La caníbal alemana


Anna Zimmermann abrió los grifos y comenzó a llenar de agua su bañera, mientras se iba lentamente desvistiendo. Cuando el líquido tibio llegó hasta la mitad del recipiente cerró los grifos, fue por el latón donde guardaba la sangre humana y la arrojó dentro. Tocó con la punta de sus dedos el agua, comprobando que la temperatura estaba a su gusto, y seguidamente se introdujo en la bañera. Necesitaba darse un buen baño relajante, y nada relajaba más a esa bonita joven alemana que sentir en su piel el agua tibia mezclada con sangre. Recorrida por un espasmo de placer, recordaba cómo manaba el flujo rojo desde la vena cortada de su amante. La chica había recogido en aquel balde la porción de sangre que ahora acariciaba su piel, sumergida en ese baño tan placentero. Una vez que terminase de consumir los trozos quitados a cuchillo a la víctima debería abocarse a dar caza a otra presa humana. Pero por ahora Anna no se preocupaba por ese detalle, los filetes aún se mantenían muy frescos y sabrosos dentro de su refrigerador; le quedaba bastante carne humana en reserva todavía. Faltaba un par de horas para acudir a su trabajo, y entrecerró los ojos satisfecha, quería disfrutar a pleno de su baño. Como apasionada a los filmes de horror que era, se puso a rememorar las escenas de su película favorita «La condesa sangrienta». 
Anna adoraba esa versión sobre la vida de Erzerbeth Báthory, la noble húngara que, siglos atrás, sumergida en un gran recipiente de porcelana se duchaba con la sangre de sus jóvenes siervas. La parte que más la excitaba era donde los esbirros de aquella malvada introducían a la fuerza a una pobre campesina en el interior de la muñeca metálica. Cuando izaban aquel terrible artefacto a unos metros por encima de la bañera donde reposaba la aristócrata, unos afilados pinchos de hierro se cerraban sobre la desgraciada víctima, que gritaba de dolor mientras su piel se desgarraba. El flujo hemático de la asesinada caía a chorros sobre el blanco cuerpo desnudo de Erzebeth Báthory, que gozaba extasiada al recibir aquella roja lluvia. El propósito que inspiraba a la condesa consistía en lograr, mediante esos sangrientos crímenes, la existencia eterna o, al menos, detener su envejecimiento y conservarse joven y hermosa durante el mayor tiempo posible. 
Anna bien sabía que aquella historia resultaba una mera fantasía, que la sangre humana no tenía tales propiedades mágicas. Sin embargo, le producía un intenso placer remojar su piel en la sangre de quienes había asesinado. A diferencia de lo ocurrido con la antigua asesina húngara, la macabra historia de esta mujer caníbal alemana tuvo lugar en época reciente.
Todo saldría a luz luego de que Josef Wirtz dejó de asistir a su trabajo y desapareciera de su residencia, en el distrito alemán de Moenglad, en enero de 1984. Su casero informó de su ausencia a la policía no porque le preocupase el bienestar del inquilino, sino por su deseo de cobrar la renta impaga y poder disponer del apartamento abandonado.
 La descripción del hombre, puesta en circulación por las autoridades, no dio resultados, y su expediente pasó a engrosar los casos de personas desaparecidas. Allí permaneció hasta el 7 de julio cuando una jovencita tropezó con la cabeza de Wirtz (o lo que los gusanos habían dejado de ella) semioculta entre los setos ornamentales de un jardín. Unas bolsas de plástico cercanas contenían el resto del cuerpo desmembrado o, mejor dicho, el esqueleto. 
Según el reporte del patólogo, se le había quitado la carne con un cuchillo afilado, de los que se usan para trinchar un plato de carne asada. Luego de que los registros odontológicos identificaran positivamente a la víctima como el infortunado arrendatario. los detectives interrogaron al dueño del videoclub, cuyas bolsas de plástico se emplearon para transportar el cadáver hasta el jardín. El videoclub poseía una amplia gama de cintas sobre sexo, sadismo y horror en todas sus modalidades, y parecía plausible que hubiese conexión entre los clientes del videoclub aficionados a esos temas y aquel homicidio.
 Un repaso a la lista de aficionados a los vídeos de terror de la localidad hizo que la atención policial se fijase en Anna Zimmermann de veintiséis años, fanática del terror y amante de Josef Wirtz. Pronto se supo que la mujer era caníbal, pues trozos del occiso aún seguían en su refrigerador aguardando para ser cocinados. 
La señora Zimmermann se mostró muy evasiva cuando se le preguntó sobre el destino su amante, pero su esposo Wilhelm -del cual se hallaba separada- estaba sumamente dispuesto a hablar. El marido había escapado del hogar matrimonial porque no quería acabar convertido en guiso o estofado; pese a lo cual ayudó a su cónyuge a librarse del cuerpo de Wirtz, luego de que este hubiese sido drogado y ahogado en la bañera. 
Anna se valió de un cuchillo y una sierra eléctrica, con los cuales llenó cuatro docenas de bolsas de plástico con filetes de carne y entrañas que guardó en el congelador para devorarlas durante el invierno. Gracias a esa precaución eliminó el cadáver de una forma tan nutritiva como barata.
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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