Muerte en el patio
La mujer bajita, regordeta, de abultados mofletes y fatigados ojos celestes caminaba dificultosamente y parecía estar en las últimas. Amelia Farmer se cruzó por segunda vez ese día con ella, y se sorprendió ingratamente al notarla tan desmejorada. Apenas unas horas atrás, en la escalinata de la Iglesia del Cristo, había conversado con Annie Chapman. Ya entonces advirtió que su amiga lucía sumamente demacrada, pero ahora estaba aún peor; daba la sensación de que sobre sus hombros se había precipitado de repente el tiempo, además de los achaques. Aparentaba tener muchos más años de los cuarenta y siete con que contaba.
—Te ves muy enferma— le dijo Farmer.
—Es que he estado pasando por muchos apuros. No he comido nada en todo el día, ni siquiera unas galletas o una taza de té– repuso con voz hueca la interpelada. Y añadió:
—Tal vez me pudiera albergar un par de días en uno de los asilos de Spitalfieds… no sé. En verdad lo necesito, aunque tengo miedo de que allá me roben lo poco que aún me queda. Aparte, no tengo fuerzas para trabajar en uno de esos sitios a cambio de la comida.
—¡Adónde debes ir urgente es a la enfermería del London Hospital! ¡Allí pueden ayudarte!
—Ya he pasado por ahí en estos dos últimos días y no me ha servido. Me han dado unas píldoras para mis dolores, pero para qué las quiero si sigo comiendo tan mal.
–Toma, cómprate las galletas y el té con esto– se apiadó la otra, y le depositó en la mano unas monedas por valor de un penique.
—No es mucho lo que puedo darte, pero no te vayas a gastar la plata en alcohol.
—Gracias amiga— le agradeció inexpresivamente, al tiempo que guardaba las monedas en uno de los bolsillos de su raído abrigo.
—Tienes que dormir un poco. No puedes seguir recorriendo las calles tan tarde— le aconsejó con sincera preocupación Amelia.
—Es que ahora no puedo ponerme a descansar. No debo rendirme...—parecía costarle articular las palabras— tengo que reponerme y salir a ganar algunos peniques o no tendré dónde dormir.
Chapman se despidió de su compañera y enfiló hacia su hospedaje, ubicado en el número 35 de la calle Dorset. No le bastaba con esas monedas para que la dejasen pernoctar allí. De contar con algo más de dinero lo sumaría al penique regalado y abonaría el precio del catre.
¿De dónde iba a sacar los tres peniques que le faltaban para pagarse el alojamiento? Aunque estaba hambrienta, en vez de comer prefería asegurarse unas horas de sueño digno y no dormir a la intemperie echada sobre un banco de la plaza. Su cuerpo pedía a gritos descansar bien arropada, al menos durante algunas horas, libre del frío que la mortificaba.
En su trayecto se detuvo frente a la casa de Edward Stanley, un jubilado que vivía solo y al cual ella, además de limpiarle la finca, lo bañaba -porque estaba parcialmente tullido- y le prodigaba otros servicios más íntimos aún. El viejo era la única oportunidad que se le venía a la mente para hacerse con el dinero faltante. Su otra opción –para la que no tenía ánimo– consistía en levantarse las polleras, mientras se recostaba contra el muro de un callejón y soportaba el cuerpo maloliente de un cliente borracho y jadeante.
Annie no gozó de suerte esta vez. Atizó con sus nudillos cuatro veces la vetusta puerta del hogar de su amigo sin que nadie le abriera. No estaba. Para colmo de males empezaba a llover. El agua empapaba su chaqueta y su falda y se escurría por debajo del pañuelo de lana anudado a su cuello. Se puso a tiritar. Nada más le quedaba el maldito recurso de siempre, pero antes pasaría por la cocina del albergue para secarse la ropa y calentarse las manos.
Timothy Donovan, el encargado de esa residencia, la observó sentada delante del fuego de la chimenea en la espaciosa cocina de la pensión. Era la 1.45 de la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1888.
—Ya estás pasada de hora para andar todavía por aquí. ¿No subes a dormir en tu cama? – le inquirió el casero irlandés.
—No puedo, es que hoy no tengo nada de plata– contestó con timbre lastimero la interrogada.
—En ese caso, no es posible que te deje quedar en la cocina, ya conoces el reglamento.
—Bueno lo comprendo, pero por favor no olvides reservar una cama para más tarde. Conseguiré el dinero como sea. Esta noche no quiero dormir en la calle.
Salió de la pensión y se dirigió a la calle Hanbury, emplazada en una de las zonas más pobres del distrito. Sin embargo esa calleja ruin tenía la ventaja de que las prostitutas jóvenes no la frecuentaban, y no habría competencia contra la veterana Annie.
No más al llegar allí creyó que el monto faltante para pagar por la cama estaría seguro.
Eso siempre y cuando el marinero gordo y sucio, al que ya había atendido otras ocasiones, tuviese dinero esa noche. Como de costumbre, el cliente estaba borracho y ansioso.
La mujer lo condujo hacia el patio penumbroso. Para ingresar en él bastaba con empujar un poco la desvencijada valla de madera que hacía las veces de entrada.
Una vez dentro emprendió su breve faena, terminada la cual el beodo dejó caer unas monedas. Consumado su deseo, el cliente salió y cerró la valla, dejándola sola en el interior.
Annie lo vio marcharse, acomodó su pollera, y se agachó para recoger las monedas. Las contó rápidamente; sí eran cuatro peniques. El tipo era un cerdo, pero al menos había cumplido debidamente con la paga acordada.
Estaba en la tarea de guardar la mísera ganancia en su bolsito de mano cuando oyó el crujido de la valla al correrse. Dentro del patio casi no se veía nada. Apenas unos reflejos de luz pálida se filtraban desde la calle. Por eso Annie no distinguió la presencia del sujeto que entraba. Solo creyó reconcerlo cuando lo tuvo cerca, demasiado cerca.
—¿Eres tú, Edward?
No pudo articular más palabras. Tras un espasmo, se llevó ambas manos al cuello tratando en vano, por acto reflejo, de contener el líquido rojo que lo anegaba. No había visto venir el filo del cuchillo que tan profundo la rasgó. Con su mirada nublada por el dolor, con la sangre manando desde su vena cortada, y atónita por la sorpresa, perdió la consciencia.
—Te ves muy enferma— le dijo Farmer.
—Es que he estado pasando por muchos apuros. No he comido nada en todo el día, ni siquiera unas galletas o una taza de té– repuso con voz hueca la interpelada. Y añadió:
—Tal vez me pudiera albergar un par de días en uno de los asilos de Spitalfieds… no sé. En verdad lo necesito, aunque tengo miedo de que allá me roben lo poco que aún me queda. Aparte, no tengo fuerzas para trabajar en uno de esos sitios a cambio de la comida.
—¡Adónde debes ir urgente es a la enfermería del London Hospital! ¡Allí pueden ayudarte!
—Ya he pasado por ahí en estos dos últimos días y no me ha servido. Me han dado unas píldoras para mis dolores, pero para qué las quiero si sigo comiendo tan mal.
–Toma, cómprate las galletas y el té con esto– se apiadó la otra, y le depositó en la mano unas monedas por valor de un penique.
—No es mucho lo que puedo darte, pero no te vayas a gastar la plata en alcohol.
—Gracias amiga— le agradeció inexpresivamente, al tiempo que guardaba las monedas en uno de los bolsillos de su raído abrigo.
—Tienes que dormir un poco. No puedes seguir recorriendo las calles tan tarde— le aconsejó con sincera preocupación Amelia.
—Es que ahora no puedo ponerme a descansar. No debo rendirme...—parecía costarle articular las palabras— tengo que reponerme y salir a ganar algunos peniques o no tendré dónde dormir.
Chapman se despidió de su compañera y enfiló hacia su hospedaje, ubicado en el número 35 de la calle Dorset. No le bastaba con esas monedas para que la dejasen pernoctar allí. De contar con algo más de dinero lo sumaría al penique regalado y abonaría el precio del catre.
¿De dónde iba a sacar los tres peniques que le faltaban para pagarse el alojamiento? Aunque estaba hambrienta, en vez de comer prefería asegurarse unas horas de sueño digno y no dormir a la intemperie echada sobre un banco de la plaza. Su cuerpo pedía a gritos descansar bien arropada, al menos durante algunas horas, libre del frío que la mortificaba.
En su trayecto se detuvo frente a la casa de Edward Stanley, un jubilado que vivía solo y al cual ella, además de limpiarle la finca, lo bañaba -porque estaba parcialmente tullido- y le prodigaba otros servicios más íntimos aún. El viejo era la única oportunidad que se le venía a la mente para hacerse con el dinero faltante. Su otra opción –para la que no tenía ánimo– consistía en levantarse las polleras, mientras se recostaba contra el muro de un callejón y soportaba el cuerpo maloliente de un cliente borracho y jadeante.
Annie no gozó de suerte esta vez. Atizó con sus nudillos cuatro veces la vetusta puerta del hogar de su amigo sin que nadie le abriera. No estaba. Para colmo de males empezaba a llover. El agua empapaba su chaqueta y su falda y se escurría por debajo del pañuelo de lana anudado a su cuello. Se puso a tiritar. Nada más le quedaba el maldito recurso de siempre, pero antes pasaría por la cocina del albergue para secarse la ropa y calentarse las manos.
Timothy Donovan, el encargado de esa residencia, la observó sentada delante del fuego de la chimenea en la espaciosa cocina de la pensión. Era la 1.45 de la madrugada del sábado 8 de septiembre de 1888.
—Ya estás pasada de hora para andar todavía por aquí. ¿No subes a dormir en tu cama? – le inquirió el casero irlandés.
—No puedo, es que hoy no tengo nada de plata– contestó con timbre lastimero la interrogada.
—En ese caso, no es posible que te deje quedar en la cocina, ya conoces el reglamento.
—Bueno lo comprendo, pero por favor no olvides reservar una cama para más tarde. Conseguiré el dinero como sea. Esta noche no quiero dormir en la calle.
Salió de la pensión y se dirigió a la calle Hanbury, emplazada en una de las zonas más pobres del distrito. Sin embargo esa calleja ruin tenía la ventaja de que las prostitutas jóvenes no la frecuentaban, y no habría competencia contra la veterana Annie.
No más al llegar allí creyó que el monto faltante para pagar por la cama estaría seguro.
Eso siempre y cuando el marinero gordo y sucio, al que ya había atendido otras ocasiones, tuviese dinero esa noche. Como de costumbre, el cliente estaba borracho y ansioso.
La mujer lo condujo hacia el patio penumbroso. Para ingresar en él bastaba con empujar un poco la desvencijada valla de madera que hacía las veces de entrada.
Una vez dentro emprendió su breve faena, terminada la cual el beodo dejó caer unas monedas. Consumado su deseo, el cliente salió y cerró la valla, dejándola sola en el interior.
Annie lo vio marcharse, acomodó su pollera, y se agachó para recoger las monedas. Las contó rápidamente; sí eran cuatro peniques. El tipo era un cerdo, pero al menos había cumplido debidamente con la paga acordada.
Estaba en la tarea de guardar la mísera ganancia en su bolsito de mano cuando oyó el crujido de la valla al correrse. Dentro del patio casi no se veía nada. Apenas unos reflejos de luz pálida se filtraban desde la calle. Por eso Annie no distinguió la presencia del sujeto que entraba. Solo creyó reconcerlo cuando lo tuvo cerca, demasiado cerca.
—¿Eres tú, Edward?
No pudo articular más palabras. Tras un espasmo, se llevó ambas manos al cuello tratando en vano, por acto reflejo, de contener el líquido rojo que lo anegaba. No había visto venir el filo del cuchillo que tan profundo la rasgó. Con su mirada nublada por el dolor, con la sangre manando desde su vena cortada, y atónita por la sorpresa, perdió la consciencia.
Luego de que la víctima se desplomó, el viejo médico fue por el maletín que había dejado sobre el suelo al ingresar al patio. Tenía cronometrado el tiempo en que el guardia civil volvería a pasar por allí en su ronda nocturna; disponía de pocos minutos. Era hora de usar el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos quirúrgicos idóneos para ejecutar su propósito.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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