La asesina invisible
Julia no podía estar más agradecida con Mary Jane Kelly. No cualquiera se hubiese apiadado de su pobreza invitándola a comer y pernoctar en esa jornada tan fría. Muy noble resultaba la actitud de la inquilina del hostal «La corte del molino» en el distrito de Spitalfield, este de Londres. No cabía dudar que aquella irlandesa de cabello rojizo devenía una buena samaritana; y eso que estaba atrasada en el pago de la renta, y su casero la había amenazado con el deshaucio.
Julia se recostó en el piso de tablas y se arropó con varias mantas. Quedaría libre la única cama disponible, por si su reciente amiga volvía trayendo a un hombre, y debía utilizarla. No se iba a horrorizar si la otra se metía en ese lecho con un tipo, y llevaba a cabo su trabajo; de hecho, Julia también era prostituta pero, a diferencia de Mary Jane, no disponía de un refugio donde atender a su clientela. Además, desde meses atrás aceptaba realizar cualquier labor, por mal paga que estuviera, con tal de no ejercer su oficio en las calles. En ellas acechaba ese monstruo que atacaba a las meretrices, les cortaba el cuello y las abría en canal para extraeles las vísceras. Aquel feroz asesino en serie al cual la prensa apodaba «Jack el Destripador».
Entrada la madrugada, mientras dormía sobre el incómodo jergón, la chica oyó que una voz en susurro la llamaba por su nombre; era la otra joven que abría la puerta y se anunciaba. Sin aún espabilarse del todo, divisó entre las sombras a esa familiar silueta femenina ingresando y, segundos después, oyó los pasos del individuo que la acompañaba. Emergiendo del sopor del sueño apartó las mantas y comenzó a desperezarse; tal vez Mary Jane preferiría que ella saliese del cuarto, para así atender con privacidad al cliente.
Sin embargo Julia no tuvo tiempo de ponerse en pie, ni de formular pregunta alguna. Aferraba algo extraño en la mano aquella mujer que se le aproximaba. Un tenue brillo que rasgaba la oscuridad, y parecía provenir del filo de un cuchillo.
Un par de horas más tarde Kelly y su cómplice masculino culminaron su atroz faena. Habían colocado en la cama a la finada y emprendieron la carnicería. En especial, se aseguraron de desfigurar por completo la faz de la joven traicionada.
El duo de homicidas salió de la pieza y abandonó el hospedaje. En pocos minutos amanecería, y debían esfumarse sin ser advertidos. Instantes más tarde caminaban por una empedrada callejuela bajo la luz de las farolas a gas. Él la abrazaba ciñéndola de un hombro con su mano zurda, en gesto protector. En su diestra empuñaba el cuchillo que acababa de usar. De pronto ella vio venir a la distancia al vecino chismoso, y levantó el índice de su mano derecha para prevenirle que escondiese el arma.
Su compinche siempre cometía esos tontos errores; quedaba en éxtasis tras perpetrar cada crimen, y se descuidaba. Ante el aviso, guardó el puñal dentro de su gabán antes de que ese metiche lograra observarlo. Cuando el viejo se acercó para saludarla y lo vio, cambió de idea y, tragando saliva, cruzó la calzada con paso agitado. Estaba justificado su miedo; el alto y delgado encapuchado que iba con la pelirroja provocaba escalofríos: pálido, ojos hundidos con destellos malévolos, y una torva mueca en su boca. Sus labios parecían demasiado rojos, como si se le escurriera sangre recién bebida, pensó el vecino.
—¡Qué sujeto más raro y siniestro! y ¿Qué hacía Mary Jane junto a ese tipo?— se preguntó.
Por cierto que aquel recio gandul no era Joseph Barnett, el amable cortador de pescado a quien él conocía como pareja habitual de la muchacha. Bien sabía que su vecina se prostituía, pero el encapuchado del abrigo oscuro no tenía pinta de ser uno de sus clientes.
Cuando días después acudió ante la policía a brindar su testimonio, no le creyeron. A la hora en que él aseguraba haberla visto en la mañana del 9 de noviembre de 1888 la mujer estaba muerta, le reprocharon. Tenía que haberse confundido, su visión ya no era buena. Quizás incluso chocheaba, debido a sus muchos años.
—Bueno, posiblemente sí me equivoqué y no era ella, aunque se le parecía mucho. Apenas la miré un momento. La verdad es que el hombre que la acompañaba me causó mala impresión, y me alejé enseguida.— reconoció el testigo.
No bien se retiró de la comisaría, el agente de guardia rompió la hoja que contenía su declaración y, sin ocultar su fastidio, la arrojó a la papelera.
—Viejo idiota que me hizo perder tiempo.— masculló.
El policía no podía saber que, despedazada sobre ese camastro, habían encontrado a la víctima equivocada. Nadie podía imaginar que ese cuerpo irreconocible era el de la pobre Julia. Ofrecerle comida y un sitio para que no pasara a la intemperie bastó para que entrara confiada a la pieza sin sospechar que, una vez que quedase dormida, su pérfida amiga retornaría junto con su socio criminal para asesinarla. Luego ella y el otro acuchillarían con frenesí al cadáver, le extirparían órganos y, sobre todo, se ensañarían con la cara.
El antiguo novio de Kelly, Joseph Barnett, escoltado por dos detectives, contemplaría al día siguiente en la morgue a aquel amasijo de carne, y afirmaría que se trataba de los restos de su querida.
—«La reconocí por los ojos y las orejas.»— testimoniaría en la encuesta judicial.
Pero este joven enamorado vio lo que creyó ver. O tal vez sí intuyó la increíble verdad y comprendió que la masacrada difunta no era su ex concubina, pero prefirió callar y llevarse el secreto a la tumba.
La víctima equivocada no podía ser reconocida; todos tenían que creer que era Mary Jane Kelly, la inquilina de ese cuartucho número 13 en la «Pensión del Molino», la occisa destrozada.
Ese fue el último de aquellos homicidios de prostitutas. Jack el Destripador se desvanecería para siempre sin que su identidad fuese revelada. Nunca sabrían que, en realidad, una pareja de criminales había sido la culpable: ella, la asesina invisible, y él, su perverso secuaz. Dos asesinos, dos dementes.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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