Monjas poseídas

La hermosa sor Isabelina cayó rendida en los brazos del apuesto abate. El religioso besó con fuerza los labios de la chica, que se dejó hacer. El deseo físico superaba sus escrúpulos, y se dejó desvestir. Una vez sobre el lecho la muchacha entregó su sensual cuerpo al frenético amante. 
Cuando, tras saciar su pasión, el hombre se retiró trepando la ventana ella comprendió que él no era joven ni atractivo; el poder del hechizo se iba desvaneciendo, y la mujer ultrajada recobraba su consciencia adormecida. 
La monja Isabelina no fue la única mujer poseída por el abate Urbano Grandier; de hecho, ninguna de las religiosas de la congregación pudieron resistirse ante los avances carnales del intruso.
Esta extraña historia tuvo lugar en el año 1630 cuando dos canónigos, los abates Jules Mignon y Urbano Grandier, se disputaban la dirección espiritual de las ursulinas de Loudun. Con el beneplácito de la madre superiora se designó al piadoso Mignon para ejercer aquel alto cargo. Al verse desplazado, Grandier, de costumbres libertinas, urdió un plan maquiavélico con el objetivo de cautivar y someter a su voluntad a todas aquellas religiosas. 
Resuelto a tenerlas a su merced, a que sintieran la presencia del diablo y a provocar en ellas el acto de posesión capaz de hacerlas entregarse a sus libidinosos deseos, pactó con seres tenebrosos en pos de amarrarlas mediante un hechizo de amor. Por las mañanas arrojaba encima de los muros del convento rosas, y de sus hojas surgía su rostro cuando las desprevenidas ursulinas las recogían. Entonces las chicas suspiraban de amor por el religioso, y caían presas de espasmos y convulsiones. Al recuperarse, las monjas poseídas aseguraban que el mismísimo Satanás se les aparecía con ánimo libidinoso, aunque en realidad a quien dejaban entrar y cuyos avances lascivos aceptaban era un hombre: el abate Urbano Grandier. 
Preocupado ante el extraño mal que aquejaba a las novicias, el director Mignon llamó al padre Lactance, famoso por sus poderes curativos. Este fraile les practicó un exorcismo colectivo, pero no logró que desaparecieran las alucinaciones eróticas que acosaban a las víctimas; por lo que el rey francés ordenó realizar una instrucción a fin de lidiar con el enigmático problema. La investigación a cargo de catorce magistrados concluyó que el padre Urbano Grandier devenía culpable de haber generado aquellas posesiones demoníacas. 
Tras un proceso inquisitorio donde no escasearon las torturas, se condenó al acusado a expiar su crimen en la hoguera. El ajusticiamiento del presunto brujo se llevó a cabo en la plaza de Loudun, pero con su muerte no terminaron las apariciones diabólicas. 
El maligno siguió persiguiendo los sueños de las monjas, y excitando sus deseos eróticos. Fue precisa la sucesiva labor de tres exorcistas, hasta que el último de ellos, el jesuita Surin, pudo acabar con el hechizo. No obstante el precio de tal victoria resultaría enorme pues, agotado hasta la extenuación, el cura falleció en poco tiempo.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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