Muerte en la niebla

El barniz naranja pálido de la niebla borraba la silueta de la iglesia, amortiguando el repicar de sus campanas.  Las brumas se arremolinaban entre las cúpulas, las torretas, las chimeneas y los gabletes. La densa neblina volvía invisibles las paredes y ventanas de los edificios y, mientras la oscuridad caía sobre el este de Londres, una brisa gélida se adhería a la piel de Martha Tabram, que avanzaba con paso vacilante. No le quedaba más remedio que proseguir su viaje hacia la Torre de Londres, en cuyas inmediaciones hallaría clientes. Un presentimiento aciago le advertía que esa vez tenía que desistir de su búsqueda, que debía regresar a su mísero alojamiento, aun a riesgo de irse a dormir con el estómago vacío. Pero la necesidad extrema la agobiaba y, fingiendo coraje, la mujer desoyó esa voz interna que le rogaba huir de allí.  

Minuto tras minuto la ciudad se convertía en un enorme y fantasmal paseo, en un desfile de espectros y sombras capaz de helar la sangre al hombre y a la mujer más valientes. Las refulgentes vetas del atardecer invernal teñían el aire con un matiz sanguinolento mientras los faroleros, vestidos con sus chaquetas de fustán, comenzaban su ronda cotidiana. Las calles se inundaban de gritos y chillidos, del chirriar de ruedas de carruajes, y resoplidos de caballos. En medio de aquel ambiente hostil la veterana meretriz continuó su camino. Tenía miedo, pese a la templanza que le daban sus muchos años de ejercer el viejo oficio. No obstante el hambre podía más que la prudencia, no había comido ni un bocado desde el día anterior. Debía conseguir dinero a cómo diera lugar.

Martha Tabram era conocida por ser una «prostituta de soldados», pues se dedicaba a la atención de esta clase particular de clientes. Practicaba sus recorridas atravesando con regularidad los muelles en busca de soldados de guardia en la Torre de Londres.

En esa madrugada el señor Francis Hewitt, portero del block de pisos de los edificios George Yard, oyó un potente grito de «¡Auxilio! ¡Me matan!»,  pero le pareció habitual y siguió durmiendo hasta la tarde. Tampoco el cochero Albert Crow, que volvía de trabajar a las 3.30 de la madrugada, tomó en cuenta el bulto que vio caído próximo a la entrada cuando penetró en el edificio. Se trataba del cuerpo desangrado de Martha tumbado en el rellano de la primera planta. Crow justificó no haberse percatado que estaba en presencia de una víctima porque no le prestó atención, pues: 

—Estaba muy cansado. Estoy acostumbrado a ver gente dormida o borracha echada sobre las escaleras de entrada.— explicó, cuando depuso en la indagatoria. 

Quien sí se percató de qué se trataba fue el estibador John Reeves, también arrendatario en el mismo bloque de apartamentos. No tuvo más remedio que advertirlo porque se cayó de bruces y se ensució sus ropas, tras resbalar con la sangre del copioso charco que al costado del cadáver de la extinta se había ido formando. La habían apuñalado treinta y nueve veces, quizás con una bayoneta.

 Si tal hubiese sido el arma empleada para matarla este dato guardaba consistencia con quien habría sido su último cliente de esa velada. Y es que, según su compañera de oficio Mary Ann Connelly –alias «Pearly Poll»–, ambas habían abandonado la taberna «Blue Anchor» con dos milicianos, uno de los cuales se identificó como cabo. 

Una vez que salieron del pub discutieron el precio de los servicios carnales y, no bien se pusieron de acuerdo en el importe, Martha y su soldado se dirigieron hacia los edificios George Yard, cuyo tenebroso rellano se utilizaba para mantener relaciones sexuales. Pearly Poll, a su turno, se encaminó con el cabo rumbo a los recovecos del llamado «Callejón del Angel», recinto adecuado para el mismo propósito. Cuando ambas busconas se despidieron eran casi las 2 de la mañana. Tabram moriría un rato después a manos de un victimario frenético. Su corazón, su hígado, su bazo y la mayoría de sus grandes órganos, fueron traspasados mediante incisiones cortas y extrañas, no facturadas con el filo de un cuchillo ordinario.

 La testigo principal, Mary Ann Connelly, era una mujerona alta, flaca y poco atractiva que moraba en el albergue de Crossingham en la calle Dorset, un tugurio plagado de ladrones, prostitutas y toda clase de malhechores. Tan asustada se la veía cuando rindió su testimonio en la instrucción sumarial que más de una vez el juez de guardia la amonestó requiriéndole que hablase alto. Cuanto más se esforzaba por alzar la voz menos se le entendía, y el alguacil del juzgado tuvo que repetir su declaración proporcionada entre susurros. 

La investigación policial se encargó al inspector Edmund Reid de Scotland Yard. Éste era el oficial de policía de más pequeña estatura de todo el cuerpo, pero compensaba sobradamente ese desmedro con tenacidad y sagacidad, cualidades que todos sus colegas le reconocían. Desde el inicio se convenció de que la prostituta mentía para encubrir a alguien, y le exigió que fuera con él a la Torre de Londres, donde se organizó un improvisado desfile. Delante de Pearly Poll, quien lucía un sombrero con coloridas plumas y sus mejores atavíos, avanzaron de dos en dos todos los soldados y oficiales que habían tenido libre del 6 al 7 de agosto de 1888. Los inspeccionó lentamente uno por uno, con fingida dignidad, y al final sentenció:

—No está aquí. No reconozco a ninguno. 

La tarde entrante idéntico procedimiento se reiteró dentro de los cuarteles Wellington, en Birdcage Walk, donde se obligó a desfilar para el examen a los guardias de ese regimiento. Connelly parecía estar harta y deseando acabar de una vez por todas con aquellos fastidiosos trámites. Optó por cambiar de táctica:

—¡Éste, y aquel de allá, el más alto y delgado de todos! Ellos dos fueron los tipos que vinieron con nosotras.— mintió.

Que mentía torpemente fue fácil de esclarecer porque los dos militares señalados por la testigo contaban con firmes coartadas. Uno de los guardias había estado de custodia dentro del cuartel desde las 10 de aquella noche, y le sobraban testigos con los que respaldar su afirmación. El otro acusado, si bien gozó de franco en dicha emergencia, había pernoctado junto a su esposa en su hogar, el cual distaba a varios kilómetros del escenario del crimen, y también podía demostrarlo. 

Aquel sañudo asesinato quedó impune, y probablemente ni siquiera se conservarían registros del mismo de no ser porque representó el preludio de la orgía de sangre gestada por Jack el Destripador, el criminal más misterioso de todos los tiempos, quien solo tres semanas después inauguraría su serie homicida finiquitando a su primera víctima indiscutida.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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