El asesino de Rillington Place

 

John Reginald Christie aparentaba ser un típico caballero inglés. Era taciturno, trabajador, meticuloso, muy educado, y estaba formalmente casado. Pero su decorosa fachada escondía una personalidad siniestra y estremecedora.

Llegaba a su fin el mes de marzo del año 1953 y el flamante arrendatario de un edificio londinense sito en Rillington Place se hallaba enfrascado en las reformas necesarias para volver confortable el apartamento que tres días antes le fuera entregado sucio y sumido en completo desorden. El bajo precio del arriendo se compensaba con las mejoras que el inquilino se comprometía a efectuar. Sin embargo, la tarea le venía resultando más ardua de lo imaginado.

Se propuso hacer unos orificios para fijar clavos sobre la pared de la cocina con el propósito de empotrar allí una alacena. Martillo y cincel en mano se volcó a la tarea. Al primer golpe el falso muro cedió dejando al descubierto un amplio boquete. En lugar de una superficie sólida había un hueco oculto tras un empapelado. Fastidiado por lo que creyó era una torpe treta del dueño para hacerle creer que la finca no estaba tan desastrosa, arrancó de un tirón el papel para ver lo que había del otro lado.

Estaba muy oscuro, por lo que se valió de una linterna con cuyo haz lumínico enfocó un extraño bulto envuelto en una sábana. El aterrado inquilino no necesitó siquiera descorrer la tela para adivinar lo que contenía su interior. Su olfato agredido por el fétido olor que de allí procedía lo delataba a las claras. Era el cadáver de una mujer fallecida mediante estrangulamiento. Pero no había uno solo. Detrás de este yacían otros dos cuerpos femeninos finiquitados a través de idéntico procedimiento letal.

En un registro posterior se detectaron —aparte de los tres cadáveres del hueco de la cocina— otros dos cuerpos sepultados en el jardín, y el cadáver de la esposa del anterior ocupante de ese apartamento del edificio número 10 de Rillington Place 

Puestos a investigar, los policías supieron que el inquilino culpable de los homicidios descubiertos había participado en un proceso penal de ribete sensacional, aunque no en condición de acusado sino como testigo. Y es que el hombre al cual en ese juicio se condenó a muerte aseguró que aquel sujeto había sido el auténtico responsable de los dos asesinatos que en aquella corte se juzgaban, pero por desgracia el jurado no le creyó, y el verdadero asesino quedó impune y libre para seguir matando.

El impune asesino en cuestión era John Reginald Christie, y había nacido el 8 de abril de 1898 en la ciudad de Halifax, Inglaterra. Su infancia, a diferencia de la vivida por otros homicidas seriales, fue normal y —hasta podría decirse— feliz. Su padre era severo pero responsable, y el pequeño John se crió bajo el cuidado de una madre que lo adoraba y de seis hermanos con quienes mantenía una armoniosa convivencia en el seno de un hogar donde se inculcaba a los niños nobles valores.

Fue un buen estudiante y en su adolescencia se alistó en los “Boy Scout”. De esta época surgen sus primeros problemas, pues resulta objeto de burlas a cargo de sus compañeros cuando se descubre que es sexualmente impotente.

A sus diecisiete años incurrió en su primer delito. Fue sorprendido robando dinero mientras trabajaba como oficinista para la gendarmería local. Después de ese incidente su progenitor lo expulsó del hogar. A los dieciocho años es reclutado para luchar en la Primera Guerra Mundial donde deviene herido en combate por un ataque alemán con gas mostaza, tras lo cual el gobierno británico le asignó una pensión por invalidez parcial.

En mayo de 1920 contrajo enlace con Ethel Waddington. Después, sus actividades delictivas lo hacen acreedor a sufrir estadías en la cárcel por períodos breves. Insiste en el delito, y la comisión de reiteradas estafas y hurtos de dinero determinan que en el año 1924 deba purgar varios meses de reclusión.

No se regeneró sino que continuó delinquiendo. Avergonzada por la conducta de su marido su cónyuge lo abandonó en 1929. Desde la prisión Christie le escribe a su mujer rogándole que regrese, asegurando que en adelante cambiará de vida. Ella acepta y se reanuda la convivencia al salir el hombre de la cárcel.

En 1938, con cuarenta años, se mudó junto con su pareja al edificio emplazado en el número 10 de Rillington Place. A partir de 1939, y valiéndose de sus antiguos contactos en el ejército, consiguió un cargo como policía especial. En agosto de 1943, mientras indagaba un caso de robo contactó a su víctima inicial, Ruth Fuerst, una prostituta de diecisiete años.

Aprovechando la ausencia de Ethel invitó a la chica a su finca y, después de beber el té, se abalanzó sobre ella estrangulándola. La dejó inconsciente y la violó antes de finiquitarla. Una vez perpetrada la mortal agresión entierraría el cadáver en el jardín trasero. A términos de ese año Christie renunció a su puesto en la policía y comienzó a laborar para los Ultra Works, al oeste de Londres.

En ese ámbito laboral trabó amistad con una compañera de tareas de nombre Muriel Eady, joven de treinta y un años. La mujer le mencionó que padecía de un intenso catarro, ante lo cual John afirmó comedidamente que podía curarla muy rápido gracias a sus conocimientos médicos adquiridos durante la guerra. La desprevenida muchacha acudió al edificio número 10 de Rillington Place para recibir el tratamiento prometido. Su compañero de trabajo le mostró un tarro de cristal con tapa metálica que fabricó a tal fin. El artefacto tenía dos agujeros por donde salían sendos tubos de goma, uno conectado al conducto de gas y el otro fijado a la mascarilla por la cual la víctima debía inhalar.

Confiada en la eficacia del remedio para curar su catarro la chica inspiró profundamente. Cuando advirtió que ingresaba a sus pulmones un gas venenoso ya estaba atontada, estado del cual se prevalecería el asesino para estrangularla y abusar de ella.

Tras la violación, asesinó a la mujer ultrajada y sepultó su cuerpo en el jardín. Una vez consumado este crimen el homicida se tomó un descanso de cinco años sin volver a matar.

En marzo de 1948 la juvenil pareja formada por Timothy y Beryl Evans se trasladó a uno de los apartamentos situados en el edificio del número 10 de Rillington Place. Con ellos traen a Geraldine, su pequeña infante de algo más de un año. El joven matrimonio mantenía amistosas relaciones con su macabro vecino y con su esposa Ethel, la cual adoraba a la niña. En 1949 Beryl queda embarazada, pero no desea concebir otra criatura pues los ingresos de su cónyuge son muy magros. Preocupados le comentan su problema a John, quien solícito se ofrece a practicarle un aborto a la chica persuadiéndolos de que puede realizarlo con discreción en la propia casa.

Al atardecer del 8 de noviembre de 1949, cuando Timothy Evans regresa de su trabajo, lo aguarda la terrible noticia de que su esposa no ha sobrevivido a la operación. Como es fácil de entender, el viudo queda en estado de shock y no sabe que camino seguir. El aborto es ilegal en el Reino Unido y le aguarda una prolongada estadía en prisión como castigo por su complicidad.

El criminal se valió de esa turbación para aconsejarle esconder el cuerpo. El desdichado marido aceptó la propuesta convirtiéndose de ese modo en cómplice de homicidio. Su falso amigo le sugirió que debía alejarse de la capital por un período hasta que pasara el peligro. Entre tanto él se encargaría de dar a la niña en adopción.

Aunque Timothy se marchó de la ciudad, corroído por su conciencia se entregó al día siguiente en una comisaría confesando haber matado a su esposa. Si bien este individuo era de muy pobre coeficiente intelectual y estaba bajo la nefasta influencia del verdadero asesino, hasta ahora aún no se explica por qué se inculpó formulando esa lapidaria declaración.

Tras un registro policial practicado en el apartamento del matrimonio Evans se localizó el cadáver de Beryl bajo el fregadero, cubierto por una manta. Estaba vestida, y anudada en torno a su cuello portaba la corbata con la cual se la sofocara hasta morir. A su vera yacía el cuerpecito, también estrangulado, de su hijita Geraldine. El confeso Timothy Evans fue conducido a Londres el 2 de diciembre, donde se le imputó por la fiscalía el cargo de doble homicidio particularmente agravado por el vínculo familiar.

Desesperado, al advertir el peligroso cariz que tomaban los acontecimientos, el joven decide confesar la realidad y acusa a su vecino de haber sido el matador de su mujer y de su hija e, igualmente, de constituir el único responsable del aborto fallido.

En el proceso realizado por esta causa criminal se corroboró que John Reginald había servido a Gran Bretaña como soldado, y que luego lo hizo en calidad de agente especial en la policía. Estos méritos, aunados a su porte de hombre serio y honesto, le ganaron la simpatía del jurado, a pesar de saberse que años atrás había tenido dificultades con la ley por cometer varios hurtos.

El fiscal se ensañó con Evans y ponderó a Christie, argumentando que no parecía lógico enlodar a un digno ciudadano solo porque en su pasado afrontó algunos problemas menores con la justicia, cuando resultaba muy claro quién era el responsable de esos dos crímenes, e insistió que el reo, con su tardía acusación contra su recto vecino, mentía y únicamente buscaba salvar el pellejo.

Al declarar en los estrados judiciales el victimario se mostró muy hábil representando el papel de persona correcta y de ciudadano intachable. Además de negar su participación en el trabajo abortivo que se le atribuyera, aseguró que el acusado maltrataba a su esposa y que el joven matrimonio se peleaba de forma continua. Pese a que sus afirmaciones constituían groseras mentiras la débil posición en que se hallaba el encausado las hizo creíbles.

Tras apenas media hora de deliberación el jurado emitió su veredicto dictaminando que se debía aplicar al imputado Timothy Evans la pena capital como responsable del doble asesinato de su esposa y su pequeña hija. El condenado murió en la horca el 9 de mayo de 1950, a despecho de sus reiteradas súplicas y alegaciones de inocencia.

El asesino en serie se había salvado casi de milagro, pero no por ello se asustó, sino que prosiguió por la senda del crimen volviendo raudo a las andadas. Aunque los agentes policiales chequearon en dos ocasiones la finca que habitaba en el fatídico edificio, sin duda no examinaron con detenimiento el jardín donde estaban esparcidos —chapuceramente enterrados— despojos de las mujeres asesinadas a manos del psicópata. Si hubiesen revisado concienzudamente habrían tenido poca o ninguna dificultad para percibir que desde la tierra sobresalía el hueso de una clavícula. Pertenecía al cadáver de la infortunada Muriel Eady.

El 14 de diciembre de 1952 Ethel se despiertó afectada por un virulento acceso de tos y convulsiones. Su marido fingió atenderla pero, en vez de ello, le apretó el cuello hasta matarla. Al ser apresado John Christie declaró que había eliminado a su esposa como un acto de caridad para aliviarle sus dolores. Una vez muerta la señora su matador depositó el cuerpo sobre la cama y durmió junto a él durante varias noches hasta que, al percatarse del hediondo olor que el descompuesto cadáver exhalaba, se decidió a sepultarlo bajo las tablas del piso de la habitación matrimonial

Inmerso en plena ruina moral y económica el sexópata vendió todo su mobiliario para solventarse. También le remitió cartas a los parientes de su cónyuge pretextando que ésta no podía escribirles por sí misma porque guardaba reposo aquejada de una fuerte gripe. Después, para apaciguar la insistencia de dichos familiares, adujo que la mujer había partido imprevistamente de viaje.

Entre la fecha del homicidio de su cónyuge y su detención, acaecida a fines del mes de marzo de 1953, John Christie deambuló sin rumbo fijo por las calles de Londres y atrajo hasta su casa a otras tres mujeres que devendrían sus últimas presas humanas. Kathleen Maloney, una meretriz de veintiséis años, a la cual conoció en un pub, pereció tras ser gaseada, violada y estrangulada por el sádico el 3 de enero de 1953. Rita Nelson, una prostituta pelirroja de veinticinco años, cayó bajo la violencia del criminal mediante igual procedimiento el 12 de enero. Cumpliendo con el mismo ceremonial de aplicar gas, violar y estrangular, el 6 de marzo asesinó a Hectorina McLenna de veintiséis años, una vagabunda a quien había contactado en un café, y a la que ofreció alojamiento y comida. Todos estos cadáveres los ocultó dentro del hueco que practicó en la pared de su cocina, el cual posteriormente selló con empapelado.

El 21 de marzo de 1953 abandonó el inmueble y, cada vez más desorientado, vagabundeó por la capital inglesa. Dormirá en albergues para indigentes y sobre bancos de parques públicos. Diez días más tarde la policía lo arrestó mientras —dando palpables signos de trastorno psíquico— miraba con intenciones presuntamente suicidas desde la barandilla del puente Putney. 

Lo sometieron a proceso penal ante la misma corte judicial que tres años antes había mandado a la muerte al inocente Timothy Evans. En los interrogatorios el detenido admitió la comisión de siete homicidios distribuidos entre los años 1943 a 1953. Negó haber asesinado a la niña Geraldine, crimen que solo le confesó a su abogado, según contaría este profesional una vez que quedase eximido de la carga del secreto profesional. Al cuarto día del juicio el jurado se retiró a deliberar durante una hora y media, al cabo de la cual sus miembros volvieron trayendo un veredicto unánime de culpabilidad.

El asesino de Rillington Place (como lo motejó por entonces la prensa) resultó condenado a expirar en la horca, por sentencia que se cumplió el 15 de julio de 1953. 

Transcurrida más de una década de ese suceso los tribunales británicos exculparon en forma póstuma al infortunado Timothy Evans. El patético calvario padecido por aquel inocente se convirtió en estandarte de los abolicionistas en su lucha contra la pena capital, y ha quedado como emblema de los gravísimos riesgos y de la irreparable injusticia que la condena de muerte puede provocar.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión