Ladrona y asesina
La víctima de esta antigua historia, Julia Martha Thomas, fue una ex profesora de escuela que había quedado dos veces viuda. Desde la muerte de su segundo esposo en el año 1873, había vivido sola en el número 2 de los edificios Mayfield Cottages sitos en Park Road, Richmond, Inglaterra. Su casa era una villa dúplex construida en piedra con un jardín en el frente y otro en la parte posterior. El área no estaba densamente poblada en esa época, aunque su residencia se hallaba cerca de un pub muy concurrido llamado “El agujero en la pared”, lo cual tornaba más bullicioso y animado a su vecindario. La señora Thomas resultaba una mujer de físico menudo, que vestía con corrección e incluso elegancia, y contaba con alrededor de sesenta y nueve años de edad al momento de su forzado deceso.
Se ha dicho que exhibía un “temperamento excitable” y que era considerada por sus vecinos como excéntrica. Viajaba con frecuencia, dejando a sus amigos y familiares sin noticias sobre su paradero durante semanas o incluso meses. Era miembro de la clase media baja británica y, como tal, no devenía una persona adinerada, pero habitualmente se engalanaba y usaba joyería para dar la impresión de prosperidad. Su deseo por emplear a un sirviente doméstico probablemente tenía mucho que ver tanto con el estatus, como con la practicidad. Sin embargo, poseía la reputación de ser una empleadora severa, y sus hábitos irregulares hicieron que tuviera dificultades para encontrar y retener a sus criados. Antes del año 1879, solo había podido mantener una empleada doméstica durante un breve periodo de tiempo.
La razón por la cual, llegado el año 1879, la distinguida viuda concedió el puesto de doncella personal a una ladrona habitual y ex convicta constituye un misterio.
No obstante, así sucedió y Kate Webster, a la sazón de treinta años, comenzó a trabajar en la mansión de la anciana. Se encargaba del aseo de la finca principal, y como parte de sus obligaciones, además servía una comida diaria a dos adolescentes que le alquilaban a su ama una pequeña casa contigua.
Entre los antecedentes penales de la flamante empleada constaba que había sido aprehendida a los doce años por cometer un hurto agravado en su natal ciudad de Wexford, en diciembre de 1864. Cuando solo contaba con quince años la chica arribó a Inglaterra en 1867 donde siguió delinquiendo. En febrero de 1868 se la volvió a apresar y resultó sentenciada a cumplir cuatro años de servidumbre penal por perpetrar varios hurtos en Liverpool. Fue liberada en enero de 1872 y al poco tiempo de estar suelta retomó la senda del crimen, consumando una serie de hurtos y estafas en compañía de otro delincuente más avezado, su amante Richard Strong, un ratero y timador profesional poseedor de un extenso prontuario penal. Mientras residía en Teddington, la reincidente Kate Webster fue nuevamente detenida, siendo condenada en mayo de 1875 bajo treinta y seís cargos de hurto. Le recayó una sentencia de dieciocho meses que purgó en el presidio de Wandsworth. No mucho después de dejar la prisión, se la arrestó nuevamente bajo la imputación de hurto agravado, y debió cumplir una pena de doce meses de cárcel desde febrero de 1877.
Con semejante curriculum delictivo a cuestas no es de extrañar que la relación de la empleada con su patrona pronto tomase un giro violento. En el curso de una discusión con su sirvienta, a la cual sorprendió robándola, la viuda rodó empujada por las escaleras. Al ver a su ama inconsciente, la criada optó por apretarle el cuello y aporrearle violentamente la cabeza contra el suelo. Después de cometer tal agresión, la joven criminal cogió un hacha y con esa arma remató a la víctima, pegándole repetidamente en el cráneo con el revés del hacha. Consumado el homicidio, y ante la necesidad de deshacerse del cadáver, Webster procedió a desmembrarlo. Inició su faena desnudando el frágil cuerpo y, valiéndose de un cuchillo de caza, una cuchilla y una sierra, lo trozó en múltiples fragmentos.
Separar la cabeza del cuello le dio más trabajo, por lo cual la sirvienta asesina volvió a blandir el hacha, y mediante un fuerte golpe cercenó la testa al ya mutilado cadáver.
Kate no había sido contratada específicamente para fungir de cocinera, pero en el pasado había trabajado en la cocina de un restaurante. A fin de aprovechar los restos, se colocó el delantal de cocinera y puso a hervir la carne de la occisa. A la noche sirvió la improvisada comida a los jovencitos inquilinos de su difunta patrona, como sopa de tocino. Algunos de los trozos corporales de la infortunada anciana, tras haber sido pulcramente empaquetados, terminaron en el río mientras que otros fueron a parar entre las llamas. Pero la chica guardó la grasa, la embotelló y la vendió al restaurante donde había laborado como cocinera, el cual la empleó a modo de aderezo culinario. No obstante, no todo el cadáver de la dama había sido destruido. Varios de sus restos pronto serían hallados y, en vistas de lo evidente de su culpa, Kate Webster fue capturada, condenada a muerte y, luego de un breve juicio, ahorcada.
Esta historia de violencia y codicia abyecta tuvo un tardío epílogo, cuando el cráneo de la víctima apareció ciento treinta y dos años más tarde. En el año 2011, durante las excavaciones para unas reformas edilicias fue localizado un viejo cráneo, el cual, tras la respectiva pericia forense, se estableció que pertenecía a la infortunada Julia Martha Thomas.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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