La pandilla sangrienta
El 5 de noviembre de 1831 el cadáver de un adolescente de catorce años fue entregado al King's College de Londres, Escuela de Anatomía. Los cuatro sujetos que lo trasladaron hasta allí habían intentado sin éxito vender ese fiambre a la sección de disecciones del Guy's Hospital londinense, por entonces el más afamado hospicio de la Inglaterra victoriana.
Devenía notorio que aquel difunto nunca había sido sepultado y que su deceso no había ocurrido a raíz de causas naturales, sino debido a un ataque perpetrado con violencia. Por tal razón, bajo el pretexto de salir a buscar cambio para pagarles la suma requerida, el personal de la escuela de anatomía alertó a las autoridades. Un detective y varios agentes acudieron al hospital y llevaron a cabo la aprehensión de los individuos. La ulterior autopsia demostró que el chiquillo había sido ultimado mediante brutales golpes que le fracturaron el cráneo. Pronto se sabría que no se estaba frente a un incidente aislado, sino que los crápulas que trataron de vender el cuerpo de la juvenil víctima eran depredadores que actuaban en forma sistemática.
La pesquisa policial condujo a los investigadores a revisar la casa de John Bishop, quien en apariencia lideraba al equipo de malhechores. Se descubrió ropa enterrada en el solar de su vivienda, sita en Nova Scotia Gardens en el área de Shoreditch, Londres. Entre la vestimenta localizada llamó la atención una gorra que algunos testigos identificaron como perteneciente a Carlo Ferrari, un niño italiano arribado a Inglaterra un par de años antes. El jovencito se ganaba el sustento laborando en las calles como integrante de un grupo de niños que entretenían a los transeúntes con ratones, ardillas y monos enjaulados que, a su vez, alquilaban al casero de la pensión en donde moraban. Dichos conjuntos de chicos pobres a menudo incurrían en delitos menores para sobrevivir, y serían retratados por la pluma magistral de Charles Dickens en su novela Oliver Twist.
Para cuando el episodio se ventiló ante el tribunal de Old Bailey, a principios de diciembre de 1831, uno de los cuatro hombres inicialmente detenidos había sido absuelto. Se trataba del portero Michael Shields, quien justificó desconocer el orígen del cuerpo que, junto con los otros tres patanes, llevó para su venta a la escuela de anatomía. Por lo tanto, únicamente se entabló juicio penal contra John Bishop, Thomas Williams y James May, quienes enfrentaron cargos por la muerte de Carlo Ferrari. A este suceso criminal la prensa lo calificó el de los «London Burkers». Ese mote se les adjudicó en recuerdo de William Burke, ejecutado en el mes de enero de 1829 en Edimburgo, Escocia por asesinar, en compañía de su socio William Hare, a dieciseís personas para enajenar sus cadáveres. A nivel popular a estos rufianes se los tildó «La pandilla sangrienta» y también «La pandilla de Berthan Green» en consideración, este último alias, al distrito del este de Londres del cual los delincuentes procedían.
Aunque se rumoreó que se habían cobrado más presas humanas aparte del adolescente italiano, y en su confesión John Bishop aportó nombres y datos sobre otros asesinados, el trío de canallas únicamente devino procesado por ese incidente en concreto.
La evidencia en contra de la macabra banda se mostraba bastante débil. Básicamente se fundaba en testimonios poco fiables, en el recuerdo de un sombrero que usaba Carlo, en comentarios atribuidos a los delincuentes oídos por casualidad, y en la aparición repentina de una jaula con ratones blancos dentro de la residencia de John Bishop en Nueva Escocia. A pesar de tales carencias probatorias, el jurado encontró culpables a los tres encausados. Como los otros imputados afirmaron que James May era inocente, pues solo habría ido a los jardines de la finca de Nueva Escocia para extraer los dientes del cuerpo del cadáver pero no intervino en el homicidio, la apelación formulada por la defensa de aquel prosperó y no se lo condenó a morir, sino a purgar una pena de cárcel. No obstante, James May falleció en el barco prisión «Justicia», donde cumplía reclusión, antes de ser ordenada su puesta en libertad.
En cuanto al jefe del letal elenco, John Bishop, este admitió su culpa pero sostuvo no haber asesinado a Carlo Ferrari, sino a otro infante que era pastor de ganado en Lincolnshire. Contó que a este chico lo drogaron agregando láudano en su bebida de ron y que, tras ello, él y Thomas Williams lo mataron colgándolo boca abajo dentro de un pozo excavado en la parte trasera de su jardín.
Los criminales Bishops y Williams también se reconocieron responsables de finiquitar, a través de igual modus operandi, a la pordiosera Fanny Pigburn y a otro infante de apellido Cunninham. Asimismo John Bishop declaró haber suministrado a las escuelas de medicina entre quinientos y mil cadáveres profanados de sus sepulcros en los cementerios británicos durante los últimos doce años.
Respecto del homicidio por el cual se los condenó a muerte, en el acta judicial que registró el testimonio del líder de la banda, se consignó:
«Yo, John Bishop, declaro y confieso por la presente que el supuesto niño italiano en realidad era un niño que trabajaba como pastor en Lincolnshire. Williams y yo lo llevamos a mi casa alrededor de las diez y media de la noche del jueves 3 de noviembre de 1831. Encendimos una vela y le dimos pan y queso; después de comer, le dimos una taza llena de ron con media ampolla pequeña de láudano. El niño bebió el contenido de la taza en dos tragos, y luego le dimos un poco de cerveza. Unos diez minutos más tarde se quedó dormido en la silla en la que estaba sentado, y yo lo bajé de la silla al suelo y lo acosté de lado. Luego salimos dejándolo allí. Tomamos un cuarto de ginebra y una pinta de cerveza en un bar cerca de la iglesia de Shoreditch y volvimos a casa, tras haber estado lejos del niño unos veinte minutos. Lo encontramos dormido, tal como lo habíamos dejado. Entonces lo llevamos directamente, dormido e inconsciente al jardín, donde le atamos una cuerda a los pies para poder sacarlo. No se despertó y entonces lo tomé en brazos y lo dejé caer de cabeza al pozo del jardín; mientras Williams sujetaba la soga para evitar que se hundiera demasiado. Estaba casi completamente sumergido en el agua, con los pies apenas por encima de la superficie. Williams sujetó el otro extremo de la cuerda a la empalizada para evitar que el cuerpo quedara fuera de nuestro alcance. El niño forcejeó un poco con los brazos y las piernas dentro del agua, y el agua burbujeó durante un minuto. Esperamos a que se le pasaran los síntomas y luego entramos a la casa. Terminada nuestra faena salimos a pasear por Shoreditch para entretenernos, y en tres cuartos de hora regresamos y lo sacamos del pozo, tirando de él mediante la cuerda atada a sus pies. Lo desnudamos en el patio pavimentado, enrollamos su ropa y la enterramos donde la halló el testigo que la presentó. Llevamos al niño muerto al lavadero, lo acostamos en el suelo y lo cubrimos con una bolsa.»
El 5 de diciembre de 1831, frente a una muchedumbre de entre trescientos y cuatrocientos mil espectadores, los dos victimarios acabaron ejecutados en una horca emplazada en la periferia de la prisión de Newgate. Tras ser descolgados sus cuerpos, fueron entregados al Real Colegio de Cirujanos donde los cirujanos les abrieron el pecho y el estómago. Luego cocieron esas aberturas y trasladaron los cadáveres de ambos ajusticiados para que, en cumplimiento de la sentencia, se practicase su disección en escuelas de medicina; el cuerpo de John Bishop fue dado al King's College y el de Thomas Williams al Great Windmill Street.
La difusión que alcanzó el caso de «La pandilla sangrienta» generó intensa alarma social y resentimiento popular, al dejar de manifiesto los aberrantes extremos a los que algunos inescrupulosos llegaban en su codicia por vender cadáveres frescos con destino a la educación anatómica. Conforme ya aconteciera tres años atrás cuando salieron a luz las tropelías de Burke y Hare en Edimburgo, Escocia, estos nuevos desmanes, ahora cometidos en Inglaterra, pusieron en evidencia que se hacía desaparecer a personas desvalidas con el fin de proporcionar especímenes anatómicos a las escuelas de medicina. La gran publicidad en torno a este asunto criminal acabaría constituyendo la virtual «Gota que colmó el vaso» y dio lugar, al año siguiente, a la aprobación por las Cámaras del Parlamento británico de la Ley de Anatomía de 1832. Esta flamante legislación, andando el tiempo, terminaría con el tétrico negocio de los saqueos de tumbas y con los asesinatos de indigentes para comercializar sus cuerpos.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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