El asesino menos pensado
Theodore Robert Bundy, quien pasaría a la galería de asesinos sexuales como “Ted Bundy”, vino al mundo el 24 de noviembre de 1946 en una clínica para madres solteras donde residía su progenitora. Tras su nacimiento su madre lo trasladó a la casa de sus abuelos donde fingieron que el vástago en realidad era hijo de su abuela.
La chica que lo había concebido se hizo pasar por su hermana mayor para, mediante ese subterfugio, esquivar la vergüenza de admitir que ese bebé era fruto del desliz de una madre soltera.
Recién cuando el pequeño contaba con cuatro años la autora de sus días aceptó su maternidad y se trasladó con éste a la localidad de Tacoma, Washington, donde fue a vivir con unos parientes lejanos.
El niño nunca comprendió la razón de aquel cambio y no perdonó a su madre que le alejara de su abuelo al cual mucho respetaba y quería.
La mujer se casó y a partir de entonces el menor adoptó el apellido de su padrastro, un cocinero del ejército llamado Johnie Culpepper Bundy. Aunque el chico no mantenía buena relación con aquel hombre, el matrimonio de su madre prosperó y nacieron de él cuatro niños, a quienes el futuro homicida cuidaba después de salir de la escuela.
Ted Bundy fue un excelente estudiante que sacaba elevadas calificaciones en todas las materias. Incluso, obtuvo una beca para estudiar chino. El primer amor del jovencito resultó Stephanie Brooks, millonaria a la cual conoció en una pista de patinaje sobre hielo. Vivieron un fugaz idilio amoroso que rápidamente se frustró porque la chica no le veía porvenir a su novio y rompió el compromiso.
Ted nunca pudo aceptar este desaire. La muchacha seguía escribiendo largas cartas, ante la insistencia de su enamorado, pero siempre le dejaba claro que no estaba dispuesta a reanudar la relación sentimental. Se especuló que la frustración causada por esa negativa sacó a luz la psicopatía que potencialmente lo aquejaba. En 1969 descubrió que lo habían engañado durante toda su vida. Su hermana era su madre, y aquellos que él creía que eran sus padres en realidad eran sus abuelos. Su temperamento sufrió un drástico cambio emocional y de la timidez pasó a mostrar esporádicos pero virulentos arranques de mal genio.
Conoce a Meg Sanders, una secretaria divorciada quien consideró que Ted podría ser un perfecto padre para su pequeño hijo.
El vínculo afectivo duró cinco años pero el joven seguía pensando en Stephanie, única mujer a la cual verdaderamente amó. Desde aquellos días hasta al año 1972 intentó hallar un espacio en el ámbito laboral. Trabajó sucesivamente para un bufete de abogados, en la campaña política de un senador republicano, y en una clínica.
En 1973, durante un viaje de negocios a California se reencuentra con su viejo amor.
La chica aprecia el cambio que cree ver en Ted y el esperanzador futuro que ahora éste aparenta tener. Vuelven a convivir y pasan un apasionado invierno prodigándose recíprocas muestras de cariño. De improviso, y sin mediar motivos razonables, el novio comienza a tornarse frío y despectivo con su pareja.
En febrero de 1974 la abandona sin darle explicaciones culminando de esa manera su revancha. Dio la impresión de que todos aquellos años de estudios brillantes y de trabajos promisorios únicamente habían tenido por propósito incitar a Stephanie a volver con él para luego poder vengarse por su anterior rechazo.
Cuando aún estaba conviviendo con su novia, Bundy asesinó a una adolescente de quince años a la cual encontró haciendo auto stop. Le cortó la garganta mientras la sodomizaba.
El 4 de enero de 1974 agrede brutalmente a Joni Lenz a la cual le introdujo la barra de una cama en la vagina. Pese a la gravedad de las heridas recibidas la agredida sobrevivió, constituyéndose así en la única víctima de esos ataques que no pereció ante la furia vesánica del maníaco sexual.
Durante ese verano desaparecen siete estudiantes de las universidades de Utah, Oregón y Washington. La policía advierte un patrón de conducta homicida. Todas eran chicas blancas de melena negra peinada con raya al medio.
En agosto de ese año, los detectives hallan los fragmentos de cinco huesos de pierna, dos cráneos y un trozo de quijada. Intensas pericias forenses permitieron reconocer que los restos óseos pertenecían a las jóvenes Janice Ott y Denise Naslund desaparecidas el 14 de julio.
Varios testigos comentaron haber visto a Janice ayudando a un hombre que llevaba su brazo enyesado y que le pidió auxilio para cargar unos trastos en su bote. A Denise también la vieron poniendo unos trastos en la embarcación de un atractivo joven. Se verificaron historias semejantes en las universidades donde concurrían las otras víctimas. Se comentó que las estudiantes fueron observadas mientras colaboraban con un caballero que portaba una prótesis en su pierna, y al cual se le habían caído los libros que trabajosamente llevaba consigo.
Otros declarantes señalaron haber contemplado a víctimas auxiliando a un sujeto que se había quedado sin combustible en su coche.
El 18 de octubre de 1974 el cadáver de una chica de diecisiete años es hallado tras haber sido estrangulada, sodomizada y violada. Era hija de un agente de la policía de Utah.
La prensa ventila los crímenes informando que se trata de la secuencia debida a un mismo homicida. La población norteamericana queda sumida en el miedo por el grave peligro que acecha a sus féminas. Se efectúa un retrato robot diseñando la posible fisonomía del criminal en base a los relatos testimoniales. Ese dibujo sale publicado en los periódicos. Un amigo de Meg Sander, antigua pareja de Ted, lo reconoce y le confía su descubrimiento a la mujer, la cual rechaza la posibilidad de que su gentil ex novio pudiera ser el temido delincuente.
A finales de 1974 se le comunica a la policía respecto de tales sospechas, pero no se le da importancia y se archiva la denuncia. El acusado era una persona respetable en la comunidad, y pensaron que mejor era concentrarse en otros candidatos que por su baja clase social y malos antecedentes parecían contar con más probabilidades de ser el autor de la secuencia de asesinatos.
El 8 de noviembre de 1974 el depredador comete un error garrafal. Se presenta ante Carol DaRonch, de dieciocho años, alegando ser un oficial de policía de apellido Roseland. Le afirma que descubrió a alguien tratando de robar su coche y le pide que lo acompañe para verificar si no le han sustraído algo del mismo. Ella aseguró que su automóvil estaba intacto, ante lo cual él insistió en que debía acompañarlo hasta la comisaría local para registrar una declaración. Ese argumento determina que ella suba al coche del presunto policía, aunque pronto advierte que el conductor toma rumbo en dirección contraria. Nerviosa, la muchacha le requiere identificación al supuesto agente, ante lo cual éste le enseña, con un gesto rápido, una tarjeta de crédito. Antes de que la víctima pueda percatarse del engaño el falso policía frena abruptamente el rodado tratando, acto seguido, de esposarla. Ella se resiste y se produce un forcejeo. Para librarse, la mujer le asesta a su atacante un fuerte golpe en los genitales, tras lo cual logra abrir la puerta del vehículo y escapa corriendo. Grita desesperada pidiendo auxilio y una pareja que transitaba en automóvil acude en su socorro. La trasladan en estado de histeria hasta la seccional policial más próxima donde relata el intento de secuestro. Minutos después, una patrulla sale a la caza del ofensor y revisan la zona sin éxito.
Este fracaso pareció volver más descuidado al matador, cuyas ansias de sangre necesitaban ensañarse con nuevas víctimas. Intentó repetir el truco que le había dado frutos en el pasado. Pero Jean Graham —a quien le solicitó le ayudase a subir trastos a su coche— tenía una cita y estaba atrasada, por lo que no le prestó atención. Cuando tiempo más tarde se enteró que había estado frente a frente con un salvaje psicópata, que se valía de aquella treta para asesinar a las buenas samaritanas, la atónita joven no podía dar crédito a la suerte que tuvo aquel día.
Cada vez más perturbado ante la falta de presas humanas Bundy modifica su modus operandi.
El 12 de enero de 1975 Caryn Campbell junto a su esposo y dos hijos gozaban de unos distendidos días de vacaciones en un hotel. Su marido y sus niños la aguardaron en el vestíbulo pero ella nunca acudió. No se supo cómo el criminal —que esa vez no lucía su falsa escayola en una pierna o en un brazo— logró convencer a la esposa para que lo siguiera. Lo cierto fue que un mes después unos trabajadores ubicaron su cadáver en la ladera de una montaña. Había sido estrangulada, golpeada y violada igual que las anteriores.
La policía peinó a fondo la región del hallazgo valiéndose de perros sabuesos.
Casi de inmediato hallaron el cuerpo en avanzado estado de descomposición de Susan Rancourt, una muchacha desaparecida el anterior verano. Siguieron buscando, y sus rastreos los condujeron a localizar un cadáver más irreconocible aún: el de Linda Healy, la primera desaparecida de aquella siniestra serie.
Los restos mortales de juveniles mujeres continuaban apareciendo sin que hubiera pistas que condujeran a la detención del responsable, el cual seguía matando. En Colorado se encontraron otros cinco cuerpos femeninos más. Todas las víctimas fueron aporreadas con una barra de hierro y torturadas morbosamente antes de morir.
El sadismo y la brutalidad exhibidos en los ataques de este sexópata nos enfrentan ante uno de los ultimadores seriales más despreciables. Por ello, no se comprende que un sector de la prensa se haya limitado a presentarlo como un hombre seductor, inteligente y atractivo, e incluso llegara a poner en entredicho la razón y justicia de su condena a la pena máxima. Pese a tanta barrabasada, y a los errores producidos por la compulsión de violar y asesinar —que lo tornó más descuidado a medida que continuaba con sus asaltos— la captura del criminal sólo se lograría gracias a la casualidad.
El 16 de agosto de 1975, en el curso de una comprobación vehicular de rutina, unos agentes de tránsito hicieron señas para que se detuviese el automóvil conducido a alta velocidad por el victimario múltiple. En vez de frenar el conductor aceleró aún más su marcha, y los policías lo persiguieron en su patrulla hasta darle caza.
Los documentos del automóvil estaban en regla, pero bajo el asiento delantero se descubrieron ciertos elementos sospechosos que, sin duda, fueron los que justificaron el intento de fuga ensayado por el ahora detenido, a saber: una barra de hierro, una máscara de esquí, una cuerda y un grueso rollo de alambre.
Creyeron que era un ladrón y lo llevaron esposado a la comisaría. No obstante, tras un chequeo más minucioso se comprobó que el vehículo coincidía con la descripción aportada por Carol DaRonch. Tras esa verificación, y como tampoco supo explicar las razones de su desacato ante la orden de aparcar su rodado, se acusó formalmente a Ted Bundy como responsable de haber pretendido secuestrar a aquella chica.
El 2 de octubre se practicó una ronda policial para identificar al supuesto atacante, y allí el detenido fue expuesto junto con otras cuatro personas a fin de que éstas lo observasen a través de una mirilla. A este procedimiento acudió, además de DaRonch, la joven Jean Graham y un amigo de Debby Kent —una de las víctimas— quien había visto por última vez a su amiga acompañada por un desconocido. Los tres testigos concordaron en que se trataba de Bundy. Al fin se había atrapado al tan buscado victimario serial que mantuvo en vilo a las fuerzas del orden y a la ciudadanía.
Él siguió negando sus crímenes y aseguraba que todo aquello resultaba ser una terrible equivocación. Como había estudiado derecho se defendía con suma destreza y soltura verbal frente a las acusaciones.
Su suerte quedó sellada cuando un odontólogo forense presentó la prueba decisiva. Su dentadura casaba perfectamente con las marcas de los brutales mordiscos que el agresor dejaba impresos en la piel de las mujeres.
Lo condenaron a la pena capital como responsable de catorce homicidios especialmente agravados.
En la cárcel trató de diferir al máximo la fecha de su ejecución. Pretendió haber perpetrado más cantidad de asesinatos, inventando detalles y aportando datos inconexos para así ganar tiempo con las reconstrucciones y búsquedas.
Llegó al colmo de proponer ayudar a las autoridades a capturar a otros victimarios, aprovechando que por aquel entonces hacía estragos el caso de “los crímenes del río verde” —otra secuencia de muertes violentas que tuvo por objeto a prostitutas—.
A los psiquiatras que lo examinaron durante su confinamiento les afirmó que mataba porque las víctimas le recordaban a su antigua novia y que la razón de sus ataques consistía en el deseo de vengarse de su madre. Se lo dictaminó como esquizofrénico y el 24 de enero de 1989 murió ejecutado en la silla eléctrica.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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