Peter William Sutcliffe fue un asesino serial del siglo veinte, cuya feroz actividad criminal hizo a los ingleses rememorar horribles crímenes perpetrados en Inglaterra a fines del siglo diecinueve. Muy altos y claros atronaron los ecos del recuerdo impreso por las pérfidas andanzas de Jack el Destripador, trayendo a la memoria colectiva de la ciudadanía británica lúgubres reminiscencias, cuando durante el transcurso de la década de mil novecientos setenta se supo de la existencia de un victimario que, al igual que su notable antecesor, se caracterizó por mutilar encarnizadamente a aquellas féminas que finiquitaba —preferentemente a prostitutas— y cuyas despiadadas hazañas mantuvieron durante varios años en vilo a la población del Reino Unido.
La prensa tildó a dicho ejecutor con el seudónimo de “Destripador de Yorkshire” atendiendo al modus operandi homicida del cual se valía, y en honor a la ciudad inglesa donde desplegaba sus fatídicas agresiones.
Este destripador de mujeres pretendió ser legalmente inimputable y haber llevado a cabo sus crímenes forzado por órdenes de entidades superiores. Al menos esa fue la versión que brindó a los psiquiatras que lo examinaron luego de que fuese apresado. Les aseguró que, mientras trabajaba como enterrador en el cementerio de su natal pueblo de Bingley –población rural situada al norte de Londres-, fue que unas voces sobrenaturales poseyeron su voluntad, y a partir de entonces se vio obligado a asesinar. Según su historia, un anochecer de luna llena, cuando ejercía su fúnebre labor, oyó la voz de ultratumba por primera vez. Al oir ese extraño eco gutural se puso nervioso, y dejó caer de súbito la pala con la cual venía cavando un hoyo para introducir en tierra santa el ataúd que yacía a sus pies. Contó que, ya sumamente asustado, se puso a buscar por los alrededores intentando identificar la procedencia del cada vez más insistente sonido.
El ser que lo llamaba le hablaba en tono suave, gentil y persuasivo. No le impartía mandatos ni amenazas; solo le formulaba sugerencias. Peter Sutclife afirmó que entonces siguió el eco para localizar desde donde provenía el macabro ruido y, a tal fin, caminó hasta la vetusta tumba cubierta de maleza de un hombre polaco fallecido muchos años atrás. Contempló durante varios minutos el gran crucifijo grabado en la lápida. Al rato volvió a escuchar aquella voz que lo invocaba. Miró en su entorno, pero no había nadie.
Sin duda el sonido surgía desde la tumba que estaba ante sí. Al principio se trataba de un murmullo, de frases sin conexión ni sentido. Pero posteriormente, la resonancia se habría tornado más nítida y él llegó a comprender perfectamente lo que ocurría: ahora aquella voz le daba órdenes.
Esa noche de plenilunio el sepulturero regresó a su casa embelesado por aquella experiencia que consideró casi religiosa. Definió a los ruidos que retumbaron dentro de su interior como “la voz de Dios”. Contó que, en ese momento, comenzó a llover y subió hasta la cima de una ladera por escalones de piedra desde donde vio todo el valle. Allí se sintió embriagado por un estado de profundo éxtasis que nunca antes había experimentado.
El sujeto pensaba que era un elegido. Al transcurrir los meses la voz, que al inicio era amable y reconfortante, le sugirió que debía volverse violento. La voz de ultratumba ahora le mandaba a que saliera a exterminar a aquellas mujeres impuras que esparcían el mal en la sociedad.
Una prostituta le había escamoteado unos dólares sin proporcionarle el correspondiente servicio y, además, se burló de él en la taberna del pueblo delante de sus amigos. El ahora mesiánico Peter Sutclife no podía pasar por alto tamaña afrenta.
Animado por la “voz”, concluyó que su misión terrenal consistía en liquidar a todas las rameras posibles porque esas desvergonzadas eran las responsables de la mayoría de las lacras sociales. Pese a haber proclamado que únicamente deseaba eliminar prostitutas para librar al mundo de la corrupción no vaciló en ultimar a mujeres que claramente no ejercían esa profesión. Bastaba que éstas le despertasen su deseo de agredirlas y matarlas. Tal fue el caso de Upadhya Bandara, joven médica oriunda de Singapur que se hallaba de paso por Inglaterra gozando de una beca. Tampoco se justificó que victimase a Jayne Mc Donald, chica de dieciséis años empleada de una tienda, ni a Bárbara Leach, distinguida estudiante de la universidad de Bradford. Esto induce a suponer que el matador de mujeres no fue del todo sincero al atribuir la culpa de sus actos delictivos a la historia del cementerio y de la voz que le impartía órdenes.
Más que por su trastorno cerebral y por su carácter de asesino imbuido de una psicopática misión, el motor impulsor de estos crímenes lo constituyó la cerril misoginia que padecía este cruel ejecutor. Pese a que tenía problemas psíquicos por cierto que no estaba loco, sino que era un psicópata cruel y calculador. El Destripador de Yorkshire dejó traslucir suma astucia antes y después de consumar los actos delictivos. Aunque eran brutales, sus ataques iban precedidos por un minucioso estudio del terreno, y sabía cómo escapar luego de haber ejecutado cada acometida. Siempre portaba consigo las armas letales, detalle muy significativo que da cuenta de planificada organización a la hora de llevar a término sus mortíferos desmanes.
Tan cauto —y paradójicamente cerebral— demostró ser este depredador, que su aprehensión finalmente sería debida tan solo a la buena suerte de la policía. El 2 de enero de 1981 dos agentes del sur de Yorkshire detectaron por casualidad un vehículo que estaba sospechosamente mal aparcado a la entrada de una carretera privada. Dentro del rodado estaba el asesino, y se preparaba para segar una nueva vida en la persona de la meretriz sentada a su lado. El sargento Bob Ring y el agente Robert Hides se apersonaron entablando una charla de rutina con el conductor. Al chequear las placas del automóvil descubrieron que las visibles habían sido adosadas torpemente encima de otras chapas legítimas, en clara señal de que el vehículo era robado.
Antes de ser puesto bajo arresto el infractor logró desembarazarse de las herramientas con que pensaba ultimar a la mujer, arrojándolas sobre una pila de hojas. Una vez en la comisaría otras pruebas incriminarían al detenido. Allí podía apreciarse el retrato robot del destripador de Yorkshire, y sus sorprendidos captores advirtieron el gran parecido entre esa imagen y el rostro del hombre al que habían detenido por el muy menor delito de hurto. No versarían respecto al robo de un coche las preguntas que comenzaron a formularle los investigadores, sino por su autoría en múltiples homicidios. El detenido cayó en gruesas contradicciones. Tras un maratónico interrogatorio que insumió dieciséis horas el psicópata confesó de plano, aportando serenamente los detalles de sus sádicas andanzas.
Parece muy discutible que este individuo fuera un enajenado legalmente inimputable, pese a lo mucho que se esforzó por hacerse pasar por loco. Era demasiado perfecto el grado de organización de sus crímenes que lo mantuvo impune durante casi diez años, y por ello en primera instancia la corte lo sentenció a cadena perpetua bajo el cargo de trece homicidios comprobados. Los médicos terminaron desechando su versión de la voz de ultratumaba que poseía su voluntad y le forzaba a asesinar. La justicia británica le impuso purgar pena de reclusión en un presidio de alta seguridad desde mayo del año 1981. Sin embargo, Peter Sutclife nada más estuvo encarcelado allí durante un año y cuatro meses.
Aunque no lo consideraron demente los médicos psiquiatras lo examinaron nuevamente y concluyeron que si bien estaba consciente cuando cometía sus fechorías, debía ser recluído en un instituto para enfermos mentales.
Previamente había sido encerrado en la prisión de Parkhursty, pero tiempo más tarde fue transferido al hospital inglés de Broadmoor, donde permaneció internado hasta su fallecimiento.
Para la integridad física de este maníaco asesino ciertamente devino una bendición su traslado al hospicio de Broadmoor porque en la cárcel de Parkhursty su vida corría grave peligro. La más seria de las agresiones —donde estuvo al borde de perder un ojo— la sufrió a manos de dos indignados compañeros de celda, quienes lo apalearon con saña provocándole heridas en su cabeza y su rostro.
La razón de su definitiva internación, y de su previo encarcelamiento, serían sus salvajes crímenes, y el grave peligro que implicaba para la ciudadanía que un sujeto tan despiadado volviese a estar en libertad.
Para concretar sus letales desmanes Peter Sutclife se valía de un arsenal de armas improvisadas muy dispar. Acometía tanto con martillos y cuchillos como con sierras metálicas. No obstante, su arma letal favorita consistía en destornilladores, cuyas puntas afilaba para blandirlos a manera de puñales. Su encarnizamiento con las mujeres que agredía resultaba tan tremendo que en una de las autopsias los forenses llegaron a contar cincuenta y dos puñaladas en el cadáver de turno.
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
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