Pelea a muerte
Se fue cambiando de indumentaria dentro del carruaje, mientras su chofer lo dirigía al muelle, donde estaba anclada la embarcación a vapor. Ya era tiempo de quitarse esas burdas ropas de obrero. Le resultaba un fastidio vestirse con ellas, pero admitía que habían sido necesarias.
En los aciagos distritos del este de Londres siempre lo eran para mimetizarse. Un caballero que se exhibiese abiertamente como tal, por aquellos villorrios, hubiese quedado muy expuesto. Por lo demás, todo había salido conforme a lo planeado, sin sobresaltos.
El dato de que ese desolado baldío carecía de custodia, durante aquel horario, era cierto. Solo un rato atrás, al socaire de las sombras del atardecer, sus esbirros habían arrojado el torso de la última ofrenda. Él se limitó a suministrar cobertura a los otros dos. A los que transportaron hasta allí el bolsón conteniendo la macabra entrega. Se había apostado en esa esquina, silbato en mano, por si se aproximaba algún testigo.
A escasa distancia el coche estacionado, presto para emprender la fuga. Pero nadie los importunó. La labor se concretó sin tropiezos. Los adeptos escabulleron y, segundos después, él ya ascendía al vehículo tirado por caballos que ahora lo trasladaba rumbo al río Támesis.
No tenía por qué arriesgarse en demasía. Los depósitos podían realizarlos sus cómplices. Su especialidad consistía en infligir la rajadura ritual en los cuellos, y aserrar los cuerpos. Aunque en ocasiones lo aburría el trabajo de desmembrar, y entonces cedía serruchos, cuchillas y sierras a sus subalternos. Sin embargo, la técnica de los cortes para amputar los miembros, hasta dejar limpio el torso del cadáver, le incumbía en exclusiva; era su firma. No fueron en balde los años de destazar venados, al final de las cacerías en que asistía a su difunto padre.
— ¿Cómo denominarían los periódicos a este flamante hallazgo?— se preguntó.
Se habían dispuesto esos restos bajo el arco del puente; tan ostensibles que no cabía dudar que ya al día entrante, ese 10 de septiembre de 1889, los irían a descubrir. Tal vez lo tildarían «El misterioso caso del Torso de la calle Pinchin», en atención al nombre del paradero donde plantaron aquel despojo, se dijo.
Los reporteros ingleses solían ser poco originales, salvo cuando fabricaron el alias de Jack el Destripador. Pero no lo molestaba aquel bulo.
Después de todo, James gozaba de fama gracias a la propagación de ese cuento. Y James era un buen hijo que seguía siéndole fiel; también era el lugarteniente de la Orden del Macho Cabrío. Nunca se había sublevado. Cada cual interpretaba su rol en aquel juego.
Ambos cumplían su parte del trato. Debían su poder y riqueza a Satán y a cambio le daban sus ofrendas, era lo justo. Por no hablar del placer que tal actividad le generaba. Cazar ciervos y jabalíes ni por asomo se comparaba con tan jubilosa emoción.
«Me gusta matar gente porque es divertido. Es más excitante que cazar animales salvajes en el bosque porque el ser humano es el animal más peligroso», recitó mentalmente, recordando las palabras que había hilvanado en aquella carta.
—¡Qué inspiración de genio tuvo al escribir esa misiva!— rememoró, cuando hizo que uno de sus seguidores la dejase dentro de la casa de George Akin Lusk, el presidente del Comité de Vigilancia, junto con la oreja amputada. Para que el deleite hubiese sido completo, sólo le faltó ver el tremendo susto que se debió pegar aquel cretino cuando abrió el envoltorio.
Sir Gerard siempre consideró poseer una veta de artista. Era bueno para asignar calificativos y motes. De hecho, se había hastiado de ser llamado sólo el Maestro de la Secta.
«El animal más peligroso», era un poderoso alias y le sentaba mejor, pensó, riendo por dentro. Además, aquí tenía el mérito de haberlo ideado él. A diferencia de su hijo, que debía su sobrenombre a un invento de los periodistas.
«El Asesino del Torso del Támesis» también constituía otro pintoresco apodo. Sabía que, en secreto, los médicos forenses le decían así. En ausencia de cabezas, que destruía para evitar que individualizaran a las víctimas, el torso humano era lo que más impresionaba.
Pero este otro criminal devenía inexistente para el público.
Scotland Yard jamás iría a admitir que estuviese operando en Gran Bretaña un segundo homicida, peor que el destripador. Ya bastantes quebraderos de cabeza tenían con no poder atrapar a ese sólo. El secretismo lo ayudaba, lo que no se reconoce no se puede combatir. Por eso era esencial que no llegasen a identificar a las difuntas. Que creyeran que se trataba de material de disección clínico, de la obra de sórdidos bromistas; tal vez estudiantes de medicina. Era positivo que las encuestas judiciales siguieran pronunciando veredictos de «Found dead» («Encontrado muerto») .
El Asesino del Torso debía continuar siendo un fantasma. No se aceptaba su realidad y, por consiguiente, no se lo perseguía. Distinto era lo de Jack el Destripador. Este perpetraba sus desaguisados a plena vista. Las prostitutas que ultimaba poseían nombres, apellidos y alias. «Polly Nichols, Annie Chapman, Liz Stride, Kate Eddowes, Mary Kelly».
Conocer su identidad era mala cosa; facilitaba una pesquisa policial eficaz. Eran mujeres tangibles que tenían parientes y chulos que querrían buscar venganza. Representaba un elevado riesgo actuar de manera tan desembozada.
Su hijo se había obsesionado con su papel exterminador en el East End de Londres y, en cualquier momento, cometería un error fatal. Por eso le ordenó que se detuviera.
Después de traer el corazón de Jeanette Kelly para aquella ceremonia, lo conminó a que pusiera fin a su faena. Estaban a un tris de agarrarlo. Si caía él, Scotland Yard iría enseguida por todos ellos y sería el fin de la Orden del Macho Cabrío y de sir Gerard. Vendría la vergüenza pública y, después, la horca. Y antes que ello ocurriera, él prefería suicidarse.
Miró hacia el piso al costado de su asiento, mientras el carruaje traqueteaba. Dentro de la espaciosa valija guardaba los miembros no desechados en aquel baldío. Piernas, brazos y cabeza. Habría que deshacerse de ellos a partir de esa noche. Debían botar algunos fragmentos humanos desde la borda y esparcir los restantes tierras adentro.
A todo esto, el viaje llegaba a su término. Estaba arribando a su destino. El cochero cómplice jaló de las bridas frenando el carro. Los equinos relincharon. Desde su habitáculo, el pasajero descorrió la cortina de la ventanilla para contemplar el exterior. Como telón de fondo, en medio de la penumbra, se distinguía la construcción en ciernes del Puente de la Torre de Londres. Más cerca, en un recodo del puerto, yacía amarrado ese solitario navío.
Oteó con su catalejo hacia el casco, cuya vaga silueta se insinuaba entre el ramaje de la ribera. Dirigió luego su visión a la quilla y los vislumbró moviéndose allá arriba. Su hijo y el maquinista.
—¿Por qué llevaban puestos aún los trajes rituales, esos dos torpes?—. Se ufanaban vistiéndolos aun cuando no debían hacerlo. Al principio el atuendo ceremonial exclusivamente lo lucía él, en su calidad de jefe supremo. A veces se lamentaba de haber autorizado que los compinches principales también empezaran a portar aquel ropaje. El morro en forma de ave carroñera, que la mascarilla aparentaba, producía horror a las víctimas. Cuando comprendió que el pavor se les tornaba más intenso si se veían rodeadas por varios «monstruos» así disfrazados, permitió a otros lacayos ceñirse su mismo ornamento.
Pero esa licencia no quitaba que se adoptasen las pertinentes precauciones. Por ejemplo, el uso de la contraseña a fin de ingresar al recinto del sacrificio o al buque. Y también la destrucción total, o el incendio, de la edificación de madera, una vez ejecutada la impía labor.
Debía ir hacia su barco. Previo a abandonar el transporte, se quitó los zapatos de cabritilla -único lujo que esa vez se permitiese- y los reemplazó por botas de caucho. Se le mojarían los pies y se le ensuciarían con el lodo antes de poder penetrar en la embarcación. Colgó alrededor de su cuello el farol de ojo de buey para iluminar en la oscuridad y acomodó la daga dentro de su chaqueta. Con su mano diestra prensó el asa de la gran valija que contenía los trozos de cadáver a esparcir por las márgenes del río y acarreó aquel voluminoso fardo.
Se apeó del coche y despidió al chofer. Debía transitar esa distancia atravesando el follaje hasta alcanzar la orilla y abordar su nave. La escalerilla estaba dispuesta y por ella trepó. Escaló a la cubierta, dejó la maleta y volvió a encender la lámpara que había apagado, por cautela, al ingresar. Recorrió el interior y no tardó en percibir los dos disfraces tendidos sobre el maderamen.
Algo andaba mal.
Unos metros más adelante, la escotilla abierta de la sala de máquinas. Su instinto le avisó que no debía llamar a su hijo y al timonel en voz alta. Antes tenía que indagar por sí mismo qué diantres pasaba allí. Palpó el arma blanca oculta entre sus ropas. También recogió una barra metálica que halló a su paso y la blandió con su mano hábil. A pesar de su corpulencia descendió con sigilo, pisando muy suave los peldaños, cuidando de no hacer ruido. Una gran cerrazón opacaba aquel ambiente. Enfocó la tenue luz del farol hacia el extremo donde se instalaban las tuberías.
Había oído un rumor provenir desde ese sector. Allí estaba un hombre agachado, de espaldas a él. Movía enérgicamente sus manos; ataba a las cañerías, valiéndose de una cuerda, las muñecas de otro sujeto. Aquel se hallaba exánime. Ahora su agresor le liaba ese bramante por los antebrazos contra la nuca. Se acercó conteniendo la respiración. En puntillas su enorme cuerpo. Al final, comprendió quién era el desmayado: su hijo.
El intruso debía ser un atracador, que tuvo el tupé de colarse dentro del barco para robar y el idiota se dejó sorprender. —¿Y el maquinista?—. No había tiempo de pensar en eso.
Sir Gerard se abalanzó contra el invasor, que se había incorporado y dado vuelta hacia él, percatándose por fin de su presencia. —¡James en peligro, maniatado por ese puerco!—.Temblaba de rabia y odio. Atacó atizando con la barra de hierro. Su oponente esquivó el primer envite, que resonó estrellándose contra la tubería. Eludió también un segundo aporreo, denotando una agilidad poco común. Pero no pudo evitar recibir el tercer lance, que le golpeó de lleno en su cabeza. Cayó atontado. El impacto sufrido había sido brutal. Su visión nublada. Su conciencia que se extraviaba entre un remolino de dolor. En un gesto automático quiso dirigir las palmas hacia su faz para protegerse. Fue inútil. Los músculos de sus brazos no le respondían. Se esforzó por levantarse. Logró erguirse a medias, pero carecía de equilibro. Al instante, volvió a caer cual si fuese un peso muerto.
Con parsimonia, regodeándose en su triunfo, el hombrón hurgó dentro de su chaqueta. Extrajo de un bolsillo la daga ceremonial. Se dirigió hacia su adversario tumbado empuñando el arma, cuyo filo aún guardaba rastros secos de fluido hemático. Legrand lo vio venir, pero su voluntad le fallaba. Su cuerpo permanecía inmóvil, a merced de su ofensor.
—Un solo tajo y todo termina—, se dijo aquel. Esta vez una víctima masculina para ofrendarle al Gran Satán.
Inerte desde el suelo, Arthur lo desafió sosteniéndole la mirada. Pero no podía hacer más que ello; estaba indefenso. Sus brazos y sus piernas continuaban negándose a obedecerle. Su atacante se arrodilló a su costado y alzó el brazo armado apuntando hacia el cuello inerme. Buscaba cercenar la vena yugular, como era su costumbre. El Asesino del Torso se aprestaba a inferir a su nueva presa el golpe de gracia.
No fue el miedo lo que hizo que cerrara los ojos. Ya había enfrentado a la parca en el campo de batalla. Y en estos desesperados instantes también la había aceptado ahora. Moriría peleando.
No fue el terror; fue la sangre. El borboteo denso del líquido rojo salpicando su cara, tiñendo su barba rala y entrecana. Tenía que ser su sangre fluyendo desde su garganta mutilada. —¿Por qué no sentía dolor entonces?— Abrió los párpados. Desde abajo vio ese rostro malvado gravitándole encima. Pero aquellos rasgos estaban congelados, sin vida. Dos ojos muertos en una cara estupefacta, de mirar perdido. El grueso cuello rajado a un par de centímetros por debajo de la mandíbula cuadrada. El cuchillo de acero toledano, que se curvaba a mitad de su afilada hoja, saliendo de la espantosa herida causada en aquel pescuezo de toro. El corpachón del asesino, ahora asesinado, derrumbándose como plomo a su vera.
Atrás de aquel, en cuclillas, la figura humana cuyos engarfiados dedos retenían el arma. Una mano muy blanca y delicada. La mujer que lo había salvado. Bárbara.
Ella sí había percibido el sonido de las pisadas descender desde la escalera y se agazapó entre las sombras sin ser vista, aguardando su oportunidad. La muchacha ayudó a ponerse en pie a su conmocionado amante. Y, para sorpresa de este, tomó en forma decidida el mando.
—¡Ven! Debemos subir, vestirnos de nuevo con los disfraces y hacer que el maquinista ponga en marcha la nave.— le ordenó.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
*Nota: Desde el barco referido en el relato la secta satánica liderada por el Asesino del Torso de Támesis (criminal contemporáneo a Jack el Destripador, y que asesinó y desmembró, al menos, a seis mujeres en Inglaterra entre 1873 y 1889 ) esparcía por el río Támesis trozos de cadáveres de sus víctimas.
"Pelea a muerte", historia Nº3 desde minuto 21, 11 a minuto 36, 58 de este video.
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