El payaso letal

John Wayne Gacy, destinado a erigirse en uno de los más prolíficos victimarios secuenciales del siglo XX, nació en la ciudad estadounidense de Chicago en el año 1942 en una familia de clase media. Sus padres fueron John Stanley y Marion Gacy. En su niñez fue maltratado por un progenitor alcohólico que solía llamarlo "bobo" y "estúpido". 
A los once años un violento accidente en el cual se golpea la cabeza con un columpio le produce un coágulo cerebral que sólo será descubierto cinco años luego de ese suceso. Con el paso del tiempo se destacará como hombre de negocios e integrará organizaciones de apoyo social. Nada hacía suponer que aquel ciudadano honesto, agradable y ejemplar, de baja estatura y regordete, que entretenía a los niños huérfanos u hospitalizados disfrazándose de payaso -personaje que designó con el sobrenombre de "Pogo"- tenía un costado pavoroso, al extremo tal que sería hallado penalmente responsable de concretar los salvajes homicidios de treinta y tres jóvenes. 
Se graduó de estudios empresariales, y en el año 1968 fungió en calidad de gerente de un restaurante de Iowa. Por ese entonces sufrió su inicial arresto acusado de sodomizar a un empleado y de sobornar a un testigo para que lo favoreciera en la ulterior causa judicial. Alarmada al enterarse de ese delito su esposa -con quien se había casado en 1964- promovió el divorcio.
 Luego de dieciocho meses el futuro victimario serial quedó en liberad condicional aparentemente recuperado y habiendo dado muestras de buen comportamiento. Tras ello, retornó a Chicago donde contrajo segundas nupcias manteniendo oculta su homosexualidad. 
En realidad su doble vida se le volvió cada vez más irrefrenable y salía a cazar invertidos por las zonas de encuentros, tanto en las calles como en bares nocturnos. También abordaba con proposiciones deshonestas a sus propios empleados -había montado una próspera empresa constructora-. 
Atraía a sus compañeros de juegos equívocos mediante promesas de suministrarles alcohol, trabajo o drogas y, de esa manera, consiguía llevarlos al interior de su comercio. Una vez allí buscaba la forma de reducirlos. A tal efecto solía engañarlos fingiendo que les enseñaría trucos de magia para liberarse de grilletes y esposas. Cuando cerraba esos artefactos metálicos en torno a las muñecas de sus desprevenidos compañeros se prevalecía de su estado de indefensión y procedía a violarlos y torturarlos sádicamente. Les recitaba pasajes bíblicos mientras los mantenía amarrados. Finalmente, los asesinaba a través de maniobras de estrangulamiento utilizando a tal fin sus manos, o sirviéndose de trapos o corbatas. 
La ola de crímenes culminó cuando el 12 de diciembre de 1978 el comerciante y payaso devino investigado a causa de la desaparición del adolescente de quince años Robert Piest. La policía obtuvo una orden judicial y allanó su residencia dentro de la cual localizaron diversos artículos vinculados con otras desapariciones de jóvenes homosexuales. 
El 22 de diciembre de ese año terminó por confesar la autoría de sus homicidios. Declaró que su asesinato primerizo databa del año 1972 y aceptó haber dado muerte a treinta y tres jovencitos, señalando la ubicación en donde yacían veintiocho de los cadáveres. Los investigadores rastrearon su propiedad y bajo los tablones del piso encontraron esos restos humanos. La otras cinco víctimas las habría arrojado al río Des Plaines. 
Al cabo de su juicio penal lo hallaron culpable y se le impuso la condena de muerte. Su ejecución se llevó a efecto el 10 de mayo de 1994 en la penitenciaría de Stateville, en Crest Hill, Illinois, a través de una inyección mortal. No expresó remordimiento alguno por sus tenebrosas hazañas y se supo que, a guisa de palabras postreras, le espetó a los guardias que lo conducían rumbo a la sala de ejecución: 
-"¡Bésenme el trasero!. Nunca encontrarán a los demás-". 
Una numerosa multitud se agolpó en las afueras del edificio carcelario dando cima a un espectáculo desagradable. Los concurrentes dieron vítores una vez que supieron que la sentencia se había cumplido. No faltaron los vendedores callejeros que aprovecharon la sórdida ocasión para vender camisetas impresas con el rostro del reo ejecutado, e incluso toscas reproducciones de sus cuadros sobre payasos. 
En el curso de su prolongada estadía en la cárcel John Wayne Gacy se manifestó como un artista en ciernes. Era un pintor aceptable y resaltaban sus óleos con motivos circenses; en especial, figuras de payasos. Estos lo obsesionaban y le valieron los motes de "Payaso Asesino" o "Payaso Letal". Le obsequió una de esas obras pictóricas al eminente criminólogo Robert K. Ressler, quien lo entrevistó durante el mes de mayo de 1992 y escribió sobre él en sus libros. 
El condenado también resultaría objeto de estudio por cuenta de la connotada especialista en psiquiatría criminal Dra. Helen Morrison. A esta profesional le cupo el extraño honor de que las autoridades de la prisión donde el reo pasó su tiempo final le entregaran para su análisis el cerebro del asesino, el cual aún hoy día permanece en su poder dentro de un frasco que contiene líquido conservante. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 

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