El intruso de los sueños



 Julia se encaró al espejo de su habitación a la luz de las velas. El cristal reflejaba su delgado cuerpo ceñido por un body blanco que dejaba expuesta a la vista el nacimiento de los senos. 

Satisfecha, la joven repasó los otros detalles que componían su belleza: cutis blanco como la porcelana, labios rosados, nariz delicada, ojos azules de párpados sombreados bajo delineadas cejas, aretes plateados colgando desde los lóbulos y cabellos rojizos prolijamente peinados. 
Mientras contemplaba su sensual hermosura creyó que su mente le jugaba una mala pasada. De nuevo volvía a ver replicada tras su espalda, reproducida en el espejo, aquella aparición. 
La silueta, más que espectral, era humanoide: cabeza ovalada, hocico de reptil en lugar de boca, huecos sombreados en vez de ojos, un torso sin carne ni músculos, y una piel transparente por la cual se traslucían los huesos de las costillas. 
Por unos segundos esa inquietante visión emergía, pero tan rápido y fugaz como había surgido, en un parpadeo, el intruso visitante se esfumaba, y todo retornaba a la normalidad. Solo ella y su belleza estaban dentro de esa habitación. 
Cuando salía de su casa la chica se olvidaba de la curiosa aparición, y se distraía abocada en sus quehaceres habituales. Terminada su jornada laboral, retornaba de la oficina en autobús; excepto aquellos días cuando su compañero Armando se ofrecía a traerla en su automóvil. 
Concluido el viaje, al deternerse el coche en el frente de su vivienda, Julia aguardaba que el joven le pidiera pasar a tomar un té, o la invitará a ir al cine, o a cenar en un restaurante al día siguiente. Pero Armando era muy tímido y no realizaba ningún avance hacía ella, aunque resultase evidente que compartían el mismo deseo de ser algo más que amigos y camaradas de trabajo. 
Ya en su finca, Julia repetía la misma rutina. Encendía el televisor en su sala de estar, y miraba el nuevo capítulo de su telenovela favorita. Al darle apetito, se dirigía a su cocina y preparaba la cena. Finalmente acudía a su habitación rumbo al lecho, para tratar de dormirse lo antes posible. Antes de desvestirse y ponerse el camisón, observaba de reojo hacia el espejo pero, para su alivio, tan solo su imagen se reflejaba en el cristal. Nada fuera de lo común creía ver. Tranquilizada, se introducía entre las sábanas, hasta que una grata modorra la iba ganando. Una vez dormida, su deseado Armando aparecía en las escenas de su ensoñación. En las brumas de su fantasía onírica ambos jóvenes eran una feliz pareja, se amaban, hacían el amor... 
Sin embargo, transcurridas algunas horas, el curso del sueño parecía detenerse, y algo causaba zozobra en la soñadora; Armando ya no se encontraba allí, por más que ella lo buscara no podía volver a verlo. La durmiente hacía un esfuerzo por despertar, pero no lo conseguía. Una extraña parálisis la inmovilizaba contra el colchón, sus músculos no respondían. Unas escenas grotescas invadían ahora su mente dormida. Aquel mundo onírico ya no era placentero. A lo largo de varios minutos, tal vez incluso por unas horas, se extendía aquella incómoda sensación nocturna. 
Con la llegada de la luz del alba, la joven finalmente se despertaba. Sin embargo, nunca lograba recordar qué cosas sonó durante ese lapso vacío. La sensación de que una fuerza exterior había vencido a su libre albedrío se mantenía muy vívida por un rato, tras haberse despertado. Más tarde, Julia reordenaba sus pensamientos, y regresaba a su existencia normal en el mundo real de la vigilia.
Mal podría saber, y siquiera adivinar ella, que durante su sueño nocturno había sido poseída. Había sido esclava de esa malévola presencia que la acechaba, y a la cual en raros momentos lograba descubrir reflejada en el cristal. 
El intruso de los sueños había cumplido su propósito, y doblegado la voluntad de Julia en las penumbras. Mientras dormía por las noches, cuando entraba en la fase del sueño más profundo, el intruso la visitaba. Y ocurría que el siniestro ser que ella veía en su espejo, y la seducía durante su sueño profundo, era un íncubo.

Un íncubo, conforme pretende la demonología, es un espíritu de varón que durante la noche acecha el sueño de las féminas. Su propósito radica en succionar la energía vital de la durmiente y, en algunos casos incluso, poseerla carnalmente. Aunque hay culturas donde se les considera entidades muy seductoras y atractivas, también son representados como seres de apariencia monstruosa o grotesca, cuerpo negro y peludo, rostro deforme, e inmensos ojos de mirada hipnótica. Su mayor ansia consiste en consumar el coito con la mujer mientras ésta se halla disfrutando de un sueño erótico. 

La durmiente cree estar teniendo intimidad con el varón al cual secretamente desea en su vida real, y es en ese momento cuando el ente maligno aprovecha para tenerla a su merced. Las jóvenes inocentes y bonitas, que aún conservan su virginidad, constituyen la presa más codiciada por estos espectros habitantes del mundo onírico. 
 Se trata de sátiros del inframundo que necesitan, con urgencia irrefrenable, nutrirse con el vigor sexual de sus víctimas. Una vez que, tras la agresión nocturna la mujer queda inerme, el engendro copula con ella y la embaraza. Consumado el acto pervertido, la chica dará a luz a un bebé diabólico, que pasará a engrosar las filas del tenebroso linaje de los íncubos.  
* Texto de Gabriel Antonio Pombo. 
 







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