Niña fantasma
Los lugareños veían a esa niña merodear entre la arboleda que rodeaba al caserón abandonado. Parecía perdida, como si buscase algo oculto en la casa vacía. Cuando se le acercaban, una súbita niebla envolvía los alrededores y ella desaparecía. Transcurrían los días y, en torno a la desvencijada residencia, volvía a aparecer la infante, caminando sin rumbo fijo, extraviada. Una vez que los vecinos supieron la terrible historia sintieron escalofríos, pero callaron. No querían problemas con la justicia, no deseaban ser relacionados con el monstruo que, mediante engaño, la condujo hacia esa trampa de la cual nunca salió. Nadie hizo nada para evitar la tragedia. Aunque allí adentro yacían los restos mortales de la niña fantasma, no se dio aviso a la policía.
El 3 de junio de 1928 la humilde familia Budd creyó recibir una buena noticia. Necesitados de dinero habían puesto un aviso en el periódico solicitando un empleo para Edward, su hijo primogénito y, aquel día, un individuo de edad avanzada y aspecto respetable, que decía llamarse Frank Howard, llamó a la puerta de su apartamento con un ejemplar en la mano. Explicó que tenía una granja en las afueras de Long Island y que, si al joven no le molestaba pasar la vida al aire libre en el campo, estaba dispuesto a brindarle una oportunidad.
Puede que fuera por la gratitud que sintieron, o quizás confiaron demasiado en aquel hombre bajito de cabellos grises. Fuese cual fuese la razón, Albert y Delia Budd aceptaron que ese extraño llevara a su hija Grace a la fiesta infantil que casualmente la hermana de éste iba a dar aquella misma tarde. Naturalmente, no había ninguna fiesta. La desdichada niña fue dirigida hacia una finca deshabitada donde Albert Fish -el impostor que se hacía llamar Frank Howard- la asesinó.
A la semana siguiente los Budd recibieron una carta de “Howard” confesando haberlos burlado, y ser un caníbal. La cruel misiva finalizaba narrando:
“…La fiesta infantil era un pretexto, conduje a su hija Grace a una casa abandonada donde la estrangulé, la corté en pedazos y comí parte de su carne. No tuve sexo con ella. Murió siendo virgen”.
Una dirección semi borrada en el dorso del sobre permitió a la policía seguir la pista de Albert Fish, de 66 años, hasta una mísera pensión de Nueva York, donde fue arrestado. El detenido aseguró que torturaba y mataba niños por órdenes directas de Dios, cuya voz oía con frecuencia.
En cuanto al asesinato de Grace y la posterior canibalización de su carne, afirmó que tales actos le producían un éxtasis sexual tan delicioso que se veía impelido a repetirlos, sin mirar los riesgos. El criminal no sólo disfrutaba causando dolor, sino que gozaba dañándose a sí mismo. Varios testigos contaron que azotaba su cuerpo desnudo con tablones claveteados hasta que le brotaba sangre, al tiempo que exclamaba “Soy Jesucristo”. Sus abogados defensores alegaron que era inimputable por demencia, pero sus aberrantes delitos contra la infancia repugnaron tanto al jurado que se le impuso la pena capital.
Nunca tendremos dimensión del placer que el desalmado Albert Fish sacó de su propia ejecución. Lo que sí sabemos es que en la ventosa mañana del 16 de enero de 1936 la perspectiva de ser ejecutado parecía alegrarle bastante: incluso ayudó a ajustar las correas con que lo ataron a la silla eléctrica.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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