La noche de la mujer lobo

 

En los umbríos bosques polacos del pantanoso lago emergía, durante las noches de luna llena, aquella monstruosa criatura. Los pocos que sin convertirse en sus víctimas la vieron contaron que, aunque tenía forma humana, constituía un engendro del averno. 

Su cuerpo era femenino y sensual, pero tenía una cabeza lobuna de orejas puntiagudas, larga y desgreñada cabellera rubia y fauces sedientas de sangre. El rasgo más distintivo que los testigos temblaban de terror al recordar consistía en esos ojos malvados, de mirada gélida, que parecían focos amarillentos en la penumbra. Aquella mirada diabólica paralizaba a sus presas humanas, les impedía la huida y las dejaba inermes ante sus feroces ataques. 
Una vez consumados sus asesinatos la mujer lobo volvía al pantano, y se escondía entre la arboleda que rodeaba a la laguna. Ningún explorador, ninguno de sus perseguidores, osaba adentrarse más allá de las orillas del pantanal. Aunque iban armados y portaban hachas y antorchas para darle caza, no se atrevían a traspasar ese mágico límite invisible. Cuando emergía desde el bosque ya nadie la asediaba, y entonces regresaba a su vida humana normal. Al amanecer siguiente vestía con sus elegantes ropas, y retornaba a asumir sus quehaceres habituales. 
Nadie, ni sus sirvientes, ni sus vecinos sospechaban de aquella dama que, en las noches de plenilunio, invocaba al Maligno y bebía la pócima maldita que la transformaba en la mujer lobo del pantano. Nunca se supo quien la delató, ni como logró su denunciante convencer a los jueces que ordenaron su arresto. En aquellos tiempos las garantías en los juicios contra humanos convertidos en licántropos o brujas dejaban mucho que desear. Sin embargo luego de su detención ya no ocurrieron otras muertes violentas en esas tierras. 
Así se llegó al 23 de febrero de 1609 cuando el público congregado en la ciudad polaca de Silesia festejó aquella ejecución espeluznante. La condenada era Irenka Kowalski, una próspera hacendada de cuarenta años a la cual se acusaba de haber tomado, mediante un pacto con el diablo, la apariencia de una bestia, y despedazado a varios niños y jóvenes embarazadas. 
Durante el juicio que se le instruyó confesó que practicaba la magia negra desde su adolescencia, y que debido a ello se había vuelto tan rica. Reconoció que el diablo en persona, con quien había hecho un pacto, le había regalado un cinturón mágico. Gracias a esto se transformaba en una loba fuerte y poderosa, con perversos ojos que brillaban como fuego en la oscuridad, y manos de dedos afilados como garras. No obstante, el resto de su cuerpo era el de una fémina atractiva y voluptuosa. 
Admitió que acudía a las orillas del lago durante las noches de luna llena y, después de encomendarse a Satán, salía rumbo al pueblo convertida en la fiera que perpetró los espantosos homicidios que se le atribuían (los de una docena de infantes y de tres chicas embarazadas, a quienes devoró los fetos y el corazón). 
En su proceso penal se dictó sentencia declarando a Irenka culpable de todos los crímenes imputados, y murió ahorcada en la plaza principal de Silesia
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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