Jóven y bonita


Era joven y bonita pero de poco le servía, pues también era pobre y malvivía en el peor distrito de Londres en la Inglaterra victoriana. En los últimos días tres de sus compañeras de oficio habían sido asesinadas. Para colmo de horrores, ese sádico las abría en canal y extraía sus vísceras. 
Escapando del frío del atardecer fue hacia la pensión donde ocasionalmente pernoctaba, aun sabiendo que no podía pagar los cuatro peniques que le cobraban por dejarla pasar la noche. Timothy Donovan, el encargado de la residencia la vio sentada delante del fuego de la chimenea en la espaciosa cocina. Era la 1.45 de la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1888. 
–Ya estás pasada de hora para andar todavía por aquí. ¿No subes a dormir en tu cama? – le inquirió el casero irlandés. 
–No puedo, es que hoy no tengo dinero suficiente– contestó con timbre lastimero la chica. 
–En ese caso, no es posible que te deje quedar en la cocina, ya conoces el reglamento. 
–Bueno lo comprendo, pero por favor no olvides reservarme una cama para más tarde. Conseguiré el dinero como sea. Esta noche no quiero pasarla a la intemperie.
 Salió de la pensión y se dirigió a la calle Hanbury, emplazada en una de las peores zonas del distrito. Sin embargo esa callejuela ruin tenía la ventaja de que las prostitutas jóvenes no acudían hasta allí, sólo las más veteranas y desagradables la frecuentaban. Resultaría fácil y rápido para ella conseguir clientes por aquel lugar. 
No más al llegar creyó que el importe faltante para abonar la cama estaría seguro. Eso siempre y cuando el marinero gordo y sucio, que ya había atendido en otras oportunidades, guardase aún algo de dinero. Como de costumbre, el tipo estaba borracho y ansioso. Ella lo condujo rumbo a aquel patio oscuro. Para ingresar en éste bastaba con empujar la desvencijada valla de madera que hacía las veces de entrada. Una vez dentro hizo su breve faena. Consumado su deseo el beodo dejó caer unas monedas que rebotaron sobre el piso adoquinado, tras lo cual se retiró cerrando la valla y dejándola sola en el interior. 
La joven lo vio marcharse, acomodó su corta falda, y se agachó para recoger las monedas. Las contó apresuradamente; sí, eran cuatro peniques. El tipo era un bruto, pero al menos había cumplido en debida forma con la paga acordada. 
Estaba en la tarea de guardar la mísera ganancia dentro de su corpiño cuando oyó el crujido de la valla al correrse. Dentro del patio casi no se veía nada. Unos destellos de luz pálida se filtraban desde fuera reflejándose contra las baldosas de adoquín sobre las que ella continuaba de rodillas. Por eso no distinguió al hombre que entraba. Solo lo reconoció cuando lo tuvo demasiado cerca. 
—Éres tú, Timothy?— 
No pudo articular más palabras. Tras un espasmo, se llevó las manos al cuello tratando en vano, por acto reflejo, de contener el líquido rojo que lo anegaba. No había visto venir el filo del cuchillo que tan profundo la rasgó. Con la mirada nublada por el dolor, con la sangre manando desde su vena cortada y aún atónita por la sorpresa, perdió la consciencia. 
Luego de que la víctima se desplomó, su atacante fue por el maletín que había puesto sobre el suelo empedrado de ese patio en penumbras. Era hora de usar el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos quirúrgicos. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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