La bestia de Gévaudan
En la región de Gévaudan en Occitania (Francia) entre los años 1764 y 1767, en pleno reinado de Luís XV, numerosos miembros de la comunidad francesa de Gévaudan –principalmente niños y mujeres- fueron víctimas de los terribles ataques de una criatura desconocida.
Los testimonios de los pocos individuos que lograron sobrevivir a la misma, hablaban de un ser monstruoso, una fiera de grandes dimensiones, garras afiladas y nutrido pelaje oscuro. Tales testimonios variaron en cuanto a la descripción del tamaño y la forma de la extraña criatura a lo largo de los años en esta mantuvo su sangrinaria actividad.
Sus presas humanas, que se contarían por cientos –aunque existe cierta controversia respecto al número real-, mostraban signos de mordiscos. Los cadáveres se recuperaban despedazados, y a veces incluso decapitados, esparcidos por los bosques y en los lechos de los arroyos.
A principios del año 1765 se llevaron a cabo las primeras batidas para cazar a la alimaña, pero estas incursiones no tuvieron éxito, y el victimario continuó sumando nuevas muertes en su haber.
A su vez, por estas fechas el insólito acontecimiento se conoció en la prensa gala, dando orígen a una cobertura de los hechos poco común en el siglo dieciocho para una región rural tan alejada de la capital como resultaba Gévaudan.
Asimismo, las noticias de la incesante e infructuosa búsqueda de aquel animal asesino llegaron hasta la corte francesa de Versailles, la cual decidió tomar cartas en el asunto, y ordenó el envío de emisarios para resolver el grave problema.
Los dos primeros equipos de cazadores mandados a la zona donde se sucedían las muertes fracasaron por completo en su intento por encontrar y destruir a la Bestia de Gévaudan.
Se dispuso entonces la formación de una tercera cuadrilla de tramperos, la cual se esperaba que tuviera éxito, pues devenía más profesional que las dos partidas anteriores y contaba con la expresa venía del monarca francés. Además, entre los hombres que la componían resaltaba, por su fama de experto tirador, Louis Antoine. Este grupo logró matar a muchos lobos tras movilizar a miles de batidores, pero aun así no daban con el engendro culpable de los crímenes. Después de varias batidas, Antoine ultimó a una fiera muy corpulenta, a quien se estimó que constituía la responsable de aquella masacre. Este cazador cobró la recompensa ofrecida, y por un tiempo se llevó la gloria de haber sido el vengador de los pobladores asesinados, tras alegar ante la opinión pública que el lobo que había matado resultaba la verdadera «Bestia de Gévaudan».
Sin embargo, la calma y el alivio de la castigada población rural no duraría demasiado. Meses más tarde volvieron a sucederse ataques fatales contra miembros de esa aldea y de poblados aledaños. La única conclusión posible consistía en que el animal abatido por Antoine solo constituía un lobo sumamente grande, pero sin duda no se trataba de la mortífera alimaña causante de la sangría.
Se tornó evidente pues que el peligro seguía vigente. El implacable engendro continuaba activo y devenía urgente extremar las medidas para terminar con aquella pesadilla.
Así fue que se organizó una cuarta expedición que incluyó a los más destacados cazadores del reino. Las operaciones de este nuevo grupo de cacería comenzaron el 20 de septiembre de 1765 en los bosques de Pommiers (en la margen derecha del río Allier), administración de la abadía real de des Chazes.
Jean Chastel, un renombrado artillero local de Besseyre-Sainte-Marie, fue llamado para integrar ese elenco de tramperos y tiradores. Aunque un aristócrata, el marqués d' Apcher, nominalmente comandaría a los cazadores, todos sabían que Jean Chastel sería el auténtico líder de la expedición.
Según relató una leyenda de la época, mientras iba rumbo a reunirse con los demás expedicionarios, el gran cazador no podía quitar de su mente la cara de una hermosa y asustada muchacha. Días atrás había hablado con ella, tras arribar al pueblo, y quedó prendado por su belleza. Para apaciguar su miedo le aseguró, al igual que hizo con los otros aldeanos, que el espanto terminaría, que las muertes acabarían. Pero había fracasado.
La noche en que se retiró del poblado la bestia llegó hasta allí, y la chica fue una de sus víctimas. Jean Chastel, lleno de frustración y pesadumbre, regresó sobre sus pasos para unirse a la cuadrilla de caza. Descendió de su caballo y, desde la colina observó la iglesia de agudas cúpulas.
Estaba vacía y abandonada, al igual que todas las casas de ese desierto villorrio, del cual sus habitantes habían huido despavoridos. Nuevamente creyó ver materializarse en el horizonte el rostro de la joven, a la que no pudo proteger.
El viento invernal soplaba calando los huesos y el famoso tirador sentía frío, aunque portaba un grueso abrigo y llevaba su sombrero de pico calado hasta las cejas. Bien sabía que la larga daga que aferraba en su mano zurda de poco le serviría frente a aquel letal peligro. Para ello, atados a la montura de su equino, traía sus dos mejores rifles; y su alforja, además de pólvora, contenía decenas de balas de plata que había hecho bendecir por su sacerdote confesor. Y es que necesitaba del auxilio de la religión para poder vencer en aquella empresa. La más difícil de toda su carrera, pues su enemigo esta vez no era una fiera salvaje, sino un demonio del averno con la apariencia de una bestia voraz.
Como un esperpento surgido del mismísimo infierno lo habían descrito aquellos que evitaron convertirse en sus víctimas, y lo vieron. De acuerdo le contaron esos aldeanos, se trataba de un animal enorme, con fauces de filosos colmillos, y sediento de sangre. Pero el rasgo que no podían olvidar, y que los hacía temblar de terror al recordarlo, consistía en esos ojos perversos, de mirada gélida y de rojas pupilas que destellaban en la oscuridad. Un par de ojos malvados que semejaban dos focos que emitían luz roja, resaltando aún más su pelaje negro.
Esa mirada diabólica paralizaba a sus presas humanas, les impedía el escape, y las dejaba inermes frente a sus fatídicas acometidas. Durante las noches de plenilunio la fuerza de aquel monstruo alcanzaba su máximo apogeo, y entonces salía de su guarida en los bosques para cazar y despedazar seres humanos.
Luego de varias incursiones fallidas, un certero disparo de escopeta de Jean Chastel liquidó a la bestia, durante una cacería dirigida por el marqués d' Apcher el 19 de junio de 1767 en la localidad de Sognes d'Auvers. Dado que los ataques mortales cesaron a partir de entonces, se considera hasta el día de hoy que el animal abatido era la verdadera "Bestia de Gévaudan". Se pretendió que el matador del monstruo le disparó con balas de plata bendecidas y, gracias a tal ayuda sobrenatural, pudo exterminar a aquel ser maldito.
# Texto de Gabriel Antonio Pombo


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