La fiesta del payaso

—¡Nada de payasos! Contrataré a músicos para amenizar tu cumpleaños Jhonie. Mejor aún, haré venir a a la reunión a ese joven que sale en la tele y que imita tan bien a Elvis Presley. Te gusta como canta Elvis, ¿verdad Jhonie?— le insistía Sheila a su pequeño hijo. Pero el niño, que al día siguiente cumpliría sus diez años, la miraba desafiante.
—Quiero que haya payasos en mi cumple, mamá. Por lo menos has que venga uno a la fiesta. Me conformo con que me traigas a un solo payaso.—  rogó Jhonie al borde de las lágrimas.
La mujer se dio por vencida. Desde la primera vez que lo había llevado a ver un circo, el niño deliraba con aquel espectáculo. Le fascinaban los acróbatas, los domadores de animales salvajes, los lanzafuegos, las patinadoras, pero sobre todo adoraba a esos guasones ataviados con colores chillones, con sus caras pintadas de blanco y sus narices coloradas. Sheila se puso a buscar en la guía telefónica a un animador de eventos infantiles que se dedicase a esa rutina. Cuando el chiquillo vio a su madre tomar el teléfono para coordinar el servicio, saltó de alegría.
—¡Gracias mamá! Eres la mejor. 
Sheila era madre soltera y trabajaba como policía de investigaciones en el área criminal. Consentía en todo a su único hijo y, por tolerancia, terminó accediendo a su lloroso pedido. Ella no había tenido nada en contra de aquellos bufones hasta las últimas semanas, en que comenzó a sentirles fobia. Y todo por culpa de ese repulsivo caso en el cual le había tocado intervenir. Aquel psicópata ya dormía tras las rejas y ahora no le haría más daño a nadie. Sin embargo, la mujer policía no lograba despojarse del asco y el miedo provocados por el homicida que se disfrazaba de arlequín. 
De ese sádico llamado John Wayne Gacy.
Nada hacía suponer que aquel ciudadano honesto, agradable, ejemplar, de baja estatura y regordete, que entretenía a los niños huérfanos u hospitalizados camuflándose como un clown —personaje que designó con el sobrenombre de «Pogo»— tenía un costado pavoroso, al extremo de ser hallado responsable de victimar salvajemente a treinta y tres jóvenes. Atraía a sus compañeros de juegos mediante promesas de suministrarles alcohol, trabajo o drogas y, de tal manera, conseguía llevarlos al interior de su negocio.
Una vez allí buscaba la forma de reducirlos, y solía engañarlos fingiendo que les enseñaría trucos de magia para liberarse de grilletes y esposas. Cuando cerraba esos artefactos metálicos en torno a las muñecas de los desprevenidos jovencitos se prevalecía de su estado de indefensión, y procedía a violarlos y torturarlos. En ocasiones se vestía como un bufón y les recitaba pasajes bíblicos mientras los mantenía amarrados. Finalmente, ejecutaba a los cautivos a través de maniobras de estrangulamiento, utilizando sus manos, trapos o corbatas.
La ola de crímenes culminó el 12 de diciembre de 1978 cuando se lo indagó a raíz de la desaparición del adolescente Robert Piest. Se allanó la residencia de John Wayne Gacy, y se requisaron artículos vinculados con otras desapariciones de jóvenes homosexuales. El 22 de diciembre de ese año confesó sus homicidios. 
Sheila participó de los interrogatorios policiales y, aunque simuló entereza frente a sus colegas masculinos, había quedado devastada. Sintió escalofríos cuando oyó al asesino contar cómo había cazado y mutilado a sus víctimas. 
No podía aún borrar de su mente la imagen de ese monstruo disfrazado de clown cometiendo esas atrocidades. Pero por suerte, pensó Sheila, la pesadilla al fin había concluido. Ahora debía tranquilizarse y superar su reciente aversión contra los payasos, sobrevenida por culpa de ese malvado. Debía preparar el festejo de mañana. Todo tenía que salir perfecto para que su chico lo pasara de maravillas, se dijo. 
Al día siguiente el payaso llegó a la fiesta de cumpleaños de Jhonie, y empezó a jugar con los niños. Desde la sala, la dueña de casa alcanzaba a escuchar los fuertes gritos infantiles de emoción. 
Luego de un rato, recibió una llamada telefónica: era el payaso que había contratado, diciendo que se disculpaba y que no podría venir. Alarmada, Sheila corrió hacia el patio trasero para buscar al impostor, pero era demasiado tarde. El médico forense necesitó diez bolsas ese día. Nunca pudieron dar con el responsable.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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