La sombra del lobo

Todas las noches de luna llena la gente de ese pueblo repetía idéntico ritual. Se agolpaban exhibiendo cruces y antorchas alrededor de la iglesia. Algunos pedían a gritos la protección divina, otros maldecían y rezaban para que se diera muerte al licántropo, y acabase esa cruel pesadilla. Los aldeanos estaban aterrados. Hombres y mujeres se apretujaban en torno a esa gran casona, que en el pueblo hacía las veces de iglesia. Miraban de reojo la luna llena, oculta entre negras nubes de lluvia. 
Los más aprensivos creyeron distinguir figuras monstruosas en el brumoso cielo, y no faltaron quienes afirmaron haber visto a la silueta del Maligno flotando en el horizonte. Unos campesinos llevaban cruces de madera, otros portaban llameantes antorchas. Algunos temblaban, otros alzaban sus voces clamando venganza por sus familiares asesinados. 
El engendro malvado que desde meses atrás provocaba la tragedia que los llenaba de espanto no era un ser humano, según se decía. En un tiempo había sido uno como ellos pero un aciago día, por codicia y despecho, le había vendido su alma al diablo. 
Durante las noches de plenilunio, como esta en la cual se congregaban, el criminal se transformaba en un lobo y destrozaba a los infelices que sufrían la desgracia de cruzarse en su camino. Ellos habían salido en tropel hacia el centro del poblado; iban muy juntos, formando una compacta masa humana. Temblando de pavor rodeaban el camposanto. Solo la misericordia del Señor tenía el poder suficiente para preservarlos de la abominable bestia.
Por tal razón, cuando al fin fue capturado, intentaron asaltar la comisaría. Querían tomar justicia por mano propia y aniquilar al monstruo. Pero en cuanto lo vieron no podían dar crédito a sus ojos: aquel enano enclenque no podía ser el culpable. Era imposible que ese frágil sujeto fuera el asesino bestial; no podía serlo, a menos de que en verdad hubiera pactado con las tinieblas, a menos de que ese individuo llamado Manuel Romasanta realmente fuera un hombre lobo.
La historia registra que el supuesto licántropo había nacido en la población gallega de Regueiro, España, en el año 1809 y que fue inscrito al nacer como Manuela, dado que mostraba rasgos físicos y genitales femeninos, en tanto padecía de una condición clínica llamada falso hermafroditismo.  
Recién a los ocho años de edad, al desarrollarse como varón, pasó a ser considerado hombre. Era de muy baja estatura, puesto que medía menos de un metro y cuarenta centímetros. 
Otra característica que lo destacaba consistía en que sabía leer y escribir, lo cual resultaba muy poco habitual en el medio rural de aquella época. Trabajó en el oficio de sastre junto a su esposa Francisca y, tras enviudar, pasó a ganarse el sustento como buhonero, o sea vendedor ambulante de mercadería barata, por las tierras de Galicia, León y Asturias.

Aunque no se le pudo achacar con total certeza, tal vez su inicial homicidio podría haberlo cometido contra un alguacil que le reclamaba una deuda en León. Cuando el cadáver del jerarca apareció Manuel Romasanta huyó, instalándose en la zona de Allariz, donde se ganó la confianza de la población con su actividad de buhonero. 

Allí se ofrecía para acompañar en su viaje a mujeres y niños, a quienes engañaba aduciendo que les conseguiría trabajo y alojamiento en Santander o en otras ciudades prósperas de España; pero en realidad los robaba y asesinaba, dejando los cadáveres despedazados esparcidos en los boscosos senderos. Se sabe que a partir de 1864 comenzó a utilizar este modus operandi homicida que lo volvería tristemente célebre.

Ese año una vecina llamada Manuela, de cuarenta y siete años de edad y separada de su marido, vendió sus pobres pertenencias con el objeto de marcharse junto con su hija a la ciudad de Santander en busca de mejores oportunidades. El buhonero no solo se ofreció a guiarlas en su viaje a través de la  peligrosa ruta, sino que prometió encontrarles un puesto laboral como empleadas domésticas en la casa de un sacerdote amigo. 

Sin perjuicio del alguacil al cual posiblemente había matado, estas infortunadas féminas constituyeron sus primeras presas humanas oficialmente reconocidas. Luego de asesinar a madre e hija, regresó y tranquilizó a las hermanas de Manuela, a quienes les ofreció una buena ocupación junto a ella; tampoco se volvió a saber nada del paradero de estas mujeres, ni de sus menores hijos, quienes las acompañaron en el fatídico viaje donde se convertirían en las nuevas víctimas de Manuel Romasanta. El mismo fatal destino sufrieron varios miembros de otra familia, y también el joven Manuel Fernández, apodado Surtú, sobrino de Manuela. 

Con el paso del tiempo, la falta de noticias sobre los desaparecidos acabó preocupando a familiares y vecinos y, a partir de enero de 1871, los rumores se dispararon. Se decía que Manuel Romasanta en sus recorridos a Portugal vendía un producto grasiento, una especie de “medicina popular”, a alto precio. No tardaron las murmuraciones en apodarle O home de unto Sacamantecas, y surgieron las sospechas de que había eliminado a los desaparecidos y vendido su grasa corporal en el país vecino. 

Además, se afirmó haberle visto viajar solo, cuando aún debería estar viajando acompañado por los desaparecidos. Pero lo más grave y acusatorio en su contra fue que amigos de las víctimas reconocieron algunas de sus prendas en una mujer de la comarca, la cual al ser interrogada admitió haberlas comprado en la taberna de Mazaira (Montederrano, Orense) a un personaje cuya descripción coincidía con la fisonomía de Manuel Romasanta. No tardaron en aparecer más prendas pertenecientes a otras de sus presas humanas, las cuales se comprobó que habían sido vendidas por el mismo individuo.

Alertado por el revuelo que se empezaba a generar, y al intuir el peligro de terminar siendo arrestado, el victimario desapareció sigilosamente de la región, tras procurarse documentación falsa. 

A mediados de 1852 el licántropo se puso a trabajar en la zafra de siega de trigo en la localidad de Nombela, Toledo. Allí fue reconocido por dos vecinos de Verín (Orense), dedicados a las mismas labores zafrales, quienes le denunciaron ante la Alcaldía. Tras esta acusación se acabaría la buena fortuna del ejecutor, el cual el viernes 2 de julio de ese año fue apresado por la Guardia Civil. Lejos de negar la culpa que se le achacaba o de resistirse, confesó haber dado muerte a las personas desaparecidas, alegando que no podía evitar matar cuando se mutaba en un lobo.

En agosto de 1852 comenzaron las indagatorias policiales, y el domingo 12 de septiembre, en Galicia, una comisión investigadora efectuó un minucioso rastreo por la sierra de San Mamed donde aparecieron restos humanos con señales de tratarse de víctimas de los lobos. El asunto se ventiló en la prensa española y suscitó muchas polémicas. Los detalles del proceso penal —que duró desde septiembre de 1852 hasta abril de 1853— están recogidos en la “causa número 1788 contra el Hombre-Lobo”, la cual consta de más de dos mil páginas, divididas en cuatro piezas, dos rollos y un extracto que actualmente se guardan en el Archivo Histórico del Reino de Galicia, en La Coruña. 
El miércoles, 6 de abril de 1853 el juzgado de Allariz lo condenó a sufrir la pena capital por garrote vil como autor de los asesinatos de Manuela, Benita y Josefa García Blanco, y los de Antonia Rúa y sus hijos, nueve homicidios en total; otros cuatro crímenes no se les pudieron justificar. 
Su primer abogado defensor, el doctor Mariano Garrán, insistió en que su cliente debía ser estimado inimputable, dado que estaba completamente loco. También puso de manifiesto la imprecisión de las pruebas ofrecidas por el fiscal, y señaló que ni siquiera estaban correctamente identificados los restos de las personas cuyo óbito se le adjudicaba. La causa penal se remitió a la Audiencia de La Coruña para consulta, y la vista tuvo lugar el lunes 11 de julio: durante cuatro días se enfrentaron dos renombrados profesionales del derecho, el fiscal Luciano de la Bastida y el nuevo abogado defensor del imputado, el doctor Manuel Rúa Figueroa. 

Como estrategia de su defensa legal, buscando ser declarado inocente por padecer demencia, Manuel Romasanta aseguró que una bruja le había lanzado un hechizo en virtud del cual periodicamente se transformaba en un lobo.  

Según le explicó al fiscal: “Por suerte ese hechizo ya ha terminado, pues la maldición duraba trece años y la semana pasada se cumplió ese plazo". 

También declaró ante el tribunal: “La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez. Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre” 

Al terminar su estrafalario alegato, los asistentes de la sala de justicia estaban conmocionados. En su mayoría quedaron convencidos de que el reo verdaderamente era, o al menos había sido, un hombre lobo que durante la mutación licantrópica había perpetrado los horribles crímenes.

Finalmente los trece asesinatos imputados quedaron reducidos a nueve, y el miércoles 9 de noviembre de 1953 el tribunal de segunda instancia conmutó la pena de muerte a ejecutarse por garrote vil pronunciada por el juzgado de Allariz, y la cambió por cadena perpetua. El fiscal apeló tal decisión y la nueva vista quedó fijada para el jueves 23 de marzo de 1854. El tribunal rectificó su fallo y confirmó el dictamen del juzgado de Allariz, debido a lo cual se le volvió a condenar a morir mediante garrote vil; no obstante, la reina Isabel II, en resolución del 13 de mayo de 1854, conmutó la pena de muerte sustituyéndola por la condena de cadena perpetua.

Al parecer, influyó en la benévola decisión de la reina de España una carta remitida al tribunal por un tal profesor Phillips —residente en Argel—, experto en electrobiología (hoy hipnotismo). Allí se explicaba que debía considerarse inimputable a Manuel Romasanta pues sufría de un proceso obsesivo licantrópico como producto de una educación supersticiosa cultivada en el ambiente mágico rural en que vivió, lo cual se agudizó por su creencia de que le había sido impuesta una maldición. 

Esa opinión contradijo el informe suscrito por seis facultativos que analizaron la salud mental del detenido, y negaron la validez de su historia sobre la maldición que lo volvía un “hombre-lobo”. Por el contrario, estos peritos concluyeron que el reo era culpable y perfectamente imputable, dado que, lejos de estar demente, poseído o hechizado, las pruebas judiciales determinaban que se trataba de: “un ser perverso, un criminal sin moral que mataba para enriquecerse”. 

La posición oficial sostiene que el penado falleció en la prisión, ya fuese de muerte natural o a raíz de una enfermedad, pero no hay registros fehacientes de ello. Ante la duda, aparecieron las leyendas urbanas. Algunas versiones pretendieron que escapó de la cárcel, y desde entonces, vivió oculto en los bosques convertido en un animal feroz. 

 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

 



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