Venganza espectral
Cuenta una leyenda que los lugareños veían a esa joven vestida con andrajos sentada sobre el muelle de tablas, con su farol encendido, mirando temerosa hacia la casucha bordeada por las aguas del río. Parecía como si quisiera ir en busca de algo oculto allí dentro, pero que tuviera miedo de ingresar.
Cuando se acercaban a la aparición, creían advertir a otras figuras humanas vigilando la cabaña. A esos espantajos le temía ella. Luego, una súbita niebla envolvía los alrededores y todas las apariencias fantasmales desaparecían.
Transcurrían los días y, en torno a la desvencijada residencia, volvía a aparecer la chica alumbrando las sombras con un farol. De nuevo se sentaba en el muelle de madera observando de reojo la cabaña, aguardando a que quedase sin su custodia fantasmal para poder entrar. El espectro de la pordiosera parecía sumido en oscuros pensamientos, como si tratase de recordar qué le había sucedido cuando aún vivía y quisiera reencontrarse con su cuerpo allí perdido.
Una vez que los vecinos supieron la terrible historia sintieron escalofríos, pero callaron. No querían problemas con la justicia, no deseaban ser relacionados con los monstruos que, mediante engaño, la habían conducido hacia esa trampa de la cual nunca salió con vida. Nadie hizo nada para evitar la tragedia. Aunque allí la asesinaron cometiendo un sacrificio humano, no se dio aviso a la policía.
Su asesino había disfrutado como nunca con ese ritual de sangre. Como de costumbre, portó su macabro disfraz de jefe supremo. Causaba impresión su máscara en forma de calavera siniestra, con una abertura para respirar y dos huecos bajo los cuales asomaban sus malignas pupilas oscuras. Una sombría cogulla cubriendo su cabeza enmarcaba esas facciones monstruosas, cumpliendo a cabalidad con el objetivo de intimidar. Incluso sus seguidores, que le conocían en persona, cambiaban de pronto su expresión cuando él surgía enfundado en su atuendo ceremonial. Y si los suyos le temían, cuán enorme no sería el horror que producía a sus presas humanas. Gozaba provocando miedo.
Cuando la chica destinada para el sacrificio lo vio así disfrazado no pudo parar de temblar e implorar clemencia. Aquella noche de plenilunio en que la asesinaron todo le había salido a pedir de boca a la secta diabólica. La joven indigente había sido atraída mediante engaños. Después de ser conducida ante el Maestro de la malvada orden se le forzó a ingerir un brebaje tan potente que, una vez depositado su cuerpo inerme en el altar, estaba tan drogada que no sufrió dolor cuando el puñal rasgó su garganta.
Aquel rito impío fue perfecto, consumado en medio de flameantes antorchas, presidida por la estatua del macho cabrío y la gran cruz invertida. Tras la invocación al amado Satán los acólitos cargaron el organismo sin vida hasta el taller anexo, en el cual pasaron a ejecutar la segunda etapa de la infame ceremonia. Después debían arrojar al río Támesis los trozados restos, para que así toda Inglaterra se estremeciera de pavor al conocer el resultado de la abominable faena. Introdujeron en bolsas los trozos de la difunta y los cargaron dentro del carruaje tirado por caballos que dirigía al Maestro satánico rumbo a su barco anclado en el río Támesis. Una vez allí botaría el torso de la víctima a las aguas.
El jefe criminal no se arriesgaba en demasía, pues sus cómplices se encargaban de esparcir en tierra firme los otros trozos de la mujer sacrificada a Satán. La especialidad del líder maléfico consistía en infligir la rajadura ritual en los cuellos, y aserrar los cuerpos. Aunque en ocasiones lo aburría el trabajo de desmembrar, y entonces cedía serruchos, cuchillas y sierras a sus subalternos. Sin embargo, la técnica de los cortes para amputar los miembros, hasta dejar limpio el torso del cadáver, le incumbía en exclusiva; constituía su firma. No fueron en balde los años de destazar venados, al término de las cacerías en que asistía a su difunto padre.
Mientras iba hacia su barco en el carruaje, llevando el torso cortado a su víctima, aquel sádico se regodeaba satisfecho. ¿Cómo denominarían al día siguiente los periódicos británicos a esa salvajada? se preguntó. Tal vez los titulares dijeran: «Un nuevo macabro hallazgo en el Támesis».
La misma leyenda agrega que, a los pocos días de ubicarse en las orillas del río su torso desmembrado, el fantasma de la joven pordiosera dejó ya de aparecer. Otro rumor explicó que el espectro se dio por vengado al saber que su ejecutor, el perverso jefe satánico, también había fallecido aquella trágica noche. Cuando subió a su barco fue sorprendido por sus enemigos. Estos le cortaron el cuello, y su cadáver arrojado a las frías aguas del río jamás fue identificado. Se hizo así justicia. Una venganza espectral se había consumado.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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