Anita y el perro

Anita estaba sola en casa pasando el tiempo a su gusto. Ya había hecho los oficios que le había encomendado su madre, y podía utilizar como campo de juego toda la parcela. La casa era pequeña, sí, y se veía muy simple con sus muros de ladrillos sin pintar, con su techo recto de tablas anchas, sus dos estrechos niveles, dos habitaciones, una cocinita de leña y un comedor; pero a Anita le gustaba jugar a que ese era su castillo, y que su huerta y sus corrales eran su reino. 
Su hogar siempre fue En ese instante estaba preparando un banquete real entre el barro que inundaba los surcos de la huerta, amasando postres y pasteles de barro. Era el escenario perfecto para incontables aventuras imaginarias. 
De improviso sintió que una gélida punzada recorría su espalda de abajo hacia arriba, todo su cuerpo se estremeció. Alzó la vista, y se encontró de frente con un enorme perro negro. A primera vista tenía el aspecto de un labrador, pero, a juzgar por sus facciones prominentes, bien podría estar enrazado con un pitbull, un rottweiler o quien sabe qué otra raza, como la mayoría de los perros criollos en esa región. Este la observaba fijo, sin hacer otro movimiento que el leve vaivén torácico de la respiración. Tenía una mirada penetrante y unos hipnóticos ojos rojizos con un tenue resplandor de brazas.
 Anita sintió que, de un modo inexplicable, ese brillo la invitaba a acercarse, la cautivaba, le hizo estirar la mano para tocar ese lacio pelaje, pero el perro esquivó la caricia retrocediendo unos cuantos pasos y luego unos cuantos más, alejándose poco a poco de la casa. 
Ella no tardó en ponerse de pie para perseguir al animal, que la conducía hacia el interior de la zona boscosa, donde algunos vecinos decían ver bolas de luz flotantes. La noción del tiempo era más difusa a medida que se adentraban en la vegetación. Podría haber pasado un minuto o quizá varias horas, era difícil decirlo. Fue suficiente para que la niña tropezara, se enredara con la maleza que crecía entre los árboles y cayera de bruces en varias ocasiones. 
Mientras tanto, el perro se internaba más en el bosque, agitaba la cola y caminaba sin inmutarse, como si la misma vegetación le abriera el paso; cada tanto se detenía un instante para girar la cabeza, como si quisiera cerciorarse de que la niña aún estuviera detrás de él. Ella sabía lo que eso significaba: él quería llevarla a algún lugar específico. 
Con cada paso, el camino se hacía más difícil de transitar y la vegetación más tupida. La maleza era como una telaraña viva luchando por retener a su presa. Cada vez se filtraba menos la luz del sol por entre las ramas, entrelazadas como un nido de serpiente entre un follaje cada vez más espeso. Pero a Anita no le importaba nada de eso porque un fulgurante ardor en el pecho, de frenéticas palpitaciones, la impulsaba a lanzarse sin mente a la aventura. Parecía estar ocurriendo algo como en los mejores cuentos de hadas. 
El animal se detuvo en seco, se dio la vuelta y le clavó la mirada. Anita sintió de pronto que el tiempo se detenía y los sentidos se le apagaban. Ya no percibía el roce del viento sobre su piel ni podía escuchar los murmullos del bosque. Vio entonces que el mundo a su alrededor dejaba de existir de manera gradual, se difuminaba y se sumía en una profunda y compacta negrura. Lo único que resistió al apagón y se mantuvo visible fue el resplandor de los ojos del animal; tan brillantes, tan relajantes, tan hermosos… 
De repente la criatura empezó a hablarle. No se escuchaba como un sonido proveniente de la boca del can, sino más bien, una voz que provenía del interior de su propia cabeza, como si pudieran conversar con el pensamiento. La voz masculina aflautada y simpática le dijo: 
—Anita, me alegra mucho que hayas decidido acompañarme hasta mi casa, me llamo Bobi. 
¿Qué estaba ocurriendo?, ¿cómo era posible que un perro le hablara y supiera su nombre? 
Antes de que empezara a preguntar el animal le respondió. No solo era capaz de conversar con pensamientos, podía leerlos, aunque no le fueran emitidos. 
—¿Que cómo sé tu nombre? No es la primera vez que nos vemos, ¿no te acuerdas? —susurró con gentileza la voz—. El día que fuiste por las lavazas escuchaste unos ladridos ¿verdad? Ese era yo. Quería jugar contigo. Y al fin me has permitido el gusto de conocerte. Te diré mi secreto. Yo no pertenezco a este mundo, vengo de un hermoso reino mágico lleno de maravillas, como nunca has soñado. Algún día podrás viajar allá, conmigo. Allá te enseñaré a volar como un hada y podrás ver la magia de todas tus fantasías. Podrás hacer los más deliciosos pasteles y los más imponentes castillos. Podrás traerle a tu familia la felicidad absoluta. Pero aún no estás lista para ir. Te daré un regalo para que aprendas música, pues la música es alimento para el espíritu, y si logras dominarla, tu alma estará lista para la gran aventura. Debes comprometerte con eso y debemos ser amiguitos por siempre. ¿Estás de acuerdo?
 Era increíble. Su madre le había contado decenas de historias repletas de hadas y fantasía. Siempre había deseado que pudieran suceder en la realidad, a pesar de las advertencias aguafiestas de su madre: «todo eso son mentiras Anita. Es solo para que te relajes y te quedes dormidita». 
Pero su madre tenía que estar equivocada. En ese momento su sueño se volvía realidad. Estaba experimentando autentica magia. Llena de un incandescente júbilo, y con una sincera y profunda sonrisa infantil, Anita aceptó la tentadora propuesta de Bobi. Al fin y al cabo, era el más adorable perrito que hubiera conocido. Además, era mágico y podía hablar. Nada mejor podría pasar. 
Poco a poco, el manto negro se iluminó y dejó entrever las siluetas de la vegetación. Los sonidos y sensaciones del bosque fueron retornando poco a poco. La criatura desapareció mimetizada entre las sombras que proyectaban los jorobados cedros sobre el suelo, y dejó atrás una pequeña bolsa de tela entre la tierra. La niña se agachó y la abrió con cuidado, adentro había una curiosa ocarina de barro que parecía hecha a mano y tenía la forma de un gracioso rostro canino. Tal vez fue producto de la magia. Tal vez en realidad su alma se estaba alimentando y tenía una mayor perspectiva de las cosas. 
En ese momento, sin necesidad de palabras o de escuchar voces, Anita tuvo la absoluta certeza de que ese instrumento era el sello de su alianza. De una u otra forma, Bobi estaría con ella siempre, mientras lo mantuviera en su poder.

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