La sombra que delató al asesino

 

Llegaba a su fin el mes de marzo de 1953 y el viudo Frederick Wilson y su adolescente hija Lucy eran los flamantes inquilinos del viejo apartamento de un edificio londinense sito en la calle Rillington Place. El padre estaba enfrascado en las reformas necesarias para volver confortable ese sitio, que tres días atrás les fuera entregado sucio y en completo desorden. El bajo precio del arriendo se compensaba con las refacciones que el arrendatario se comprometía a efectuar, y la labor le venía resultando más ardua de lo imaginado. 

Lo peor de todo era que Lucy, quien al principio se mostrara muy entusiasmada de vivir en ese apartamento, ahora le rogaba que por favor se largasen de allí. El abrupto cambio de opinión de la chica comenzó la noche cuando, vestida con su camisón blanco, se aprontaba para ir a dormir. Entonces dio un vistazo al gran espejo. Le había parecido ver algo extraño reflejarse en él en sus anteriores estadías en la habitación pero, al fijar la mirada, aquella silueta se esfumaba lentamente. Sin embargo en esta ocasión resultó diferente. 
A su frente se proyectaba, en medio de una nube de humo, la forma humana de una espigada joven de rostro pétreo. Lucy, paralizada por el susto, volvió a mirar, y la figura aún se reflejaba en el cristal. La mujer fantasmal seguía inmóvil entre las brumas, pero de pronto alzó un brazo y apuntó con su dedo índice a la pared lateral. La jovencita reunió coraje y giró para observar hacia el sector indicado. Buscó a su alrededor pero no había nadie. Nuevamente contempló el espejo, y el pálido rostro aún se reflejaba, mostrando ahora una mueca de súplica. Segundos después el espectro de la mujer muerta se desvanecía. 
La muchacha salió corriendo de su habitación y gritó pidiendo auxilio a su padre que, en la planta baja, reparaba la derruida sala de estar. Wilson acompañó a su hija y se percató de algo raro en el sitio señalado por la aparición. En vez de una superficie sólida había un hueco oculto tras un empapelado que simulaba ser una pared. Al primer golpe de su martillo el falso muro cedió dejando a la vista un amplio boquete. Estaba muy oscuro. A fin de averiguar qué se hallaba detrás, el hombre se sirvió de una linterna y alumbró un sospechoso bulto envuelto en una sábana. 
El inquilino no necesitó descorrer la tela para adivinar lo que contenía su interior. Su olfato agredido por el fétido olor que de allí procedía se lo anunciaba a las claras: se trataba del cuerpo en avanzado estado de descomposición de una mujer fallecida por estrangulamiento. Y no había sólo un cadáver. Atrás de éste, yacían otros dos cuerpos femeninos finiquitados a través de idéntico procedimiento letal. Un registro posterior localizó -aparte de esos tres- otros dos cadáveres enterrados en el jardín trasero; siendo uno de éstos, el de la esposa del anterior ocupante. 
Puesta a investigar, la policía británica descubriría que aquel individuo había participado en un proceso penal de ribetes sensacionales, aunque no en calidad de acusado sino como testigo. Todos recordaban cómo el joven al cual finalmente se condenó a muerte en ese juicio lo había, a su vez, culpado de ser el verdadero responsable de los homicidios que en aquel tribunal se juzgaban. 
En verdad, el juvenil matrimonio formado por Timothy y Beryl Evans, y su beba de poco más de un año, constituyeron las más patéticas de las víctimas cobradas por John Reginald Christie, el homicida sexual que fingía ser un perfecto caballero inglés del siglo XX. Este sujeto era taciturno, meticuloso, sumamente educado, y estaba formalmente casado. Pero detrás de su decorosa fachada ocultaba un lado siniestro. John Reginald Christie y su esposa Ethel se habían convertido en buenos amigos de sus flamantes vecinos los Evans, quienes se trasladaron a vivir a un apartamento del edificio sito en el número diez de la calle Rillington Place en Londres, donde desde años atrás habitaban los amables señor y señora Christie. La esposa de John Reginald, Ethel Waddington, no tenía hijos y, de hecho, consideraba a la graciosa Geraldine como a una hija propia. 
John Reginald, por su parte, era todo educación y sobriedad, y el joven Timothy -de muy escasa instrucción y capacidad- tenía un gran respeto por sus opiniones y consejos. Esa sería su perdición, pues cuando Beryl quedó embarazada por segunda vez, los Evans le confiaron su preocupación: ¿Cómo podrían hacer para mantener otra boca más, contando sólo con los tan magros ingresos del marido? El sobrio Christie les aportó la solución. Se debía practicar un aborto, y él se ofrecía para llevarlo a cabo en su propia vivienda, ya que cuando estuvo en el ejército habría adquirido los conocimientos médicos precisos al efecto. 
Al atardecer del 8 de noviembre de 1849 cuando Evans vuelve de su trabajo su vecino lo aguarda comunicándole la terrible noticia de que Beryl no soportó la operación. El flamante viudo queda en estado de shock y no sabe qué camino tomar. El aborto resulta ilegal en Inglaterra y le espera una larga estadía en la cárcel por su complicidad. El criminal se vale de esa turbación y le sugiere que se aleje por un tiempo de Londres. Mientras tanto, él se encargará de dar a la niña en adopción. Aturdido, Timothy acepta el consejo y se va de la capital, pero al día siguiente, carcomido por el remordimiento, se presenta ante una comisaría y confiesa haber asesinado a su mujer. Aunque este hombre tenía escasas luces, y estaba bajo la influencia de su macabro vecino, aún hoy no se explica por qué razón se incriminó de tan grave manera.
 Una vez que la policía registró la finca de los Evans localizaron el cadáver de la chica totalmente vestido y con una corbata anudada a su cuello; a su lado yacía el cuerpecito, también estrangulado, de la pequeña Geraldine. Timothy finalmente comprende el fatídico destino que le aguarda y acusa a Christie del intento de aborto fallido y de perpetrar los homicidios.
 En la corte John hace el papel de ciudadano modelo y buen vecino. Informa que el acusado es una persona violenta que con frecuencia le pegaba a su esposa. Se trata de una mentira, pero le creen. Cuando el abogado de Evans recuerda que Christie estuvo años atrás cuatro veces detenido por cometer estafas y hurtos, el fiscal sale en su defensa (John Reginald luchó en la guerra, fue herido por su país y luego trabajó para la policía, con correctos antecedentes) y le pide al jurado que sea clemente: - ¡No se está juzgando a este intachable ciudadano aunque haya tenido algunos problemas con la ley en su pasado! ¡Aquí estamos juzgando a un marido y padre asesino!, les advierte con énfasis. El jurado encontró a Evans culpable y fue condenado a expirar en la horca.
 John Christie había salvado de milagro su pellejo, pero no por eso se corrigió. Antes de ultimar a Beril y a la niña ya había abusado de dos mujeres a las que estranguló. Luego de la injusta condena que provocó el deceso de Evans el verdadero culpable siguió por la senda del crimen. 
El 14 de diciembre de 1952 su esposa Ethel se despertó presa de un fuerte acceso de tos y convulsiones. Su marido fingió ayudarla, pero en vez de ello le apretó el cuello hasta matarla. El cadáver de la señora terminó oculto tras el hueco de la pared, que tiempo más tarde el nuevo inquilino descubrirá junto a los restantes cuerpos. Desorientado, Christie abandona su trabajo y sale a vagar por las calles de Londres. En marzo de 1953 un policía lo detiene cuando miraba con intenciones aparentemente suicidas desde la barandilla del puente Putney. Estaba requerido por los homicidios de Ethel y de las otras féminas cuyos cadáveres se ubicaron en su antigua vivienda. 
En realidad, mientras vagabundeaba sumido en total desorden mental, se cobró otras tres jóvenes víctimas (una vagabunda y dos prostitutas) a las cuales violó y estranguló con saña hasta provocarles el óbito. En total ultimó a siete mujeres entre los años 1943 a 1953. Negó haber victimado también a la niña Geraldine, pero todo indica que en efecto la asesinó. 
El 15 de julio de 1953 fue colgado hasta morir en cumplimiento del mandato dictado por el mismo tribunal que tres años antes había impuesto la máxima sentencia sobre el inocente Timothy Evans. Trascurrida más de una década de estos trágicos sucesos los tribunales británicos exculparon públicamente a este último, y su memoria fue reivindicada. Los grupos abolicionistas de la pena capital tomaron el triste caso de Evans como bandera de lucha contra los peligros e injusticias que esta clase de condena irreparable conlleva. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión