El visitante


 Se encaró al espejo de su habitación a la luz de las velas. El cristal reflejaba su delgado cuerpo ceñido por ese body blanco que dejaba expuesta a la vista el nacimiento de los senos. 

Satisfecha, la joven repasó los otros detalles que componían su belleza: cutis blanco como la porcelana, labios rosados, nariz delicada, ojos azules de párpados sombreados bajo delineadas cejas, aretes plateados colgando desde los lóbulos y cabellos rojizos prolijamente peinados. 
Mientras contemplaba su sensual hermosura creyó que su mente le jugaba una mala pasada. De nuevo volvía a ver replicada tras su espalda aquella aparición. 
La silueta, más que espectral, era humanoide: cabeza ovalada, hocico de reptil en lugar de boca, huecos sombreados en vez de ojos, un torso sin carne ni músculos, una piel transparente por la cual traslucían la columna vertebral y las costillas. 
Durante un segundo esa extraña visión emergía, pero tan rápido y fugaz como había surgido, en un parpadeo, el visitante se esfumaba y todo retornaba a la normalidad. Sólo ella y su belleza estaban dentro de esa habitación. 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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