Unabomber

El 25 de mayo de 1978 en el aparcamiento de la Universidad de Illinois, Chicago, explotó la primera de las dieciseís bombas que Ted Kacinszky, el científico y criminal motejado "Unabomber" envió, generando un terrible caos en la sociedad estadounidense. En esa ocasión un vigilante de seguridad resultó herido levemente. 
Los siguientes atentados tuvieron resultados más crueles hasta que, dieciseís años más tarde, en Sacramento, California, tuvo efecto la última explosión, que le costó la vida a un empresario de la madera. En total por culpa de las bombas fallecieron tres personas, docenas más resultaron mutiladas, en algunos casos en forma irrerapable, y la búsqueda policial del escurridizo delincuente provocó un derroche de dinero y energías sin precedentes. 
Unabomber colocaba los artefactos explosivos que él mismo fabricaba acudiendo en persona al lugar donde luego se produciría la explosión, aunque también remitía las bombas mediante el correo. Los artefactos por lo común iban envueltos en papel de color marrón con varios sellos, y estaban diseñados para reventar en el rostro de los destinatarios o de los infortunados que abrieran las letales cajas. 
No obstante, el psicópata varió su modus operandi en algunas oportunidades. Por ejemplo, dentro del paquete, pero fuera de la caja, dejó una hoja escrita a máquina para persuadir al destinatario a que la abriera y, si el lector caía en la trampa y la abría, la bomba estallaba en ese mismo momento. 
Las víctimas iniciales de Unabomber fueron profesores de universidades y ejecutivos de líneas aéreas, pero desde mediados de 1990 el rango de sus objetivos se fue ampliando e incluyó a un publicista, a un empleado de una tienda de informática, a un genetista y a varios investigadores científicos. 
Luego de una interrupción de siete años, entre 1987 y 1993, Unabomber prosiguió con su saga asesina. La policía creyó que el agresor podría haber muerto o estaría encerrado en una prisión durante ese lapso. Sin embargo, lo cierto fue que, sencillamente, se había asustado cuando salió en la prensa un retrato robot suyo, y supo que habían testigos de una de las colocaciones de bombas que realizó en forma personal. El dibujo donde se ve a un joven encapuchado con anteojos negros se difundiría ampliamente en la prensa, y quedaría durante muchos años como la más acertada identificación gráfica del anónimo depredador. 
En su regreso homicida, tras aquel extraño intervalo, un profesor de la Universidad de Yale perdió una mano tras abrir el paquete. No obstante, después de este nuevo atentado sucedió algo excepcional: Unabomber comenzó a enviar cartas donde explicaba su ideología y sus enfermizas razones para perpetrar aquellos violentos delitos. 
Luego de otras dos explosiones con bombas, una en 1994 y otra en junio de 1995, se recibió el extenso mensaje conocido como «El manifiesto de Unabomber». Todos los documentos que el criminal remitía fueron escritos con una vieja máquina marca Smith Corona de los años treinta. Las cincuenta y seís páginas de las que constaba el manifiesto estaban redactadas mediante copias a papel carbón, y desde 1993 todas las misivas iban franqueadas por el servicio postal del norte de California, generalmente desde el área de San Francisco. 
Los crímenes del científico loco Unabomber terminaron cuando la policía obtuvo una orden judidial para requisar su cabaña. Allí descubrieron múltiples pruebas incriminatorias que incluían desde elementos para construir los artefactos explosivos hasta versiones manuscritas del tristemente célebre manifiesto. 
Ted Kacinszky, el criminal que mataba a distancia movido por un odio incomprensible y fanático hacia la sociedad, resultó finalmente arrestado. Se lo condenó a purgar cadena perpetua, y al presente paga su culpa recluído en la prisión de máxima seguridad de Florence, en el estado de Colorado. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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