Noche oscura

 

Catherine era una alcohólica perdida, y en tal estado se encontraba en el pobre distrito londinense de Whitechapel durante la noche del 29 de septiembre de 1888.
– ¡Tuuh, tuuh! ¡Abran paso! … ¡Tuuh, tuuh! –gritaba con voz estridente y pastosa por la ingesta de ginebra, imitando el ruido de un carro de bomberos mientras se aferraba como podía al caño de una farola a gas.
No era una borracha violenta, pero sus chillidos ahuyentaban a los clientes del puestero delante de cuyo expendio se había ubicado tras salir de la taberna. El comerciante mandó a su aprendiz en busca de algún vigilante, y al rato aparecieron dos policías de la comisaría más próxima, que era la de Bishopsgate.
– ¡Vamos, ven con nosotros a la comisaría! Te quedarás encerrada hasta que se te pase la resaca –le ordenó el más viejo de los dos. No opuso resistencia y la transportaron asiéndola cada uno por un brazo, porque apenas podía mover las piernas. Una vez en la comisaría fue conducida ante el escritorio del agente de guardia, quien le preguntó:
– ¿Cómo te llamas?
–Nada– rumió, al tiempo que se dejaba caer sobre un sargento, que trabajosamente la sostuvo.
–No puede ni mantenerse en pie. ¿La pongo en el calabozo? -.
El agente de guardia frunció el ceño y asintió. Próximo a la 1 de la mañana se reincorporó y preguntó cuándo la dejarían marcharse.
–Cuando seas capaz de cuidarte por ti misma– repuso el custodio, acercándose a su celda con un cuaderno y una pluma en la mano.
–Y, a propósito: ¿Cómo te llamas y dónde vives?
La arrestada dio un nombre y una dirección falsas. El policía tomó nota y, como al menos podía mantenerse erguida, le abrió la reja.
–Mi marido me dará un tremendo rezongo cuando se entere que estuve presa.
–Y te lo tendrás bien merecido– le contestó aquel, y la escoltó hasta la salida. –No tienes derecho a emborracharte. Buenas noches-.
El agente de guardia la había tratado bastante bien, pero Catherine no toleraba a los polizontes. Al darse cuenta de que no irían a volver a encarcelarla se despidió con un insulto.
–Buenas noches, gallo viejo. «Gallos viejos» o «moscardones azules» –por el color de su uniforme– representaban algunos de los epítetos despectivos con que los habitantes del Este de Londres se referían a los policías. Salió a la calle a la 1.15 de la mañana y se enfrentó a la noche oscura.
Le costaba recordar a las calles de aquel barrio colmadas de tanta neblina enrareciendo el aire. Giró a su izquierda en dirección a la calle Houndsditch, aunque no siguió recto por ese sendero sino que, en cierto momento, ejecutó un rodeo y se encaminó rumbo a la plaza Mitre.
Se trataba de una zona discreta, con casas de fachadas de ladrillo a la vista, y poco concurrida. Supuso que podría hallar un cliente en ese lugar, dado que necesitaba con desespero obtener dinero para comer. Por entonces ya sentía mejor, se le había ido la resaca y confiaba en que tendría suerte. Se consideraba atractiva, pues sabía que aparentaba ser bastante joven. Nadie acertaba a darle su edad real. Además, en esa ocasión lucía uno de sus mejores atavíos: un vestido gris perla de falda acampanada, abotonado desde el vientre hasta su blanca cuellera.
Al llegar a la esquina creyó que sus deseos se hacían realidad. Bajo la tenue luz de una farola a gas vio venir a aquel tipo bien vestido. Todo su atuendo de tonalidad oscura era sobrio y costoso: sombrero, camisa, corbata, saco y capa. Traía en su mano izquierda un maletín de cuero negro, como el de los médicos. Seguramente no tendría problemas en pagarle cuatro peniques.
La mujer se aproximó para ofrecérsele, pero cuando pudo verle bien el rostro entre las brumas nocturnas se frenó en seco. Las penurias de su vida la habían hecho desarrollar la intuición, sabía olfatear el peligro. Y de aquel hombre emanaba una aura siniestra. Debía alejarse sin perder un segundo. Dio media vuelta para volver sobre sus pasos y escapar.
Sin embargo él fue más veloz, dejó el maletín en el suelo y corrió dándole alcance. Estaban en plena calle, entre las penumbras, ni un alma por los alrededores. Aquel desquiciado forcejeaba con ella empuñando un cuchillo en su diestra. Le lanzó una puñalada que Catherine logró esquivar apenas, sin evitar ser herida en el cuello. La sangre saltó. Aterrada, la víctima gritó pidiendo auxilio, al tiempo de que su atacante, con la mano zurda ensangrentada, pugnaba por estrangularla.
Finalmente la derribó. Ahora ambos luchaban sobre los adoquines húmedos de la plaza. El cazador montado encima de su presa y ésta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse de arriba el musculoso cuerpo del individuo. Sintió una fornida mano cerrarse como un cepo en torno a su garganta, mientras el peso del criminal la inmovilizaba. Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo. El resplandor provenía desde el empapado cuchillo que él aferraba con su mano libre y cuyo filoso acero rasgó, cercenando la garganta.
Tras asegurarse que su víctima ya no se movía, el asesino se levantó y fue en busca de su sombrero, caído durante la refriega. Luego abrió el maletín que había abandonado antes de correr hacia ella. Volvió a dónde yacía el cadáver. Ya había extraído el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos para practicar la disección. Tenía cronometrado cuando el policía pasaría de nuevo por allí, en su ronda nocturna. Nada más le quedaban diez minutos, debía apresurarse.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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