un hermano, y antes de acudir a Indiana para su cita le confió a éste sus intenciones amorosas-mercantiles para con la proponente. Transcurrieron más de cinco meses sin que el hermano tuviera noticia alguna suya y, muy atribulado, le escribió a la señora Gunness suplicándole que le informase cuanto sabía sobre Andrew.
Belle le respondió con abiertas mentiras fingiendo preocupación, y pretextando no saber nada de ese hombre desde el día cuando aquél en forma imprevista habría abandonado la granja. El hermano viajó a La Porte para encabezar la investigación a fin de ubicar el paradero del desaparecido, pero cuando arribó allí se topó con un cuadro impactante. Ocurrió que el 28 de abril de 1908 el establecimiento de La Porte se vio asaltado por las llamas de un voraz incendio que quemó el predio hasta los cimientos. El hermano de Helgelien alertó a la policía, la cual emprendió las pesquisas de rigor y halló cuatro organismos calcinados entre los escombros. Un cadáver que carecía de cabeza fue considerado que era el de la señora Gunness, en tanto otros restos humanos correspondían a sus menores hijos.
El 23 de mayo de ese año fue conducido ante el Tribunal que indagaba la causa un empleado de la dueña llamado Ray Lamphere. Al poco tiempo se supo que el individuo fungía como secuaz de aquella ayudándola a desembarazarse de las víctimas. Ademas, era amante de Belle. Ray confesó plenamente su participación en los crímenes, aunque insistió en que actuaba bajo las órdenes de la mujer encargándose de esconder los cuerpos y que nunca asesinó a nadie.
Más tarde se determinó que el cadáver primariamente identificado como de Gunness no era el suyo, sino que pertenecía a una vagabunda que atraída con engaños a la granja resultó ultimada por la propietaria, y su cuerpo sin vida fue enterrado por Ray Lamphere. Nuevas excavaciones practicadas en los alrededores de la casa dieron lugar al hallazgo de más cadáveres hasta totalizar catorce cuerpos masculinos en estado de descomposición, incluido el de Andrew Helgelien. Se trataba de los aspirantes a esposar a la implacable viuda.
Jamás se supo a dónde escapó la homicida múltiple. Algunos periodistas afirmaron que también pereció en el extraño incendio que arrasó la finca, aunque la interrogante de cuál constituyó su destino final persiste hasta el presente atizando el misterio y la leyenda.
De lo que no hay dudas es del destino que le cupo a Ray Lamphere, el cómplice que confesó estar enamorado de su terrible patrona. Purgó veintiún años en prisión. Se lo condenó por provocar un incendio premeditado con consecuencias fatales, y por ayudar a su ama a sepultar los cadáveres de los frustrados novios de aquella. No se lo consideró culpable de cometer homicidios, los que fueron en su totalidad atribuidos a Belle Gunness.
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
En lo profundo del bosque, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las espesas ramas, se alzaba una edificación decrépita conocida como «La casona del atardecer». Su fachada destartalada y sus ventanas rotas contaban historias de decadencia y desolación. La leyenda que rodeaba a esa finca hablaba de un turbio pasado, marcado por la tragedia, y por un siniestro pacto con lo sobrenatural. Un grupo de jóvenes aventureros, atraídos por la mística de «La casona del atardecer» decidieron explorarla en una noche fría y lúgubre. La luna se asomaba entre las nubes arrojando luces fantasmales sobre el terreno desolado que rodeaba a la vieja casa. A medida que se acercaban, el crujir de las ramas secas bajo sus pies producía murmullos inquietantes. La puerta de la casona se abrió con un chirrido desgarrador, como si la estructura misma se quejase por la intrusión. Una vez dentro, el grupo se encontró con un ambiente cargado de polvo y decadencia. El aire estaba impregnado ...
—Primero pensé que se trataba de un saco flotando. Después me di cuenta de que era el cadáver de una joven.— declaró a la agencia de noticias A.P Walter Arnold, el hombre que descubrió en Texas (E.E .U.U.) el cuerpo sin vida de Irene Garza el 21 de abril de 1960. Los periódicos de entonces calificaron a la joven mexicano-estadounidense como "una belleza de cabello negro" y "profundamente religiosa". La víctima, una maestra de primaria de 25 años y reina de belleza, había desaparecido hacía seis días tras visitar la iglesia católica del Sagrado Corazón en la ciudad texana de McAllen, con el propósito de confesarse. Jamás regresaría a su casa. Según su autopsia, fue violada, golpeada, asfixiada y arrojada a un canal de irrigación. La bonita chica solía presentarse a los concursos de belleza locales, y en el año 1958 había devenido coronada Miss Sur del estado de Texas. De acuerdo indicó la prensa: —"Tenía una encantadora combinación de belleza e inteligenci...
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