Noche de cacería

Carlos entró al bar y la vio. Estaba de pie con las palmas apoyadas sobre la barra, distraída frente a las botellas de vino y de whisky que, en hilera, reposaban delante suyo. 
 —Hola Rosana, has llegado antes de la hora que acordamos— le saludó con tono jovial, sorprendiéndola desde atrás. 
Ella se giró al oír la voz de su compañero de trabajo, y lo reconoció dirigiéndole una mirada intensa. Excelente comienzo para la primera cita romántica que tenían fuera de la oficina, pensó el hombre. Rosana era una bella joven castaña de cutis blanco como porcelana. Siempre vestía de negro, aunque en esta ocasión no llevaba su aburrido atuendo de oficinista. Lucía un vestido de corta falda que realzaba sus muslos y le ceñía el cuerpo, envolviendo los senos. Su espalda y sus hombros delicados quedaban al descubierto. 
 Carlos, por su parte, era el galán de la empresa, todo un Don Juan; ninguna compañera de trabajo se resistía ante su masculino encanto. No es que fuera muy buen mozo, pero tenía un secreto de seducción. Era paciente y decía a las féminas lo que querían oír. Cual un camaleón, se adaptaba a los gustos y preferencias de cada uno de sus objetivos; mentía y camelaba como ninguno. Y ese venía siendo su año de racha más exitosa. Ya había llevado a su cama a la secretaria, a la contadora, y hasta a la limpiadora de la empresa. Solo le faltaba encandilar a Rosana, la nueva empleada, que había aceptado gustosa su propuesta de encontrarse a la noche con él.
 La obsesión de la hermosa joven por la ropa de color negro no era casual, sino que obedecía a su fanatismo extremo por las historias góticas de vampiros. Precisamente, sobre vampiros y licántropos versaba la novela de horror que Carlos estaba escribiendo. O al menos, eso le aseguró a ella, cuando advirtió su entusiasmo. Demasiado fervor mostraba esta mujer por esos sórdidos temas, se dijo el seductor. Pero su técnica de enganche consistía en seguir la corriente a sus conquistas amorosas. Cuanto más chaladas fueran más fácil caían. 
 —¿Cuándo me dejarás ver lo que vienes escribiendo, Carlos? 
 —Después de que nos acabemos esta botella de whisky— le respondió, con su mejor sonrisa, llenándole por segunda vez el vaso mientras ocupaban ahora una de las mesas de aquel restaurante, distante a apenas un par de cuadras del apartamento de soltero del hombre. 
 Anochecía y desde la ventana del comercio se veía una brillante luna llena. Noche ideal para brujas, vampiros y hombres lobos, susurró él, y comenzó a narrarle una historieta de terror, plagada de esos personajes siniestros; al percatarse que Rosana parecía cada vez más interesada. Al cuarto whisky consintió en acompañarlo a su guarida; quería que le leyera las escenas más macabras de la novela que venía elaborando. Deseaba oír su relato a la luz de unas velas y con música de horror como fondo; después de eso se daba por sobreentendido que pasarían a acciones más íntimas. Sin más, salieron tomados de la mano rumbo al nidito de amor del joven. 
Una vez allí, el dueño de casa puso a sonar una balada romántica en su estéreo (ya habría tiempo para la música tétrica). Su invitada solicitó usar el baño. Tanto alcohol le había hecho efecto, afirmó. El galán se quedó aguardando durante un par de minutos que parecieron eternos para su impaciencia. Cuando la chica reapareció por poco se le detiene el corazón. Se había desprendido de su fino vestido negro y estaba casi desnuda exhibiendo su fresca belleza, cubierta por el bodi de seda celeste que traía debajo. Era mucho más sensual de lo que parecía cuando, en horario de oficina, se vestía con ropa oscura. Todo un cuerpazo tenía la muchacha. El anfitrión estaba sentado en el sofá y no llegó a ponerse de pie, pues rápidamente ella se sentó a su lado. Hirviendo de deseo trató de abrazarla, pero la mujer frenó sus impulsos. 
 —¡Tranquilo! ¡No vayas tan rápido! Primero me tienes que leer tu novela de terror gótico, tal como me prometiste. 
 —Nena, ni los vampiros ni las vampiresas ni los hombres lobo existen, y yo no creo en esas supercherías.— respondió, sin poder contener ya su fastidio. —Y tampoco soy un escritor aficionado, pero la pasarás de maravillas esta noche— remató.
 —¡Te equivocas! ¡Sí existen! ¡Sí existen!— le retrucó chillando histérica, al tiempo que zafaba bruscamente de su abrazo y se levantaba del sofá. 
 —¡Vaya loca!— pensó Carlos, poniéndose de pie a su frente y ciñéndola con suavidad por la cintura. 
 —Disculpa si te decepcioné, querida, pero déjame recompensarte.— Le besó los carnosos labios, y ella se dejó hacer. Al terminar el apasionado ósculo, la joven echó la cabeza hacia atrás y lo observó fijamente con sus vistosos ojos marrones. Una mirada profunda que él consideró como una señal de deseo compartido. Acto seguido, Rosana echó, con ternura, sus brazos en torno al cuello del conquistador. Ya no cabían dudas, la chiflada se había ablandado, era el momento propicio para conducirla a la cama. Pero de pronto sintió un ardor intenso. Se llevó una mano a la garganta y comprendió que le salía sangre. Lo había rasgado con la filosa navaja de afeitar, escondida dentro del sedoso bodi. 
 —¿Qué me hiciste? ¿Estás loca?—exclamó, mientras ella volvía a herirlo una y otra vez. 
 De la vena yugular cortada borbotó el flujo rojo a tal velocidad que la mujer se atragantó. Con avidez, poseída por su rol de vampiresa, tragó todo el líquido posible pero no pudo evitar ensuciarse. El hombre se desplomó, en sus ojos sin vida su última expresión era una mezcla de asombro y pavor. 
Ya saciada, apartó sus labios del cuello de la víctima y se dirigió hacia el baño. Debía lavarse y cubrirse con su vestido negro antes de escapar de ese lugar, en esa noche de plenilunio. Se encaró al espejo del lavabo. Oscuras manchas rojas salpicaban su tórax, sus hombros y la parte superior de su delicado bodi celeste. Mientras contemplaba su atractivo rostro pensó en el mito de que los vampiros no reflejaban su imagen en los espejos.
 —Una tonta superchería— se dijo. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 

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