Sospechosos y teorías a la identidad de jack el destripador

 

Multitud de teorías han buscado revelar cuál constituyó la identidad del desconocido criminal que pasó a la historia como "Jack el Destripador"
Tal vez una de las hipótesis más interesantes y atractivas para el público profano deviene aquella donde se propuso que el asesino no fue un hombre, sino que era una mujer; pues cosa más extraordinaria y extravante no podría sugerirse. Aunque cuesta encontrar cuál fue el punto de partida de esta idea que puede sonar tan estrafalaria, podría tomarse como tal unas declaraciones formuladas a la prensa estadounidense por el insigne literato escocés Sir Arthur Conan Doyle, creador del detective de ficción más famoso de todos: Sherlock Holmes. 
El gran escritor fue interrogado por un periodista norteamericano en 1894, seis años después de los crímenes perpetrados por el Destripador y se le preguntó que haría su detective, si hubiera encabezado la investigación, para develar el caso de Jack el Destripador. La respuesta del gran Arthur Conan Doyle fue que, dada la gran capacidad deductiva de Sherlock Holmes, el mismo no descartaría ninguna hipótesis por remota que pudiera parecer, y que incluso tendría en cuenta que una fémina hubiera sido el anónimo criminal destacando que precisamente la policía de la época no estaba mentalizada para enfrentarse con la posibilidad de que aquel homicida fuese una mujer, porque toda la investigación se dirigía y apuntaba a la búsqueda de un varón. 
Además, si eventuamente esa mujer era encontrada en las cercanías de las zonas donde se cometía uno de esos crímenes, y un agente la detenía y le hacía lagunas preguntas, fácilmente hubiera podido eludir y evitar cualquier desconfianza y quedar libre. Le bastaba con mencionar que era una partera que venía de asistir de urgencia el parto de una clienta. Incluso si tenía manchas sanguinolentas en su vestimenta esa explicación hubiera podido pretextar que era una comadrona que había ido a asistir de urgencia a una clenta para explicar así esos rastros sanguinolentos. Lo más probable es que no despertase ningún tipo de desconfianza, y que ni siquiera se formara un informe policial de la presencia de una mujer. 
Sin embargo, esto no quiere decir que Arthur Conan Doyle hubiese afirmado en forma enfática que personalmente considerase que el asesino hubiera sido una femina, sino que ésta fue una de las tantas afirmaciones que realizó en el curso de esa muy extensa entrevista. 
Por entonces el detective de ficción Sherlock Holmes estaba haciendo furor y ya habían salido a luz cuatro libros sobre sus hazañas. El inicial de ellos fue "Estudio en escarlata" publicado en 1887, un año antes de los crímenes del Destripador. Allí por primera vez los lectores vieron en acción al binomio integrado por el doctor Watson y Sherlock Holmes. Para 1894, cuando Arthur Conan Doyle formuló las citadas declaraciones, Holmes era considerado por muchos un detective real, y no un personaje ficticio. Por tanto el hecho de que Doyle no hubiera descartado la posibilidad de que el homicida fuera una mujer instaló esa creencia en el imaginario colectivo. 
Tras este impulso, décadas más tarde dicha conjetura se desarrolló tanto en ensayos como en novelas. Cronológicamente el inicial libro que abordó esta idea resultó publicado en 1937 y su título traducido al español fue "Cuando en Londres caminaba el terror" de Edwin Woodall. Aquí estamos en una novela, o sea una obra fantasiosa, y básicamente su trama trataba sobre una modista de origen ruso de nombre Olga, que poseía extraordinaria fortaleza física. Su inocente hermana menor se convierte en meretriz inducida por la bella Mary Jane Kelly y otras prostitutas. A raíz de tal actividad queda embarazada y fallece a causa de un aborto mal practicado. Esta tragedia genera en la ficticia modista rusa Olga un odio terrible que la enfurece. Para tomar venganza se disfraza con vestimenta de varón y por las noches tenebrosas de Whitechapel saldrá, cuchillo en mano, a liquidar a aquellas que creía culpables de haber llevado por el mal camino y a la muerte a su hermana. 
Dos años después, en 1939 surgió por primera vez, mediante un ensayo con pretensiones de seriedad, una obra que postuló a una mujer para el rol del anónimo ejecutor. Se trató de "Jack el Destripador. Una nueva teoría" del autor australiano naturalizado inglés William Stewart. 
Allí se plantean preguntas basadas en el viejo reportaje realizado a Arthur Conan Doyle. Al efecto se interroga: ¿quién podría caminar de noche tranquilamente por las calles de Whitechapel en las cercanías de los crímenes sin despertar sospechas? ¿quién, si era visto con manchas de sangre en sus ropas, tendría una excusa válida para eludir la investigación policial? Las respuestas a tales preguntas era: una mujer. En esta obra con tintes criminológicos se plantea la posibilidad de que la responsable fuese una comadrona. El móvil de los homicidios sería la venganza, puesto que la comadrona a su vez practicaba abortos, y habría sido denunciada por una de sus clientas. Dado que la legislación británica era muy severa en los temas abortivos, la denuncia le había generado varios años de cárcel. Al salir de la prisión, furiosa y deseosa de cobrar venganza, la comadrona aprovecha su oficio y, cuando es llamada para ejercer su trabajo, elimina en forma sañuda a las distintas víctimas del Destripador. La justificación para las mutilaciones y el exceso de heridas inferidas a los cadáveres es que esta comadrona o partera trataba de esa manera de evitar sospechas sobre ella. 
Básicamente esta última resultó la segunda incursión literaria donde se planteó la hipótesis de una mujer en el papel de Jack the Ripper. 
Por último, en el año 1972 salió publicado en el sensacionalista rotativo inglés The Sun una serie de artículos firmados por un ex superintendente de Scotland Yard de nombre Arthur Butter. Este pretendió tener (tras haber pasado casi un centenario de los crímenes) antigua información válida que apuntaba a una comadrona o partera practicante de abortos. En su versión, la comadrona disponía de un cómplice masculino que infería las mutilaciones sobre los cadáveres. 
En este caso el motivo no era la venganza, sino evitar que salieran a luz abortos fallidos con consecuencias mortales. Se pretendía que la supuesta comadrona abortista era muy torpe y chapucera al llevar a cabo su actividad, y en el curso de su labor terminaba involuntariamente con la vida de sus pacientes. Como la ley inglesa castigaba severamente con penas altísimas (hasta de prisión perpetua) la participación letal en los abortos, la comadrona no habría tenido mejor idea que mutilar extensamente los cadáveres. Asimismo, con el auxilio de su cómplice masculino, llevaba los cuerpos desde el lugar donde ejercitaba los fallidos abortos hasta dónde éstos finalmente serían encontrados.
Los libros y artículos de prensa antes citados resumen las primigenias incursiones literarias en las cuales se propuso que el criminal no fue Jack the Ripper sino Jill the Ripper, su versión femenina. 
Más modernamente la idea devino retomada. Por ejemplo, se postuló que una asesina ejecutada poco después de los homicidios de Whitechapel podría haber sido la destripadora. Nos referimos a Mary Eleanor Pearcey, cuyo apellido real era Wheeley (siendo el apellido Pearcey tomado del de uno de sus concubinos). Esta chica falleció ejecutada en la prisión de Newgate luego de cometer dos crímenes sumamente violentos, donde practicó un gran ensañamiento sobre los cadáveres de sus víctimas. 
La joven de veinticuatro años no era muy agraciada. Pese a que al ver sus antiguas fotografías no parece una chica muy beneficiada por la naturaleza era, sin embargo, exitosa con los hombres. Mary Eleanor resultaba muy atractiva para el sexo opuesto, y tuvo varios concubinos que la mantuvieron. De hecho, aunque se dijo que era modista, en realidad a esta joven no le gustaba trabajar. Su último amante, el señor Frank Hogg, la mantenía y le pagaba el alquiler del piso donde vivía. Pero este hombre era un picaflor y se casó con una segunda amante a la cual dejó embarazada, la joven Phoebe Hobb, cuya bebé también se llamaba Phoebe. 
Esta otra chica pasó a ser una rival en amores para Pearcey, quien fingía sentir amistad o, al menos, tener una buena relación con su adversaria femenina. Sin embargo esto era solo una apariencia, pues utilizó esa supuesta amistad para hacerle bajar la guardia. En 1890, dos años después de los crímenes de Jack el Destripador, Mary Eleanor la invitó a tomar el té en su casa; pero no se trataba de una invitación saludable, porque su intención consistía en asesinar a la invitada. * Texto de Gabriel Antonio Pombo. https://go.ivoox.com/rf/16427798




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