La araña y la mosca

Enfundada en su fino vestido rojo y ocultando su hermoso rostro bajo un antifaz la sacerdotisa asistía a su amante, el jefe de la secta satánica, en aquellos rituales impíos. La bella mujer no solo participaba en los rituales de ese culto perverso, sino que disfrutaba captando a desprevenidas víctimas, a las cuales engatusaba con suma astucia.
 ¿Qué muchacha pobre iría a desconfiar de aquella noble dama, que tan bondadosa parecía? 
La sacerdotisa era la araña que atraía a las moscas hacia la red ponzoñosa de la «Orden del Macho Cabrío» liderada por el hombre al cual ella amaba. 
 Esta vez había engañado a una bonita chica que vivía en la indigencia. La hizo narcotizar mientras la transportaban en un carruaje, con la excusa de llevarla hasta una casa de campo. Allí, según le había prometido, se le proporcionaría abundante comida y elegantes prendas, a cambio de realizar labores domésticas. No bien el carruaje arribó a esa finca, en medio del bosque, la jovencita fue recibida por un grupo de sujetos que se hacían pasar por sirvientes. Llamó la atención de la muchacha que en la antesala de aquel chalet no hubiesen muebles. Pero, para despejar sus recelos, aquellos sujetos le aseguraron que el mobiliario había sido retirado de allí y colocado en otra habitación, cuya puerta permanecía cerrada. 
Los falsos sirvientes continuaron dando amable conversación a la joven, hasta que un extraño sopor comenzó a invadirla. A los pocos minutos la droga, que sin saber había consumido mezclada con el agua que el cochero le diera durante el camino, hizo su efecto adormecedor. Entonces, la infortunada pordiosera sintió un súbito mareo y una intensa modorra que nubló su mente. Finalmente cayó desmayada. 
Al comprobar que se hallaba inerme, los secuaces demoníacos la trasladaron a la habitación que no le habían permitido ver y, una vez allí, auparon a la víctima encima del túmulo de sacrificio. 
Cuando el poder del narcótico se diluyó y la joven traicionada recobró la consciencia vio, con horror, el enorme puño del jefe supremo aferrando la daga. El brillante acero descendió contra la garganta, mutilando la vena yugular. Casi no hubo dolor. La larga práctica en degollar del líder satánico hizo que la agredida muriese rápido. Instantes después, la sangre fluyó y llenó el cuenco de oro puesto al pie del maligno altar.
La sacerdotisa una vez más había actuado como la araña que atrapa a una mosca. Muy satisfecha por el exitoso engaño llevado a cabo, recogió el recipiente colmado con la sangre de la chica que acababan de inmolar. Luego de efectuar una reverencia ante la estatua del macho cabrio, que presidía esa ceremonia impía, la asistente satánica sorbió una porción del líquido rojo. Acto seguido, ofreció el cuenco dorado a los demás acólitos de la secta para que todos ellos bebieran en honor de Satanás. 
La primera fase del rito demoníaco estaba consumada. Era hora ya de retirarse del improvisado templo, situado en lo profundo del bosque, para ir hacia la pequeña choza, donde tenían montado el taller.
Una vez dentro de aquel reducto, el jefe diabólico y el fornido lugarteniente de aquel pérfido clan se dieron a la tarea de desmembrar el cuerpo sin vida. De un hachazo separaron la cabeza del tronco y la introdujeron en una cesta. Con pericia, dirigieron el filo de sus cuchillas hacia las articulaciones y trocearon a la difunta. Al rato otros cuatro seguidores llegaron trayendo una litera, y sobre ella apilaron los pedazos de carne, que cubrieron con pieles de animales.
El cuarteto salió cargando sobre sus hombros la litera con su macabro contenido, y se internaron en la espesa arboleda. Debían acudir hacia las barrosas orillas del río a diseminar esos restos humanos, que las corrientes arrastrarían.
El lugarteniente de la secta los acompañó llevando la cesta y, al divisar un escondrijo oculto bajo el ramaje, extrajo la cabeza por los cabellos y la depositó entre unos matorrales.
Corría el año 1888 y, ausente la testa, ningún médico forense podría identificar a la mujer sacrificada. Sus demás fragmentos sí debían ser recuperados. Era preciso que la población británica se estremeciera de horror, que sintiera que la policía no era capaz de protegerla, y que el Asesino del Torso del Támesis continuaba siendo un enigma.
* Nota: Desde 1873 hasta 1889 una secuencia de homicidios atribuida a un criminal anónimo asoló a Inglaterra. Trozos de cadáveres femeninos emergieron en las orillas del rió Támesis. Una hipótesis afirma que eran trasladados desde los bosques aledaños, donde una orden demoníaca ejecutaba a las víctimas. Nunca se capturó a los responsables.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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